23 oct 2020

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retrato robot del turista 'low-cost'

Jóvenes europeos con poco dinero y ansiosos de fiesta invaden Lloret

Unas 6.000 personas se concentran en la avenida Just Marlès al cerrar las discotecas

JOSÉ ANTONIO AMORES
LLORET DE MAR

cae la noche sobre Lloret y los neones convierten la avenida de Just Marlès en una sucursal de Las Vegas en el Mediterráneo. Los jóvenes se arremolinan junto a los cajeros automáticos para poder financiarse la fiesta. Con 20 euros tienen garantizada una noche regada con alcohol. Cubalitros a siete euros, chupitos a uno... precios que ponen a prueba el aguante de los más osados. Según el ayuntamiento, en la arteria principal de la juerga se pueden congregar 6.000 personas cuando las discotecas echan el cierre. Esta cara de Lloret es una pequeña Babel donde emborracharse se convierte en un deporte. Jóvenes de toda Europa acuden allí como si fuesen al Dorado de la juerga barata.

Mattia tiene 20 años y llevaba tres esperando la oportunidad de volver. Con 17 años descubrió la sensación de viajar al extranjero sin sus padres. Eligió Lloret porque en la agencia de viajes se lo recomendaron como un lugar donde la fiesta era casi perpetua. Cada año desde entonces monta una escapada con su grupo de amigos. En el 2010 fue a Ibiza, pero el recuerdo de Lloret seguía pesando mucho. «Allí la fiesta está por toda la isla y tienes que moverte de un lado a otro. Aquí está todo concentrado en una sola calle», afirma mientras juega con su balón de fútbol. Pero no es el único motivo por el que ha elegido de nuevo Lloret: «Estoy en paro, y solo tenía 600 euros para pasar 10 días». La mitad para el viaje en autocar desde la Toscana y para pagar el apartamento. El resto, para alcohol, tabaco y comida. Mattia resume perfectamente lo que significa este viaje para la pandilla: «Tapas, cubatas y chicas rubias». Otro turista italiano que merodea por Just Marlès es Andrea. No trabaja ni tiene apuros económicos. Su padre le ha dado 600 euros para pasar 10 días, a sabiendas de donde se mete su hijo: «Todos saben lo que sucede en Lloret», afirma con una sonrisa maliciosa.

BOTELLAS EN UNA BOLSA / Con tan solo 16 años, Samira está pasando unos días de vacaciones en Empuriabrava, en la casa que tienen los padres de su mejor amiga. Desde allí viajaron dos horas en autocar únicamente para poder pasar una noche en Lloret: «No puedo estar tan cerca y no disfrutar de la fiesta que hay aquí», comenta con la risa floja mientras da sorbos a un vaso de sangría. Su presupuesto para la noche es de 50 euros. «Para pagar la entrada a discotecas». Y es que de alcohol ya van servidas: tres botellas de sangría y varias latas de caipirinha que llevan en una bolsa de plástico les tienen que dar fuerzas para aguantar despiertas toda la noche. Ya dormirán en el autocar, cuando vuelvan a Empuriabrava.

Otros se mueven en coche, como Steve, un ciudadano parisino que aprovecha la mínima ocasión para volver a Lloret: «Estaba en Perpinyà y he venido a pasar tres días, aunque no hay hoteles libres».

EXCEPCIONES / Así es como muchos jóvenes pasan las noches en Lloret. Alcohol, fiesta y ligoteo. Pero toda regla tiene su excepción. Michael es un ciudadano alemán que viaja a la aventura por toda Europa. Lo hace solo. «Es bueno para mi cabeza», dice. Deambula por la playa con sus cascos, ajeno al mundo que le rodea. Tras unos días viajará a otro lugar, «posiblemente al sur de España». Otro caso atípico en la avenida de Just Marlès es el de Valeria, una joven rusa que ha optado por alojarse en Lloret por ser la opción más económica de visitar Barcelona: «Era la mejor oportunidad. He estado en Montserrat y en Figueres».