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ANÁLISIS DEL PERPETRADOR

El síndrome de Medea

Los perfiles del parricida van del suicidio ampliado a la violencia machista y doméstica

VÍCTOR VARGAS LLAMAS / BARCELONA

Medea es nombre de mujer. Y femenina era la protagonista de la historia mitológica de una despechada hechicera que da muerte a sus propios hijos para castigar la deslealtad de su marido, Jasón. En la vida real, sin embargo, esta trágica trama de ficción amplía el espectro también al género masculino y sirve para dar nombre al conocido como síndrome de Medea, que explica las situaciones que mueven a un progenitor a sellar con sus propias manos el final, trágico y precipitado, de aquellos que son carne de su carne. Si es que tal aberración puede llegar a tener explicación.

No se la acaban de dar los profesionales de la psicología, que cuentan con el hándicap de la imposibilidad en no pocos casos de sondear en la mente los factores genéticos y ambientales del autor. «El parricida acostumbra a tener el convencimiento, patológico o no, de que la solución a sus problemas pasa por acabar con la vida de su pareja, de sus hijos y, en muchas ocasiones, con la suya propia», explica el psicólogo Antonio Andrés Pueyo, fundador del Grupo de Estudios Avanzados en Violencia de la Universitat de Barcelona. Andrés habla del fenómeno del «suicidio ampliado», que afecta a personas con «trastornos depresivos, ideas suicidas y obcecación por la pareja, que ocupa todo su espectro mental».

Sin embargo, el suicidio ampliado no se puede extrapolar a todas las situaciones. No parece el caso del crimen de Castelldefels, pues la mujer mostró síntomas de ser una posible víctima de maltrato machista, aunque no llegara a formalizar denuncia. «Con esos precedentes, si el sujeto no presenta un trastorno depresivo mayor de intensidad grave y con sintomatología psicótica, correspondería a un episodio de violencia de género, con la mujer, que llega a ser  doméstica al incluir a los hijos», aduce el psicólogo forense Bernat-Noël Tiffon. En este caso, la motivación del homicida es variada y puede incluir «eludir la acción de la justicia» o evitar la «vergüenza social», propia y de sus vástagos, añade.

Cuando hay una anomalía mental transitoria, el hombre «puede llegar a obsesionarse con el temor que le invade ante una situación de ruptura y abandono de la pareja», añade Andrés, lo que le puede llevar a incluir a los hijos. «Conciben la familia como un todo. Si prevén que la relación conyugal se acaba, llegan a creer de forma casi delirante que es mejor que los chavales no sufran las consecuencias de quedarse sin padres o de vivir con el recuerdo de ese episodio», dice.

Autocontrol

Tiffon apunta al poso de culpabilidad que le quedó a una mujer que mató a sus dos hijos «porque no quería que sufrieran por lo que ella estaba pasando», atormentada por su marido. La paradoja fue que el propio esposo pudo salvarla al encontrarla aún con vida. Ella se sentía destrozada al no poder cumplir «el plan de reunirse» con sus pequeños. El psicólogo forense Àngel Cuquerella habla de personas «con una gran falta de autocontrol», que adoptan una actitud «del todo disfuncional» ante el estrés: «En vez de marchar o golpear la pared, reaccionan con gran agresividad».

 

«Al actuar cegados por el odio no son conscientes de lo que hacen. Al desaparecer esa enajenación mental transitoria se suelen dar cuenta de la magnitud de la tragedia, no pueden soportarlo y muchos se plantean el suicidio», ilustra el psicólogo David Garriga.

 

No es por tanto el retrato robot de José Bretón, «un caso de tríada oscura de la personalidad», característico de un perfil narcisista, con tendencias a la psicopatía y el maquiavelismo, recuerda Andrés. Sea por la capacidad metódica y calculadora o por la reacción imprevista de quien perpetra el crimen, «nadie espera que alguien desarrolle una conducta tan atroz», expone Tiffon, que deja un poso de inquietud al afirmar que «nunca se llega a conocer realmente a la persona que vive al lado».