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Selene y los cuatro elementos (1): Gaia, la tierra

Selene y los cuatro elementos (1): Gaia, la tierra

Si les digo que soy detective, no piensen en el cliché de la novela negra: hombre solitario, mujeriego, alcohólico y con un pasado turbio. La mayoría de detectives que pisan la calle en este país son jóvenes, todos con estudios universitarios.

Lucía Etxebarria

Para un seguimiento de varias horas o días, un detective debe poder cambiar de aspecto de manera rápida y eficaz. La chica bajita de la melena rubia y la camiseta rosa puede ser la chica alta del moño, las gafas de sol, la cinta azul y el jersey negro en un minuto.

Una chica joven sentada en un coche durante horas puede resultar extraña, pero no da miedo, nadie avisa a la policía. Si una chica te llama para ofrecerte la nueva tarifa de Molestar Teléfonos o se presenta en tu casa a realizar una encuesta, no te asusta ni te intimida. Y si te encuentras a la misma mujer detrás durante un largo paseo o en una noche de copas, no te escama tanto como si se tratase de un hombre. 

Por eso tantos detectives somos mujeres.

Consejo gratuito del día: si eres mujer y estudiante de detective ve dejándote el pelo largo. Y lleva también una bolsa con jersey y tacones en el bolso. 

El primer contacto

Yo había adquirido cierto prestigio tras solucionar un caso de espionaje industrial que le había costado millones de euros a la firma de moda que me contrató. Me infiltré en la empresa y trabajé en ella de recepcionista tres meses. La dueña estaba casada con uno de los empresarios más importantes del país, propietario de un hólding de cientos de compañías. 

Fue ella que le facilitó mi nombre a Gaia. Lo supe en cuanto entró por la puerta, porque llevaba un traje de la firma, última temporada. Zapatos, bolso y gafas de Gucci, auténticos, no falsificación. Pendientes y anillo de Cartier, quizá. Impecablemente peinada. Todo en su porte sugería dinero.

En resumen, esto fue lo que Gaia me vino a contar:

Su mujer había fallecido hace unos meses. Se había ahorcado con un pañuelo. En realidad, nadie sabía que era su mujer. Ellas se habían casado hace años, por una cuestión de papeles, para regularizar la nacionalidad de Selene, que era argentina, y nunca se habían divorciado. A efectos prácticos Gaia era su heredera. La autopsia determinó que Selene se había suicidado. 

Los forenses concluían que alguien había estrangulado a Selene y más tarde había escenificado un suicidio

Pero Gaia conocía bien a Selene y conocía bien también a los forenses españoles. Unos forenses españoles habían dictaminado que los huesos de unos niños quemados por su padre eran huesos de pájaro. Unos forenses españoles se habían confundido de tijeras en la autopsia de una niña de forma que había aparecido semen en su camiseta. Por esa razón, Gaia había encargado una segunda autopsia a varios peritos privados.

Esto habían concluido los peritos:

Teniendo en cuenta que: 1) La postura de Selene era atípica, pues estaba suspendida y no ahorcada, y sus pies tocaban el suelo. 2) En la segunda fase de la muerte por anoxia el sujeto experimenta convulsiones,  pero la estantería de la que colgaba Selene estaba congelada en el tiempo y el espacio, y nada se había movido de su sitio. 3) La total rigidez cadavérica y la temperatura del cuerpo hacían pensar que Selene murió boca arriba. 4) El cuello de Selene presentaba un surco incompatible con el tejido del pañuelo y sí compatible con un cable o una cuerda. 5) Selene presentaba un golpe en la base del cráneo producido por un objeto romo, lo bastante fuerte como para aturdirla...

...Los forenses concluían que alguien había pegado un golpe a Selene para aturdirla, después la había estrangulado con un cable y más tarde habían escenificado un suicidio. 

El móvil había desaparecido del apartamento y en el ordenador habían borrado varias gigas de información

El móvil de Selene había desaparecido del apartamento. Se lo podían haber robado ese mismo día, pero hubiera sido demasiada casualidad. Y en el ordenador habían desaparecido varias gigas de información. Gaia se lo había pasado a varios informáticos que confirmaron que había habido un borrado extenso en la noche de la muerte de Selene.

Pero el juez español se había negado a reabrir la investigación.

Gaia no esperaba que yo encontrara al asesino. Le bastaba con que yo encontrara los suficientes indicios como para que el juez cambiara de opinión.

Me pasó un listado con las últimas llamadas que Selene había hecho el día de su muerte. A Fulvia, su editora. A Haizea, su exnovia. A Mar, su exexnovia (la predecesora de Haizea), y a Marcial, el director de su editorial. Selene estaba a punto de publicar una novela. La novela nunca llegó a ver la luz porque Gaia no lo autorizó, no quería una campaña de ventas centrada en el morbo.

–Tenemos que hablar de mis honorarios –le dije.

–El dinero no es problema.

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