INDIGNACIÓN O MUERTE

Un grito contra el conformismo

La crisis va a legar a la próxima generación un mundo más precario del que tuvieron sus padres. El silencio de los jóvenes oculta una bolsa de indignación que puede estallar cualquier día. El éxito del panfleto '¡Indignaos!' es un síntoma.

Un joven grita en la manifestación contra las medidas económicas del Gobierno, el pasado domingo en Madrid.

Un joven grita en la manifestación contra las medidas económicas del Gobierno, el pasado domingo en Madrid. / JOSÉ LUIS ROCA

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JUAN FERNÁNDEZ

El domingo pasado varios centenares de jóvenes se sumaron a la manifestación que habían convocado Izquierda Unida y diversas plataformas progresistas en Madrid para protestar por las medidas económicas adoptadas en el último año por el Gobierno. En el grueso de la marcha, el bloque juvenil se hacía notar. Se oyeron gritos contra los recortes sociales, el retraso en la edad de jubilación, los nuevos contratos laborales, el paro, los banqueros y el sistema capitalista liberal que, como consecuencia de la crisis, ha llevado a la juventud a afrontar un futuro lleno de sombras. A esa misma hora, los barrenderos del Ayuntamiento de Granada terminaban de limpiar el recinto en el que 25.000 jóvenes habían pasado la noche celebrando la Fiesta de la Primavera, un macrobotellón que empezó a convocarse a mediados de la década pasada de forma espontánea por universitarios mediante sms y ha acabado institucionalizándose, ahora vía redes sociales, como la mayor concentración juvenil del año de toda Andalucía. En la explanada autorizada como botellódromo oficial, esa noche no se oyeron consignas políticas ni hubo agitación de pancartas. Lo único que sonó fue música a todo trapo y el ruido de las botellas de alcohol al estrellarse vacías contra el suelo.

Estas dos estampas delimitan el territorio social, político y emocional en el que se debate la juventud de este país a estas alturas de siglo XXI (y de evolución de la crisis). Etiquetados como pasotas, conformistas y despreocupados, a la luz del desapego que venían mostrando en los últimos años hacia los asuntos públicos, los españoles nacidos después de la consolidación de la transición se disponen a afrontar un momento crítico que puede acabar desplazándolos de ese retrato que los pintaba en el imaginario colectivo como un grupo social absorto, mitad generación nini -ni estudia, ni trabaja-, mitad legión de individuos abducidos por el confort, el consumo y las promesas de la era digital.

Como un tsunami perfecto, la crisis financiera y económica está dejando tras de sí, tres años después de su estallido, un paisaje social arrasado en el que los jóvenes están llamados a tener un mero papel de cascote. Si un estudiante de Bachillerato se detiene a echar cuentas sobre el futuro que le espera, descubrirá que tiene por delante un porvenir muy diferente al que pudo haber imaginado apenas un lustro atrás.

El plan B

Si decide seguir estudiando, al acabar la carrera le esperan largos años de especialización, si es que aspira a encontrar trabajo y siempre que su familia pueda afrontar el pago de los másters privados que necesitará cursar. Tras esta formación de posgrado, con suerte empezará a cobrar un sueldo ínfimo por trabajar como becario, condición que no podrá quitarse de encima hasta bien entrada la treintena. El plan B consistirá en emigrar a Alemania, Reino Unido o cualquiera de los países que, más ágiles que España para salir de la crisis, van a ejercer de polo de atracción del talento en los años venideros.

Si opta por no seguir estudiando, su incorporación al mundo laboral convivirá con frecuentes temporadas de paro. Lo contratarán y lo despedirán intermitentemente bajo un paraguas de protección laboral tan frágil que no se podrá ir de casa de sus padres durante mucho tiempo. El día que se emancipe y cree su propio hogar firmará una hipoteca que le atará los próximos 40 años de su vida. Tiene tiempo: si sus hermanos mayores ya saben que no van a poder jubilarse hasta los 67, es probable que a él le toque aguantar aún más. A lo largo de esos años, habrá tenido que pagar de su bolsillo la educación de sus hijos y en la sanidad pública le atenderán peor que ahora.

Por primera vez desde la segunda guerra mundial se va a quebrar una norma que venía repitiéndose generación tras generación, según la cual los hijos se instalaban en un mundo mejor que el que habitaron sus padres. Si estos lucharon por hacer realidad la sociedad del bienestar y dotarla de mejoras, a ellos les va a tocar lidiar con unas condiciones más precarias. Tendrán móviles con GPS, pero puede que solo les sirva para encontrar la oficina del paro más cercana. Dispondrán de vuelos baratos para viajar, pero es probable que no puedan hacerlo hasta que se jubilen después de cumplir 70 años.

Si a un colectivo se le anunciara de la noche a la mañana una merma semejante de sus condiciones de vida, al día siguiente las revueltas tomarían la calle. Sin embargo, en los últimos meses apenas ha habido noticias incendiarias protagonizadas por jóvenes en pie de guerra contra la pérdida de derechos que se les avecina, lo cual sorprende de forma especial en quienes tuvieron el papel de agitadores de su tiempo.

