Un cuento de vampiros (1): El vampiro del pueblo | Texto y podcast

En la calle de la casa de la abuela un hombre muy alto y muy viejo salió por una puerta y vino para nosotros sonriendo como los otros viejos del pueblo. Mi padre me agarró de la mano y tiró de mí. Luego me dijo que esa persona no es un hombre.

Un niño mira a la calle mientras permanece confinado por el coronavirus en A Coruña.

Un niño mira a la calle mientras permanece confinado por el coronavirus en A Coruña. / EFE / CABALAR

Se lee en minutos

Querido diario. Ya era de noche y andaba con mi padre por el pueblo y hemos visto un vampiro. En la calle de la casa de la abuela un hombre muy alto y muy viejo salió por una puerta y vino para nosotros sonriendo como los otros viejos del pueblo. Mi padre me agarró de la mano y tiró de mí. El hombre le dijo “hola, José” y cuando el hombre iba a decir algo más y me miró a mí, mi padre le dijo que “adiós” y salimos andando muy rápido. Y yo le dije que no caminase tan rápido porque yo iba casi arrastrando, pero luego me dijo la verdad: que esa persona no es un hombre. Es un vampiro.

No debo acercarme a la casa del vampiro. Es territorio enemigo. El vampiro puede salir en cualquier momento. Si te atrapa no puedes escapar, y es mejor andarse con cuidado. Mi abuela va por la calle despacio y vuelve igual de despacio. Tiene que ir así de despacio porque tiene reuma y es una vieja. La puede agarrar. Yo prefiero estar en otra parte o dentro de la casa cuando la abuela trae la compra. No quiero verlo si la agarra.

Mi padre me ha jurado que él sabe defenderse del vampiro, que no tenga miedo

Por la noche salimos a tomar el fresco en las mecedoras y yo miro fijamente para la casa del vampiro. La luz allí siempre está encendida porque el vampiro no duerme. Le pregunté a mi padre qué hace el vampiro y me dijo que se dedican a chupar la sangre de la gente. No quiso decir más cuando le pregunté por qué chupan la sangre, ni cuántas veces necesitan alimentarse. Mi padre me ha jurado que él sabe defenderse del vampiro y que no tenga miedo.

Hemos venido a casa de la abuela porque son las vacaciones de verano. He sacado: un 9 en naturales, un 8 en matemáticas, un 6 en lengua catalana, un 6 en castellano, un 8 en gimnasia, un 7 en música. Pero en inglés he sacado un 4 y mi padre no me ha querido comprar nada. Estar aquí en verano es como un castigo. La abuela no es divertida, y mi padre se queda callado cuando está con ella.

Le he preguntado a mi abuela quién vive en esa casa, como si yo no supiera que vive el vampiro. Ella me ha dicho que allí no vive nadie. Le he preguntado que por qué se dejan la luz encendida por la noche y me ha dicho que como yo no pago las facturas no tengo de qué preocuparme. Le he preguntado si ella cree en los fantasmas y me ha dicho que los fantasmas son los recuerdos de la gente a la que queremos pero no nos quiere. Es muy sentimental.

Le he dicho que yo la quiero mucho y se ha puesto a llorar. Pero me gustaría que no me dijera tantas mentiras. Mi padre dice que mi madre es la que dice más mentiras, pero yo creo que mi abuela dice más mentiras que mi madre. Los juegos que hay en casa de mi abuela son de viejos y no me gustan. Se llaman la brisca, que son unas cartas viejas, y el dominó, que era de mi abuelo, pero a él no lo he conocido porque está muerto y lo llevaron al cementerio.

El pueblo de mi abuela se llama San Martín y el cementerio está cerca de la casa, pero nunca he entrado porque no me gustan esos sitios. Aquí pasan menos coches que por Barcelona. Le pregunto a mi padre si el vampiro sale de día y me dice que los vampiros solo están vivos por la noche, pero que este a veces anda por ahí al sol. Cuando mi abuela llega con la compra, me pide que la ayude a meter las cosas en la nevera. Le pregunto si ha visto a alguien raro y me dice que los de siempre. Le pregunto si cree en los vampiros y me dice que tengo la cabeza llena de pájaros, pero yo le digo que en todo caso serán murciélagos, y mi abuela se ríe un poco.

Cuando mi abuela se ríe me doy cuenta de que tiene solo dos dientes en la parte de arriba de la boca, como los vampiros

Lo que metemos en la nevera es lo típico que compra mi abuela: muchas verduras asquerosas y filetes grandes que se hacen bola cuando los masticas, y encima ha comprado cuatro y nosotros somos tres. Ni chocolate blanco ni nada que se le parezca, muchas cervezas para mi padre y ni una cocacola para mí. Cuando mi abuela se ríe me doy cuenta de que tiene solo dos dientes en la parte de arriba de la boca, como los vampiros. Le pregunto si un día me puede comprar chocolate blanco, que es el que más me gusta, y me dice que si me porto bien lo comprará.

► Lea también los otros capítulos de los relatos de verano

Te puede interesar

relatos de verano

En este pueblo hay más niños pero no son amigos míos. Mi padre me ha contado que cuando él era pequeño tenía amigos y que vaya a hacerme amigo de esos niños, pero no es tan fácil como él se cree. Como me aburro tanto escribo este diario y hago dibujos. Voy a dibujar al vampiro como lo recuerdo en la página siguiente porque aquí ya no me queda espacio. Pero lo haré después porque ahora tenemos que ir a comer. No me gusta cómo hace la comida mi abuela, mi madre cocina mejor. Esto no se lo diré porque mi padre se enfada si digo cosas buenas de mamá.