Un cuento de vampiros (5): Mi conversación con el vampiro | Texto y podcast

Mi plan era darle el libro al vampiro para salvarme y contarle a mi padre que se me había perdido, y si me castigaba que me castigase

Un niño mira a la calle mientras permanece confinado por el coronavirus en A Coruña.

Un niño mira a la calle mientras permanece confinado por el coronavirus en A Coruña. / EFE / CABALAR

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Tuve que interrumpir la escritura y esconder el diario sin contar lo más importante del día porque mi padre apareció y me dijo que bajase a cenar, y casi me pilla escribiendo justo la parte en la que me pongo a hablar con el vampiro, que al final de la conversación me dejó ir sin morderme ni hacerme daño.

Estábamos en la calle, yo sentado en el poyete al lado del garaje mecánico y él de pie delante de mí con el libro de Roald Dahl en la mano. Me preguntó si me gustaba ese libro y le dije que es de los mejores pero solo voy por la página 56 y que si me dejaba ir se lo regalaba, aunque luego tuviera problemas con mi padre. Mi plan era darle el libro al vampiro para salvarme y contarle a mi padre que se me había perdido, y si me castigaba que me castigase.

Supongo que los vampiros pueden retraer los dientes como las serpientes

Entonces el vampiro sonrió. Yo casi no me atrevía a mirarlo a la cara, pero sí vi que los dientes no eran puntiagudos como yo creía, sino que parecían de una persona normal. Supongo que los vampiros pueden retraerlos como las serpientes, que tienen colmillos retráctiles para inyectar el veneno a sus presas. Este dibujo es el mecanismo de unos colmillos retráctiles de serpiente. Y me dijo: “No, no hace falta que me lo regales, ya lo he leído, de hecho, toma, te lo regalo yo a ti”. Y cuando me lo dio tuve miedo de que aprovechase para agarrarme de la muñeca pero no hizo nada de esto. Me dio el libro, y había limpiado el lapo que le echaron los brutos.

Le dije que gracias, porque el libro en realidad era de mi padre y se iba a enfadar si se lo llevaba, y él me dijo que mirase en la primera página a ver qué nombre salía. Y miré ahí, como me había dicho, y ponía “Rodrigo”. Él preguntó: “¿Ya sabes cómo me llamo?”. Y yo asentí con la cabeza. Y me preguntó si me lo había dicho mi padre, y yo le dije que no, pero que a lo mejor mi padre no sabía su nombre. Y el vampiro me preguntó: “¿Cómo está Marta?”. Y yo le dije que mi madre estaba muy bien y vive en la calle Roger de Llúria con Mateo y la imbécil de Carme.

“¿Por qué te cae tan mal Carme?”, me preguntó. Y le dije que es idiota y se hace caca, que lleva pañal con tres años, que lo ensucia y lo pringa todo, que no sabe jugar a nada y que es una chantajista que llora en cuanto no le dan sus caprichos. Me preguntó si es hermana mía y le contesté que no, que es de Mateo y otra señora con la que estuvo antes, igual que mi padre y mi madre estaban juntos y nací yo, pero luego se separaron. El vampiro quería saber más cosas y era preguntón como yo, y le empecé a decir todos los defectos de Carme, y luego me preguntó cómo estaba mi padre y ahí sí que me asusté.

Si se encaprichaba con secuestrar a Carme y se la llevaba, a mí me quitaría un muerto de encima

Porque si yo le había dicho todo eso sobre Carme era por si él se encapricha con ir a secuestrarla, se la llevaba y le chupa la sangre, que a mí me quitaría un muerto de encima, pero otra cosa es que quiera saber cosas de mi padre. Me vio que dudaba y me dijo: “¿Te ha dicho tu padre que no debes hablar conmigo?”, y yo le dije que no, pero era mentira. Y él dijo: “Ya veo que no me lo quieres decir, pero no te preocupes, tienes que respetar a tu padre, además él odia a la gente mentirosa”. ¡Así que los vampiros pueden leer el pensamiento!

Esto lo pensé, pero se me escapó, lo dije en voz alta. Y él me dijo: “¿Los vampiros?”. Y sonrió otra vez y no quise mirar sus dientes por si los había sacado y miré al suelo y dije “PERDÓN”, pero oí que se reía y me dijo que no me preocupara. Se sentó en el poyete a mi lado y se levantó las gafas de sol para que le viera los ojos. Yo creía que serían rojos como los de las ratas albinas de laboratorio pero eran normales y marrones. Y sin las gafas de sol me recordó un poco a mi padre, porque los vampiros pueden adoptar la forma de la gente en la que confías para ganarse tu confianza.

“Sí, en cierta forma soy un vampiro, pero no todo lo que dicen de nosotros es verdad”. Luego dijo algo que no recuerdo bien, pero más o menos me contó que él nunca había mordido a nadie y no necesitaba hacer daño para estar vivo, creo que dijo esto. Y le pregunté de qué se alimentaba y me dijo: “Igual que todo el mundo, cuando comemos animales muertos todos tenemos algo de vampiros, si lo piensas”. Y pensé que el vampiro posiblemente sí que era más listo que las personas normales, porque nunca había caído en la cuenta de que los animales muertos que nos comemos han tenido que verter su sangre.

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Y entonces me dijo que tenía que irse porque no le gustaba estar mucho tiempo al sol, pero que no me asustara si lo veía, que el pueblo es muy pequeño y no pasa nada. Parecía un viejo normal y corriente.