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ANÁLISIS

La otra noche lloré

Estremece la experiencia de J. evocando con angustia y dolor cómo fue violado por su maestro en los Maristas, A. F., durante seis años

Luis Mauri

Concentración ante la sede del colegio de los Maristas en Les Corts.

Concentración ante la sede del colegio de los Maristas en Les Corts. / CARLOS MONTAÑÉS / VÍDEO: ANA C. BAIG

La otra noche, después de más de 30 años en este oficio, se me empañaron los ojos mientras editaba un artículo en la redacción. Tuve que detenerme unos instantes porque la pantalla del ordenador se licuaba y los caracteres se escurrían. Inspirar, espirar. Inspirar, espirar. Solidificado de nuevo el monitor, reanudé el trabajo. “En cuanto se iban todos los demás niños de la clase, el profesor me obligaba a hacerle felaciones y eyaculaba encima de mí. La primera vez que me lo hizo, yo tenía ocho años”. Era la estremecedora experiencia que J. le confiaba al periodista Guillem Sànchez.

Víctima de abusos sexuales en el colegio de los Maristas de Sants-Les Corts, J. evocaba con angustia y dolor cómo había sido violado por su maestro, A. F., durante seis años, desde los 8 a los 14. Y trataba de exorcizar los demonios que hoy, con 42, aún le persiguen y le asaltan en su propia alcoba: “Cuando hago el amor con mi mujer, a veces me vuelve a la cabeza, porque hago o digo cosas que se las vi hacer o se las oí decir a él por primera vez. Y entonces… entonces me doy un asco infinito.”

J., la víctima, no es un caso único en ese colegio. A. F., el presunto verdugo, tampoco. Hasta la fecha hay una veintena larga de denunciantes y cinco profesores denunciados, entre ellos el subdirector del centro, F. M., además de un monitor de comedor subcontratado. De momento, excepto en los casos del monitor y del pederasta confeso Joaquim Benítez, los demás se saldrán de rositas: sus delitos hace años que prescribieron. La justicia no puede perseguirles. Es posible que el juez ni siquiera llegue a citarles para tomarles declaración.

Los psicólogos apuntan que la denuncia de los abusos sexuales es el punto a partir del cual la víctima puede iniciar la andadura hacia la curación del trauma. El problema es que muchas víctimas de pederastia, angustiadas, llenas de asco y vergüenza, enredadas en un sentimiento de falsa culpabilidad que las mortifica por partida doble, pueden tardar muchos años en salvar ese muro de humillación y silencio, incluso en tomar conciencia de lo sucedido… Para entonces, el delito es muy posible que haya prescrito. ¡Qué chollo para el depredador de menores!

Los abusos pederastas (tocamientos, masturbación) prescriben cuando la víctima tiene entre 23 y 28 años, según las circunstancias que concurran en el delito. Las agresiones (penetración vaginal, anal u oral), caducan cuando el damnificado tiene entre 28 y 33.   

TIEMPO

Las víctimas de pederastia piden la imprescriptibilidad del delito. Que los abusos de menores se asimilen al genocidio o a los asesinatos terroristas, que no prescriben jamás. Los juristas, en cambio, defienden mayoritariamente el estatus jurídico actual. Es cierto que la imprescriptibilidad puede atentar contra los derechos constitucionales de los ciudadanos, pero seguramente hay un paso intermedio entre la impunidad del delincuente y el atropello de los derechos civiles.

Ese paso no es complicado: elevar el listón temporal de la caducidad de este tipo específico de crímenes. Las víctimas, estas víctimas en concreto, necesitan tiempo. No son ciudadanos a los que les han entrado a robar en el piso o les han estirado el bolso en la calle; son personas a las que les quebraron la vida en una edad en la que ni siquiera eran capaces de entender el mal que se les infligía. 

Sí, la otra noche lloré. La mayoría de los pederastas de los Maristas quedará sin castigo. Si acaso, la condena será para sus familias, probablemente ignorantes hasta ahora de haber criado, amado, convivido con un monstruo. Entre tanto, la institución religiosa donde cometieron los crímenes y hallaron amparo activo o pasivo no admite responsabilidad alguna. Muy al contrario, se permite denegar información a la policía y ocultarla a la Generalitat, que aún la subvenciona.

Tampoco pide perdón ni acompaña a las víctimas, mucho menos les brinda ayuda moral o psicológica. Porque salir por la tele pidiendo perdón genérica e impersonalmente, escudada en la asepsia de las ondas, eso, señores, no es pedir perdón. 

Temas: Pederastia