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Gente corriente

Jordi Mora: "La vivencia de la música es un espejo de nuestra vida"

Gemma Tramullas

La Casa d'Espiritualitat Sant Felip Neri del barrio de Les Tres Torres de Barcelona organiza hoy a las siete y media de la tarde un concierto del pianista Jonas Ickert dentro del ciclo titulado Música Callada. Sí, han leído bien, música callada. Jordi Mora presentará la actuación y tratará de aclarar esta expresión aparentemente contradictoria antes de volar mañana a Beirut para dirigir la Orquesta Filarmónica del Líbano.

-Es difícil conseguir cita con usted. Pasa más tiempo en el extranjero que en casa.

-Los directores catalanes tenemos que movernos, porque, como no tengas un apellido holandés, aquí es difícil que te contraten.

-¿Cómo se inició en la música? ¿Piano, violín, flauta travesera?

-A mis padres les gustaba mucho la música, y cinco de los seis hermanos nos dedicamos a la música. Yo empecé cantando a Raimon y Serrat y después tuve un grupo de rock en el que tocaba la guitarra y la armónica y hacía voces. Tocábamos Led Zeppelin, Deep Purple, Cream y composiciones nuestras.

-¡Del heavy metal a la música callada!

-Pronto me cansé de tantos decibelios y me lancé a la clásica. Estudié dirección coral con Manuel Cabero y Enric Ribó y a los 19 años me fui a Alemania. Allí conocí a mi maestro más importante, Sergiu Celibidache. Él me inició en la fenomenología de la música

-Le confieso que no he conseguido entender de qué va esto de la fenomenología.

-Le podría decir que la música es la vivencia de la unidad a partir de la multiplicidad, pero la fenomenología no es un ejercicio intelectual sino una herramienta para profundizar en la vivencia de la escucha. Es muy difícil describirlo con palabras. El sentido de la música no es entenderla, es vivirla.

-Ya, ¿pero podría intentar explicarlo para los que no puedan ir al concierto?

-Mahler decía que «en la partitura está todo menos lo esencial». Se trata de descubrir la estructura esencial de la obra, de captar todas las relaciones entre las partes individuales de tipo melódico, armónico, y darse cuenta de que todas tienen un sentido respecto de la unidad de la pieza. Esa vivencia de la unidad, de la armonía creada a través de una estructura sonora, llega al fondo de nuestra esencia.

-Suena a experiencia trascendental.

-Por eso hacemos el ciclo de Música Callada en la Casa de l'Espiritualitat, donde se practica la meditación zen. En Occidente estamos saturados de intelectualismo y un maestro zen le diría que la gran vivencia está más allá del pensamiento. La auténtica liberación no está en encontrar respuestas sino en anular las preguntas, y como la meditación, la escucha profunda no deja lugar al pensamiento.

-¿Y eso vale solo para la música culta o para cualquier género?

-Una sinfonía de una hora no tiene por qué estar por encima de una canción de los Beatles. Schubert decía que la clave de una obra maestra es la proporción, el contraste entre las ideas que hay en la pieza y su longitud. Si las ideas son sencillas, como en El cant dels ocells, la duración es más breve.

-Creo que ya lo entiendo. ¡Fenomenología es empezar a hablar de música y acabar filosofando sobre el sentido de la vida!

-[ríe] Pasa muy a menudo. A mis estudiantes de la Escola Superior de Música de Catalunya les hablo primero de la vida y de su interdependencia con la música. La vivencia de la música es un espejo de nuestra vida. La música se manifiesta a través de relaciones de sonidos -aquí hay una tensión, aquí una relajación, aquí alegría, aquí drama-. Si hacemos música es para vivir lo que somos -alegría, pena, drama, continuidad, caos...- y cuando experimentamos todas estas vivencias dentro de un todo armónico en el que todo tiene sentido es cuando nos quedamos sin palabras.

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