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NUEVO EQUIPAMIENTO EN SANT JOAN DE VILATORRADA

Condenados a un día de prisión: Medio centenar de periodistas pasan un aleccionador encierro en el flamante centro de Lledoners

La cárcel más amable del país recibirá en breve a presos de verdad

MAURICIO BERNAL
SANT JOAN DE VILATORRADA

"¿A qué hora apagan las luces?"

El funcionario arruga el entrecejo y dice que esa información es clasificada, de modo que todos se ponen a especular. ¿Las diez? ¿Las 11? ¿Las 12? El vestíbulo principal de la cárcel de Lledoners hierve de cámaras, trípodes y equipos de fotografía, periodistas que caminan de esquina a esquina tomando apuntes y un puñado de funcionarios de prisiones que poco a poco se van dando cuenta de que nunca habían tenido que ingresar a tantos presos a la vez. ¡Más de 50! Peor todavía. Presos periodistas. Gente a la que hay que tratar con guante.

"Muy bien... ¡Silencio, por favor! Pasen a esta sala, por grupos. Yo los voy llamando. ¡Julio Carbó!".

La cárcel, nueva y sin estrenar, está ubicada en las afueras de Sant Joan de Vilatorrada (Bages), muy cerca de Manresa y a 70 kilómetros de Barcelona, y es el primer símbolo de lo que viene a ser la nueva po-

lítica penitenciaria de la Generalitat: prisiones modernas, pequeñas y --en la medida en que una prisión puede serlo-- amables. Ocho módulos, 64 celdas por módulo, 750 presos en total. Piscina, gimnasio, au-

las educativas y varios talleres. Y el acento en una palabra: "rehabilitar". Una vez terminada, a la Conselleria de Justícia se le ocurre que los periodistas deben probarla. Y ahí están, medio centenar. Una noche presos.

En grupos de a ocho van entrando por una corpulenta puerta corredera, toda hierro y vidrios robustos, marcada con una letra y un número: M19; una especie de sala de espera. Más tarde, también por grupos, los funcionarios conducen a los nuevos presos por pasillos y escaleras, y luego a través de una extensa explanada de asfalto que lleva hasta el módulo de ingresos. Un escáner, un arco de seguridad y unos pocos cuartos, pequeños, fríos y de paredes desnudas; donde se hacen los cacheos.

"¿Nos van a desnudar?"

No hay tiempo para eso. Son 50 presos, se hace tarde y hay prisa. Uno por uno cumplen más o menos con el protocolo: foto, huellas dactilares, examen médico, charla con el responsable de educación. "En circunstancias normales todo esto se hace en tres días, que lo sepáis", dice alguien. Los presos-periodistas quedan despojados de todo: DNI, móvil, billetera, llaves, artículos de limpieza ("ya os daremos dentro, tranquilos"); cualquier cosa que no sea el pijama y la muda del día siguiente. Los libros están permitidos.

"No, linterna no. Esto es una cárcel, señor. Lea hasta que se apague la luz; y después, a dormir".

Pijama, muda y libro

"Mira, esto te parecerá una tontería --se levanta de repente una chica de la tele--, pero yo mañana necesito este maquillaje para grabar".

Dentro de poco habrá asesinos y violadores en esta sala, delincuentes sin escrúpulos con historiales de espanto, o simplemente ladronzuelos; seguro que les gustaría saber que en los buenos tiempos se hablaba de cosmética en este lugar.

La funcionaria le dice que no se inquiete. Ya le darán su maquillaje.

Siempre por grupos, la expedición se encamina al módulo 1, donde hay espacio para todos. Las celdas están en la planta superior y la orden es dejar las cosas --el pijama, la muda, el libro-- y bajar para la cena.

La celda.

Hay gente que va a pasar seis o siete, o nueve años, o más, probablemente más, en este sitio. De manera que la cárcel puede ser muy moderna, y muy amable, y muy de no ape-

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