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CRÍTICA DE SERIE

Crítica de 'Stranger things 3': máquina de emociones a pleno rendimiento

Juan Manuel Freire

Una imagen de ’Stranger things 3’.

Una imagen de ’Stranger things 3’.

A menudo se tacha a 'Stranger things' de simple pastiche de referencias de los 80, como si un buen pastiche no tuviera su valor o como si fuera tan fácil evocar con éxito (muchos lo han intentado y han fracasado) el sentido de la maravilla, y la diversión, y la emoción sin ironía de tanto cine de aquella década.

'Stranger things' es una carta de amor con miles de destinatarios (Steven SpielbergJohn CarpenterRichard DonnerStephen King, etcétera, etcétera, etcétera), pero escrita con inusual buena letra. Escrita con sinceridad e incluso ingenuidad: Matt y Ross Duffer debieron creer que rendir homenaje a 'Under the skin', una película de hace solo unos años, en su representación del vacío psíquico de Once era una idea chula, y que nadie iba a tacharlos de saqueadores o tipos sin imaginación.

La mejor forma de ver 'Stranger things', aunque algo así no se pueda forzar, es como estos hermanos la han concebido: sin amago de cinismo, con el corazón al descubierto, reconectando con el niño interior si ya no lo eres en el exterior. Esto último nos lo han puesto especialmente fácil en la tercera temporada, que llega a Netflix el jueves, día 4 de julio, cuando se desarrolla (pero en 1985) su espectacular clímax final.

Ratas de centro comercial

La máquina de emociones funciona a pleno rendimiento en ocho episodios en los que personajes jóvenes tratan de sobrevivir no solo a nuevos y viejos enemigos, sino al monstruo de la pubertad, y los adultos no se desenvuelven mucho mejor, igual de torpes a la hora de resolver tensiones amorosas. En realidad, nadie crece realmente: todos somos para siempre los absurdos seres que éramos en el instituto. Lo que explicaría el éxito intergeneracional de 'Stranger things'.

Describamos el paisaje de la tercera entrega sin caer en precisiones, entre otros motivos porque Netflix nos lo exige respetuosamente. La lista de puntos por no tocar es larga. Sí que podemos contar, sea como sea, que en el verano de 1985 Mike (Fionn Wolfhard) y Ce (Millie Bobby Brown) están insoportables, besuqueándose todo el rato mientras escuchan baladones AOR de Corey Hart o REO Speedwagon. Jim (David Harbour), tutor de la segunda, está cansado de verles encerrados en su dormitorio. Si la puerta se entreabre, Ce, claro, la cierra sin necesidad de saltar de la cama: mola tener una novia con superpoderes.  

El fervor del primer amor no es lo único que tiene absorbidos a nuestros jóvenes héroes. En Hawkins, Indiana, han abierto un gran centro comercial, el Starcourt, donde al principio de la temporada Mike, Will (Noah Schnapp), Lucas (Caleb McLaughlin) y Max (Sadie Sink) se cuelan en un preestreno de 'El día de los muertos', de George A. Romero. La relativa normalidad no tarda en torcerse, porque en mitad de la proyección se corta la luz y Will tiene Esa Sensación: algo se acerca, algo sediento de sangre, y parece peor que nunca.

En los cines del Starcourt pasan también 'The stuff' (¡miedo!), 'Oz, un mundo fantástico' (¡más miedo aún!) o 'D.A.R.Y.L.' (snif aún), pero ninguno de estos clásicos de Aquellos Maravillosos Años son referencias importantes para los nuevos episodios. Piensen más en 'La invasión de los ladrones de cuerpos', en la versión de Philip Kaufman (por algo hay una zapatería llamada Kaufman Shoes en el centro comercial), la primera entrega de 'Terminator' (estrenada en EEUU en otoño del 84 y aquí ya en 1985) y, sobre todo, 'La cosa', que da pie a una divertida conversación en la que se compara el trabajo de Carpenter con la New Coke.

Dolores del crecimiento

Los mejores golpes de humor llegan, de nuevo, de la mano de un Gaten Matarazzo (el sin par Dustin) cada vez más cerca de John C. Reilly en su deliciosa comicidad. También enamora Maya Hawke (hija de Uma Thurman y Ethan Hawke, heredera del talento de sus padres) como un nuevo personaje, Robin, compañera del ligón Steve (Joe Keery) en la heladería del Starcourt. El reparto incorpora también a un favorito de los 80, Cary Elwes, el plebeyo Westley de 'La princesa prometida', como alcalde corrupto, o a Jake Busey como uno de los periodistas veteranos que arruina la experiencia de Nancy como becaria del 'Hawkins Post'.

Pero la Jugadora Más Valiosa del equipo es, todavía y siempre, Millie Bobby Brown, alias Once, componente del joven reparto original con más probabilidades de hacer gran carrera una vez acabe la serie; en principio con la cuarta o quinta entregas. En su mirada y sus acciones se aprecian, de la forma más natural, todos los sentimientos que asociamos a la adolescencia: ese primer deseo, esa inocencia remanente, esa madurez amenazante y, cuanto más se acerca el final, ese miedo ante la imposibilidad de dar vuelta atráscomo Marty y Doc, a tiempos pasados en que todo era, a pesar del Demogorgon, algo más sencillo.