Conde del asalto

Mujeres seguirán tocando cuando Barcelona desaparezca

Es un grupo que conoce la fórmula química de la emoción. Este sábado presentan disco en Razzmatazz 

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El trío Mujeres: Yago, Pol y Arnau.

El trío Mujeres: Yago, Pol y Arnau.

Miqui Otero

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Cuando las Ramblas sean un canal para yates, cuando el Palau de la Generalitat sea una Casa de las Carcasas, cuando la Ciutadella sea una plaza dura y un párking caro, cuando el Bagdad sea un Turris y la Pedrera, un Airbnb y el Palau de la Música, un Starbucks, cuando por fin acaben la Sagrada Família y un segundo después la destruya un Godzilla, quiero que Mujeres sigan dándole a las guitarras y a los tambores, a todo volumen.

Pocas veces alguien puede presenciar el despegue de un cohete y ningún cohete ha volado tantos años como ellos. Esta banda de himnos lleva dando conciertos desde 2007, de los más pequeños a los más grandes. Yago, Pol y Arnau, tocando siempre, mientras a su alrededor desaparecen los grupos de pop y rocanrol que empezaron con ellos y también muchos de los garitos donde berrearon. Los vi por primera vez en el Heliogàbal, delante de decenas de personas y en un escenario gigante del Primavera Sound, ante miles. En tiendas de discos que ya no existen, en salas que acaban de cerrar y la última vez, en un Razzmatazz que celebraba salir de la pandemia con un llenazo de gente de todas las edades coreando cada estribillo. Este sábado, día 10, repetirán en esta sala, como parte del Cruïlla Hivern, para presentar en casa su mejor (y eso es mucho decir) colección de canciones: 'Desde flores y entrañas' (Sonido Muchacho).

Mi bolo favorito fue otro y cómo acabó el suelo de la sala BeGood aquel día es la perfecta síntesis de lo que logran. Acabó rojo, el suelo, ahora lo cuento. Aquel concierto lo montamos en un club semiclandestino que organizaba yo entonces con la ayuda de muchos buenos amigos. Siempre regalábamos algo a la entrada y ese día iban a ser flores. Compramos con Quique 200 claveles rojos, que repartimos entre el público. No era un guiño a Woodstock, precisamente. Cuando acabó el concierto, con todos los pétalos rojos alegremente pisoteados por pogos y bailes, las baldosas parecían de sangre.

Se me ocurre que algo así es lo que evoca el título de su último disco. Esa mezcla de poesía y dolor de barriga por los nervios, de belleza y golpe, de bombo veloz de la batería sincronizado con el latido de quien escucha. Mujeres tienen un secreto: conocen la fórmula química de la emoción. Saben cuándo acelerar y cuándo remansarse. Durante los confinamientos, escuchamos a volumen 11 sin movernos de la baldosa de la cocina los temazos más acelerados de su anterior disco, y, cuando acabaron los encierros, nadie cantó al reencuentro como ellos, deseando salones y 100.000 vasos y que nadie se fuera, que todos brindaran. Escriben, “entre el brillo y el abismo”, letras a veces pegadas a lo cotidiano, pero lo suficientemente misteriosas para que no mueran ya hechas al salir del estudio, sino cuando entran en las orejas del fan. ¿Si tu cabeza es una olla express, si lo estás pasando mal? Cantan 'No puedo más'. Sintonizan con lo que sientes y ese es el don que los bendice como verdaderamente especiales, con fans de 20 y de 50 (hay otros grupos longevos, pero lo peculiar es cómo suman nuevas edades y estilos).

Los conocí cuando eran un secreto a gritos y siguen tocando cuando todos cantan sus melodías. Lo hice yo aún viviendo en pisos compartidos y lo hace ahora mi hija de tres años (me llama tarareando ese “me llamas, me llamas”, de una de sus mejores canciones). “Y es que aunque hayamos llegado rotos, aunque hayamos llegado mal”, ahí siguen ellos radiantes y todo el mundo debería ir a su concierto del Razz y no vamos a dejar que se apaguen, jamás.