El luchador antinazi

El silencio de los jóvenes es tan sonoro que ha tenido que ser un nonagenario quien alce la voz para denunciarlo. El antiguo combatiente de la resistencia antinazi Stéphane Hessel, coautor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, publicó en octubre del año pasado en Francia un panfleto en el que invitaba a los jóvenes a movilizarse.

El título era elocuente: Indignez-vous! Su sorprendente éxito -se han vendido 1,2 millones de copias en Francia, donde se ha erigido como el fenómeno editorial del año- se ha visto continuado en España, donde ya circulan 120.000 ejemplares de ¡Indignaos! Que un discurso que incita a la juventud a rebelarse se venda tanto puede indicar que algo se está moviendo entre los menores de 30, aunque la pregunta del millón es otra: ¿realmente se sienten indignados? Y de ser así, ¿cómo piensan dar salida a esa ira?

«Esa indignación existe, sin duda, pero hasta ahora ha sido una indignación sorda. No se ve ni se oye, su expresión ha quedado reducida al grupo de amigos o la familia, pero está ahí», advierte José Félix Tezanos. Este sociólogo lleva varios años coordinando un estudio que mide los niveles de exclusión social que afectan a los jóvenes y detecta un preocupante cambio de panorama a raíz de la crisis.

«La atmósfera que respira la juventud ahora mismo es muy inflamable. Dos de cada tres reconocen que no tienen esperanzas en el futuro. Entre esa población de parados, becarios, precarios y marginales se ha instalado una conciencia de exclusión donde el pesimismo convive con la indignación. Sienten que se les ha dado la espalda, a pesar de ser la generación mejor preparada de la historia», destaca el sociólogo.

Malestar soterrado

Las encuestas realizadas en los últimos meses entre los jóvenes confirman ese malestar soterrado. Con un índice de paro juvenil del 43% (la mitad de los 4,7 millones de desempleados que hay en España tienen menos de 34 años), no es difícil imaginar que el trabajo ¿más bien su falta¿ es su principal preocupación. Lo es para toda la sociedad, pero en su caso la percepción es más angustiosa que inquietante. Según el último barómetro del CIS, publicado en enero, el paro es el mayor temor para el 43% de la población, pero este índice sube al 60% entre los jóvenes.

Los que tienen trabajo manifiestan una incertidumbre pareja: frente al 18% de empleados que ven «probable o muy probable» perder su puesto en los próximos meses, ese miedo sube hasta el 40% entre los menores de 24 años. El informe Jóvenes Españoles 2010 que publica la editorial SM resulta coincidente con ese diagnóstico sombrío: 6 de cada 10 jóvenes encuestados ya han asumido que la crisis va a tener un impacto muy negativo en su futuro profesional y personal. Si quiere conocer a un ciudadano pesimista y cabreado, busque a un joven.

Que salte la chispa

«Esto no es lo que nos prometieron», clama Tohil Delgado, secretario general del Sindicato de Estudiantes. Este colectivo, que cuenta con 20.000 afiliados en institutos y universidades de todo el país, percibe de primera mano el sentir de los jóvenes, y Delgado, que lleva desde los 13 años en la actividad sindical ¿hoy tiene 27¿ reconoce que la crisis se está dejando notar en el ánimo de los estudiantes. «Existe indignación, frustración y rabia. Solo falta que ocurra un accidente, que salte una chispa, para que estalle, como ha ocurrido en el Magreb», pronostica el representante estudiantil.

¿Podría ser este próximo miércoles? Ese día, el Sindicato de Estudiantes ha convocado una huelga en todos los centros educativos, pero los responsables de la llamada reconocen que ahora mismo no tienen ganada la batalla de la calle. El sinsabor que les dejó en el 2008 la movilización contra el plan de estudios de Bolonia, que salió adelante a pesar de su oposición, y el flojo resultado de la huelga general del 29 de septiembre les lleva a tener expectativas modestas, pero no dudan de que la indignación de los jóvenes acabará saltando a los titulares en los informativos en forma de revueltas. «Si las hubo en Grecia, Londres y París, no hay razón para que aquí no las haya. Si en Egipto y Túnez han tumbado dictaduras en una semana, ¿qué no podríamos conseguir aquí?», se plantea Delgado.

«Si ocurre, no tendrá la forma tradicional. Hoy las movilizaciones no generan simpatías, ni entre los mayores ni entre los jóvenes. Estos, directamente, te preguntan en clase llenos de dudas: `¿Para qué nos vamos a movilizar, si no sirve de nada?¿», cuenta Mariona Ferrer, profesora de Ciencias Políticas de la Universitat Pompeu Fabra. Esta analista ha estudiado los mecanismos de protesta que suelen seguir los jóvenes y cree que a los de ahora ya no le valen los caminos del pasado. «Están indignados, pero no sienten que los sindicatos, y mucho menos los partidos, les representen. Solo algo nuevo y creativo, protagonizado por un agente con credibilidad ante ellos, puede engancharlos para poner en marcha esa movilización», opina.

