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ANÁLISIS

Roma se alía con la Iglesia catalana

Àlex Masllorens

Dejemos de lado, por un momento, la política. Primer mensaje, claro y nítido, del Papa en la homilía (y no solo en  la homilía) de la Sagrada Família: la Iglesia catalana existe, mal que le pese al cardenal Rouco. Existe como Iglesia local en el seno de una Iglesia universal, por supuesto, pero tiene una historia y una personalidad propias. De entrada, y el Papa lo sabe muy bien, porque en Catalunya se dan hoy los índices más altos de desafección religiosa. Si quería conectar con las élites intelectuales y políticas y con una parte significativa de la sociedad catalana, Benedicto XVI ha estado bien asesorado y ha dado muestras de saber dónde estaba y qué público le acogía en Barcelona. En este aspecto, es preciso reconocer el buen trabajo de los cardenales Martínez Sistach y Bertone. El templo de la Sagrada Família es una buena representación de una determinada cosmovisión y una manera de entender Catalunya y su historia (burguesa, religiosa, emprendedora y un poco provinciana) y el Papa ha sintonizado muy bien con los representantes de esta capa sociológica, que es donde puede encontrar más aliados para la reevangelización.

Tras el presunto resbalón de las declaraciones en el avión, el sermón de ayer de Benedicto XVI fue de una moderación y de una corrección estilística casi sorprendentes. Incluso las inevitables citas al papel de la mujer en la sociedad, a la indisolubilidad del matrimonio entre hombre y mujer o a la obligación del Estado de apoyar a la familia, y la oposición a todas las formas de negación de la vida humana, «inviolable desde el momento de la gestación», fueron pronunciadas como de pasada. El inevitable discurso moral se enmarcó en una reflexión mucho más amplia sobre el diálogo con el mundo y la necesidad de superar la dualidad entre la conciencia humana y la conciencia religiosa. La apelación del jefe de la Iglesia al Dios del amor, de la libertad, de la paz y de la concordia y la constatación de que la belleza es la gran necesidad del hombre y la mejor revelación de Dios son reminiscencias de la mejor Iglesia romana, la que fue mecenas y protectora de artistas y músicos que buscaron la excelencia con libertad de espíritu. Sería interesante que las palabras del Papa en el interior de la Sagrada Família inspirasen una nueva manera de ser, de hacer, de actuar, de relacionarse y de comunicarse de la jerarquía católica. Permítanme que, visto todo cuanto hemos visto hasta ahora (también estos días en Barcelona), me declare muy escéptico. El poder (terrenal) siempre ha resultado una tentación demasiado fuerte para renunciar a él.