Caparazones en recuerdo de la gran tortuga

Una escultura de un mallorquín recuerda el quelonio de piedra en el que jugaban los niños

Original 8 La escultura de la tortuga, en la plaza de Camp de l’Arpa.

Original 8 La escultura de la tortuga, en la plaza de Camp de l’Arpa. / RICARD FADRIQUE

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LLUÍS PACHECO / BARCELONA

En el corazón del Camp de l'Arpa, en la plaza Sant Josep de Calassanç, se encuentra una peculiar escultura formada por ocho caparazones de acero. Por fuera éstos parecen sencillos, vacíos. Por dentro, al estar pintados de diferentes colores, son más atractivos.

Entre los vecinos, las teorías sobre esta singular escultura son varias. «Parece una hormigonera», comenta Jordi Marsà, propietario de la sastrería Marsà, ubicada justo en frente de la escultura. En cambio, otros dan en el clavo con sus teorías. «Podrían ser caparazones de tortugas», explica acertadamente José Luis Fernández, propietario del bar Noni, también situado cerca de la escultura en cuestión.

Para explicar el origen de la curiosa obra hay que remontarse a los años 60. En la plaza de Sant Josep de Calassanç, donde hoy se ubica un parque infantil, había una tortuga de piedra con la que los niños jugaban. Esta figura llevó a los vecinos a bautizar al equipamiento como la plaza de la tortuga. Con el paso de los años, y debido a que varios niños se lastimaron jugando con ella, la tortuga fue derribada.

Regreso en 1991

A principios de los 90, el animal volvió a la plaza, aunque con un lavado de cara importante. Los arquitectos del ayuntamiento encargaron al pintor y escultor mallorquín Joan Bennàssar una escultura que rememorara al histórico quelonio. Para hacerlo, el escultor, además de recordar la figura del animal, quiso que su trabajo también incluyera un espacio para los niños. «Con la parte exterior quise representar el caparazón de la tortuga, y con la interior, un espacio infantil», expone Bennàssar, quien construyó la figura en el año 1991. La bautizó como Llar per a la tortuga dels vuit anells.

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La disposición de la escultura no está hecha al azar. «Al ser una plaza estrecha, por donde los coches pasan muy cerca -está ubicada a pocos metros del cruce entre las calles de Còrsega y Freser- usé los caparazones como una barrera natural para los niños», añade Bennàssar.

La tortuga de la plaza Sant Josep de Calassanç, 50 años después, sigue viva. Ahora, más moderna, ya no es tan explícita como lo fue en su día.

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