Divorcio de la política

El divorcio entre política y juventud no es una consecuencia de la crisis, sino que viene de más lejos. Solo hay que echar un vistazo a las cifras de afiliación de las secciones juveniles de los partidos para comprobar la magnitud de ese desapego: apenas el 1,3% de los menores de 29 años milita en alguna organización política. La más nutrida es la de las Nuevas Generaciones del PP, con 65.000 afiliados, seguida por las Juventudes Socialistas del PSOE, que cuenta con 20.000 socios. Cualquier grupo absurdo de Facebook tiene más seguidores.

El abstencionismo juvenil en las últimas elecciones generales fue 7 puntos superior al del resto de la población. «El mal ejemplo dado por los grandes partidos está detrás de esa desconfianza de los jóvenes, que perciben a todos los políticos igual, pero la indignación que ha sembrado la crisis está cambiando esa tendencia», señala Esther López Barceló, secretaria de juventud de Izquierda Unida.

Cuarenta y tres años después del Mayo francés, las posibilidades de volver a asistir a revueltas parecidas son remotas. Ni esta es la misma juventud, ni tiene al alcance de la mano las mismas herramientas. Entonces había adoquines en las calles, pero no existía internet. La red se ha convertido en uno de los grandes sumideros de ira juvenil, y también en un perfecto canal para su propagación. Así lo ha detectado Ricardo Galli, profesor de informática de la Universitat de les Illes Balears y uno de los promotores de Nolesvotes, plataforma surgida al calor de la protesta contra la ley Sinde, pero que se ha visto contagiada por la frustración de la juventud. «Esa indignación está presente en los foros y mensajes que escriben los jóvenes y es un síntoma del ambiente que respiran. El problema es que en internet no hay líderes. Está por ver cómo la red se convierte en un instrumento para dar salida a la rebeldía», apunta Galli.

Smith Agent es uno de los que ha participado en esos foros manifestando su rabia ante el panorama que se le presenta. El nombre inventado camufla su verdadera identidad, que mantiene en anonimato porque él y los otros 15 jóvenes que forman parte de su grupo de activistas han participado en diversas acciones de ciberguerrilla, como ataques a páginas de instituciones públicas, en colaboración con el colectivo Anonymus.

El discurso combativo

Residen en el cinturón obrero del sur de Madrid, tienen entre 16 y 27 años, la mayoría todavía viven en casa de sus padres y muchos están en paro. Su discurso es combativo: «Han echado sobre nuestros hombros los errores de los banqueros y especuladores. Hasta ahora la juventud ha sido muy perezosa, pero pronto se nos va a oír. Esto tiene que explotar», asegura.

Este activista de la red destaca que internet tiene la cualidad de convertir a cada usuario en el chico del megáfono de la manifestación. ¿La próxima rebelión juvenil ocurrirá a golpe de clic? Algo ya se ha experimentado en ese sentido: en Portugal un grupo de jóvenes bautizado como Garaçao A Rasca (Generación de la Precariedad) convocó una manifestación a través de redes sociales y el 12 de marzo reunieron a 200.000 personas en Lisboa al grito de «este no es país para jóvenes». Tohil Delgado valora el potencial viral de la red, pero advierte de sus límites. «A veces se exagera. Puede ayudar a difundir los mensajes, pero las conquistas se logran en la calle. Una rebelión no se monta dándole al botón de me gusta en Facebook», señala el líder estudiantil.

Poner la oreja en la red

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Por lo pronto, internet puede servir para conocer mejor qué piensan los jóvenes acerca de ellos mismos y de su futuro. Poner el oído en la red es muy revelador. La web patatabrava.com, que reúne la mayor comunidad online universitaria de España (cuenta con unos 320.000 usuarios), acaba de realizar un sondeo para conocer mejor a sus socios, y entre sus respuestas hay algunas pistas llamativas: el número de jóvenes que creen que van a tener menos oportunidades en la vida que sus padres duplica a los que confían en lo contrario. Por otro lado, casi la mitad de los estudiantes está considerando seriamente la posibilidad de salir de España para desarrollarse.

Preguntados por los términos que los identifican como generación, los miembros de esta red universitaria enumeran estas palabras: «Facebook, futuro, digital, conectados, crisis, comunicación, desempleados, despreocupados y conformistas». A la luz de este estudio, Oriol Solé, uno de los responsables de esta web creada en la Universitat Autònoma de Barcelona en el 2002, y ya exuniversitario, enfría las expectativas de rebelión. «Más que indignados ¿opina¿, veo a los jóvenes de ahora preocupados. Pero la mayoría no se plantea hacer frente a la situación montando un nuevo Mayo del 68, sino buscándose la vida cada uno por su lado».

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