03 dic 2020

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50º AÑOS DE LAS RIADAS

"No digas nada, pero de esta no salimos"

Cuatro supervivientes narran la noche del 25 de septiembre, un recuerdo que se mantiene imborrable 50 años después del drama

ELENA PARREÑO / Rubí

"Aquel ruido ensordecedor y tenebroso del agua era profundo y potente", recuerda Josep Vallhonrat. Tenía 32 años cuando la riada le arrastró en la Rambla de Terrassa. Su novia había subido a cambiarse y él la esperaba en la calle. Lolita Cantos y María Gómez tenían 10 años y salieron por el tejado de la única casa que quedó en pie en el barrio arrasado del Escardívol, en Rubí. Lola Pont dejó sus estudios como asistenta social tras trabajar con los damnificados: "Quedé saturada de tanto dolor", afirma.

Sus descripciones de aquella noche hablan de oscuridad y del ruido del agua. Solo los relámpagos concedían paréntesis de luz que descubrían la catástrofe: donde había existido el barrio del Escardívol, no quedaba nada. Hacia las 10 de la noche, la madre de María vio que salía agua por la alcantarilla, mientras su padre "iba a avisar a los vecinos del patio". Eran cinco familias y la casa más alta era la de María: "Subimos los 13 hasta el último escalón y el agua venía detrás, agujereamos el tejado y salimos".

El padre de María llevaba a su suegro, inmóvil, a cuestas, y al tratar de poner pie en la calle un torrente desbocado se los llevó. "Mi padre pudo volver, pero tenía el pecho ensangrentado porque mi abuelo se le había intentado agarrar. El agua se lo llevó". Su cuerpo apareció a los pocos días en El Papiol.

Cuando el grupo llegó al tejado, un familiar de Lolita vio cómo el agua rompía el puente, con una fuerza que arrastró las casas de las orillas de la riera: "Antonio, no digas nada, pero de esta no salimos", le dijo al padre de María. Lolita recuerda que su padre sufrió el primer ataque de nervios. "Ya no existía la casa de mis tíos, donde también estaba mi abuelo. Venía a vernos una vez al mes al Escardívol y coincidió con aquel día. Sus hijos no le habían dejado irse porque llovía", explica. Su cuerpo apareció en Sant Carles de la Ràpita (Baix Ebre) a los 15 días. También encontraron los de su tío y su prima, pero su tía y su primo no aparecieron. Los 12 supervivientes se quedaron hasta el amanecer en casa de otros vecinos. "Aquella mañana, nadie podría imaginar que había habido casas la noche antes", agrega María.

Mientras, agarrado a un poste junto a la Rambla de Terrassa, a Josep los relámpagos le permitieron ver bajar a un hombre arrastrado a toda velocidad por la vía, un autobús dando bandazos con las luces de emergencia encendidas y una churrería flotando. "Cuando empezó a bajar agua por la Rambla, me subí a un banco, pero vi que no aguantaría, y cuando puse un pie en el suelo la fuerza del agua se me llevó", recuerda. "Yo estaba acostumbrado a nadar, me puse boca arriba y con los pies y las manos aguantaba el equilibrio". En la parte baja de la Rambla, donde la vía se ensancha, se puso de lado y llegó al poste al que estuvo agarrado durante dos horas y media. De los 12 postes que hubo en el lugar, solo quedaban tres, y en cada uno había un hombre agarrado.

Lola Pont escuchó el estruendo del puente. Su casa, en Rubí, se había inundado y salió por la ventana junto a sus hermanas. Fueron al ayuntamiento, ya que intuyó que habría muertos y heridos, y quería ayudar. Era enfermera y se puso a disposición de los damnificados desde primera hora. "Precisamente había ido a poner vacunas al Escardívol aquella noche, me dijeron que me quedara hasta que parara de llover, pero me fui; por lo visto no tenía que morir ese día", dice. Recuerda que antes de las once ya empezó a llegar gente en estado de 'shock'. En los días posteriores, hizo el seguimiento de algunos heridos en el hospital del Vall d'Hebron, lo que le afectó a nivel emocional: "Me pedían que buscara a sus familias. ¿Cómo decirles que no tenían nada? Di orden de que no entrase ninguna revista o periódico para que no se enterasen de lo sucedido mientras se recuperaban. Poco a poco les fui contando su situación, fue muy duro". Lola quedó tan afectada que dejó sus estudios de asistenta social. "Aquel 25 de septiembre se eternizó; como yo era enfermera, decidí que curaría enfermos mientras pudiera, pero nada más".

Los cuatro testigos destacan cómo todo el mundo colaboró con lo que tenía. "La gente iba al cementerio a limpiar cadáveres mutilados para que fueran reconocibles", recuerda Lola. "Hay muchas personas enterradas con nombre y apellidos gracias al trabajo de gente como mi hermana, que reconoció a muchos de sus clientes de la farmacia", añade. Josep recuerda que, tras reencontrar a su novia, que le dio "un abrazo impresionante al pensar que había muerto", dispusieron de vehículos para volver a sus casas. Lolita y María empezaron de cero con sus familias. "No teníamos nada más que la ropa mojada", dice Lolita. Recibieron ayuda, pero coinciden en que algunas personas se aprovecharon de la solidaridad.
La experiencia les ha dejado una huella imborrable.

Lolita recuerda el dolor de su padre porque la clausura de la fiesta mayor de Rubí se hiciera luego en la explanada del Escardívol, "Nunca llegó a entender que se celebrara en un lugar donde había muerto tanta gente", lamenta. Y Josep recuerda cómo le costó bañarse en el mar al año siguiente: "El ruido de las olas me recordaba al de la riada, profundo y potente".