21 oct 2020

Ir a contenido
Un niño mira a la calle mientras permanece confinado por el coronavirus en A Coruña.

EFE / CABALAR

Un cuento de vampiros (6): La casa del vampiro | Texto y podcast

La casa era muy pequeña y muy pobre. Solo tenía una mesa y una silla. No había sofá. Él estaba en un cuartito tumbado encima de una cama y mirando a las musarañas

Juan Soto Ivars

Mi padre estaba en el sillón. Se había quedado dormido con el libro encima del pecho, porque a la hora de la siesta siempre se queda grogui, así lo dice él. Fui a la estantería y me puse a mirar los libros. Los sacaba del estante y revisaba la primera página. En muchos ponía José, que es su nombre, en otros no ponía nada, y en unos pocos ponía Rodrigo. De manera que la casa de la abuela está llena de libros del vampiro, y yo tenía que averiguar por qué. No creo que mi abuela le haya robado los libros al vampiro, porque ella no sabe leer.

No entendía cómo puede ser que tengamos aquí esos libros, empezando por el de Roald Dahl que me ha regalado, y decidí preguntar a la única persona que me lo diría: el vampiro. Ni mi abuela ni mi padre quieren que les pregunte tantas cosas, pero cuando me descubrieron me cayó una bronca monumental y mi padre empezó a gritar unas cosas horribles al vampiro, y yo me puse a llorar y ahora estoy castigado y mi padre dice que nos vamos a volver a Barcelona, y ha discutido con la abuela.

Si mi padre está tan enfadado tiene que ser porque el vampiro ha cambiado de forma

Este dibujo es del vampiro como lo veo ahora. Me ha salido muy diferente del dibujo de día de las latas, porque entonces lo vi a oscuras y me dio mucho miedo, o quizás iba en su forma aterradora, porque los vampiros son como los camaleones. Los camaleones tienen una técnica que se llama mímesis y creo que los vampiros también. Si mi padre está tan enfadado tiene que ser porque el vampiro ha cambiado de forma. A lo mejor se ha vuelto bueno o puede que esté fingiendo. Mi padre me dijo que había sido muy claro cuando me ordenó que no me acercase a esa casa.

Así es como pasó: me fui a la hora de la siesta a casa del vampiro y tenía la puerta entornada, así que llamé. El vampiro dijo que entrara y entré. Su casa era muy pequeña y muy pobre. Solo tenía una mesa y una silla. No había sofá. Él estaba en un cuartito tumbado encima de una cama y mirando a las musarañas. Me dijo: hombre, qué te trae por aquí, y se sentó. Entonces le pregunté por qué había tantos libros suyos en casa de mi abuela. El vampiro se quedó pensando un rato y al final me dijo: porque aquí no hay dónde ponerlos.

Eso era verdad. No tenía estanterías, aunque había algunos libros amontonados por el suelo de su cuarto. Le pregunté si tenía más de cien años y me dijo que no, que solo tenía 78. Le dije que mi abuela tenía dos años más que él, y me respondió que lo sabe perfectamente, y que la conoce desde hace algún tiempo. Le dije que yo creía que los vampiros eran más viejos que la gente viva y se rió un poco y me dijo que no todos. Entonces me fijé en que al lado de la cama había un plato con restos de comida, y me llamó la atención porque tenía el mismo dibujo que los de casa de la abuela.

Me explicó que mi abuela le trae todos los días la comida y la cena 

Él me explicó que no es que tuviera el mismo dibujo, sino que era un plato de casa de mi abuela, y como me quedé sorprendido me explicó que mi abuela le trae todos los días la comida y la cena. ¿Para que no tengas que salir a cazar gente?, le pregunté, y él se rió y me dijo: “ya te dije que no cazo gente, va contra mis principios. Me trae el plato para que no me muera de hambre”. Entonces le pregunté de qué conocía a mi abuela y me dijo que eso, si quería, me lo contaría mi padre uno de estos días. Y entonces me di cuenta de que el vampiro se parecía cada vez más a mi padre, y pensé que estaba mimetizándose como un camaleón para engañarme, y empecé a asustarme. Pero me asusté de todo cuando entró mi padre y empezó a dar voces.

Me agarró por la camiseta y me empezó a arrastrar para fuera mientras señalaba al vampiro con el dedo y le decía que había sido muy claro. El vampiro gritó que tenía derecho a conocerme y que recapacitase y mi padre le dijo que estaba todo muy claro desde hacía muchos años y no tenía la más mínima intención de cambiar de parecer. El vampiro se levantó de la cama y pensé que nos iba a atacar, pero en vez de hacer esto se puso a llorar y mi padre le gritó que se guardara esos pucheros para más tarde y ya estábamos en la calle y había alguna gente del pueblo mirando y murmurando y mi padre me llevó para casa de la abuela pegando voces y diciéndome que estaba muy enfadado y que no iba a salir del cuarto y que nos íbamos a ir a Barcelona y que venir al pueblo había sido la peor idea del mundo.

► Lea también los otros capítulos de los relatos de verano

Me fui para el cuarto corriendo en cuanto llegamos y estaba muerto de vergüenza porque la gente del pueblo cuchicheaba, y también estaba muerto de pena por el vampiro, y creo que no intentaba mimetizarse sino que esa es su cara, y que lloraba porque también estaba triste y tenía vergüenza de ver a mi padre así.