LA DEGRADACIÓN DE UNA OBRA COLOSAL

El mal de la Gran Muralla

Un tercio de la icónica construcción china ha desaparecido debido al clima y a las actividades del hombre

El control sobre la construcción es escaso y el daño, difícilmente reversible

Aspecto de la Gran Muralla China.

Aspecto de la Gran Muralla China. / EFE / MICHAEL REYNOLDS

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ADRIÁN FONCILLAS
PEKÍN

Nunca se vio desde el espacio y un buen pedazo ya ha dejado de verse desde el suelo. Desaparece la Gran Muralla, construcción icónica china y generadora de leyendas urbanas. El hombre y el clima hostil han acabado ya con un tercio del tramo levantado en la dinastía Ming (1368-1644), el más reconocible. Mucho de lo restante amenaza ruina. De esos 6.000 kilómetros, 1.961 ya no existen y 1.185 necesitan una urgente reparación.

Lo ha recordado Dong Yaohui, tenaz defensor de una de las siete maravillas del mundo. «Aunque muchos tramos están construidos con ladrillos y piedras, no pueden soportar la continua exposición al viento y la lluvia», ha asegurado el vicepresidente de la Sociedad de la Gran Muralla China a la prensa local. El clima ha debilitado muchos tramos. Una tormenta destrozó 36 metros de muralla en la provincia de Hebei en 2012 y varias torres en Funing sucumbieron un año después a un aguacero. Plantas y árboles que han enraizado en la estructura también la han debilitado.

La codicia e ignorancia humana agravan el cuadro. Muchos de los campesinos que habitan en sus aledaños rapiñan sus piedras. Algunos, sin siquiera saber a qué corresponden, las utilizan para levantar sus casas. Otros las venden a turistas y coleccionistas, especialmente interesados si tienen viejas inscripciones, a pesar de las multas de 5.000 yuanes (más de 700 euros).

Y después están los turistas. La mayoría acaba en Badaling, a una hora en autobús de la capital, un conglomerado de atracciones de feria, restaurantes y timadores varios donde cuesta encontrar una piedra que no haya sido profanada con garabatos. Tampoco ayuda la nueva oferta turística que ofrece pisar los tramos más virginales y alejados, víctimas a menudo del vandalismo. No es la primera vez que se escucha el lamento por las piedras porque su degeneración es un proceso lógico de siglos. Siete años atrás, el ínclito Dong Yaohui ya alertaba del asunto con números parecidos. En vísperas olímpicas, se prohibieron las pintadas en las piedras o robarlas, además de conducir o plantar árboles sobre ellas. Eran días de gran sensibilidad: circularon fotografías de occidentales orinando durante las fiestas rave que acogía la muralla.

Ocurre que ningún organismo está encargado de supervisar la ley, que los gobiernos de muchas regiones paupérrimas atravesadas por la muralla tienen urgencias mayores que unas viejas piedras y que el daño consumado es difícilmente reparable. Al final queda todo en manos de voluntarios con menos destreza que buenas intenciones. Algunos han restaurado lo destruido con resultados ridículos.

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La Gran Muralla no es una estructura uniforme sino un conjunto de segmentos levantados durante siglos. Los expertos sitúan su longitud entre los 9.000 y los 21.000 kilómetros, dependiendo de cuánto de lo ya desaparecido incluyan. Apenas unos montículos arenosos recuerdan su presencia en algunos lugares. En el este, donde abundan las piedras, resiste mejor que en el oeste y centro del país, donde el terreno desértico obligaba a utilizar arcilla. Nació como una frontera militar para que los pueblos agrícolas del sur se protegieran de los nómadas del norte. La literatura clásica ha descrito el sufrimiento que costó al pueblo y la historia demostró su inutilidad. Gengis Khan y sus 300.000 jinetes la atravesaron en el siglo XIII en su camino a la dominación asiática.