el museo imaginario
Una ruta gastronómica por la calle de la Mercè
El cocinero Jordi Artal, con una estrella Michelin recuperada por Cinc Sentits, se escapa con sus amigos y familiares a tapear por varios locales de esta vía

El cocinero Jordi Artal, en la calle de la Mercè / periodico
Si existiera el título de embajador de la calle de la Mercè, este tendría que ser sin duda para Jordi Artal. Antes de instalarse en Barcelona, el cocinero de padre canadiense y madre catalana vivió hasta el 2002 al otro lado del Atlántico. Y cada vez que visitaba la que hoy es su ciudad bajaba hasta este rincón del Gòtic que descubrió en 1992 para seguir un ruta gastronómica que siempre hacía parada en los mismos locales y siempre seguía el mismo orden. Aún hoy la hace: cuando viene gente de su Toronto natal o de California (estuvo instalado un tiempo allí), allá que se la lleva. Exagerando, podría decirse que todos los habitantes de Toronto que conocen esta vía se lo deben a Artal. "Es mi calle preferida, guardo muy buenos recuerdos de ella", confiesa.
Ese periplo es un ritual que, cuando vivía en América, hacía en familia tras bajar del avión. "No pasábamos ni por casa para dejar las maletas. Íbamos corriendo porque era urgente. Cuando llevas tiempo sin comer un buen jamón te vuelves loco", bromea el chef, que ha recuperado la estrella Michelin por Cinc Sentits, que había perdido al trasladar el restaurante a la calle de Entença.
Bar La Jarra, Bar Celta, Bar La Plata, Tasca El Corral
Impepinablemente, la ruta comienza en el desaparecido bar La Jarra, en la esquina con la calle de Simó Oller. "Al enterarnos de que había cerrado porque su dueño se había jubilado casi lloramos. Su jamón canario con patata hervida era mítico, el mejor que he probado en mi vida. Sencillo pero, buah, ¡qué bueno! También bebíamos vino tinto joven». Aún sonríe recordando el cartel de 'Prohibido cantar'.
Ocupa el local el Bar Celta. Estaba justo enfrente de La Jarra y se instaló en su lugar cuanto este cerró. "En el Celta tomábamos pulpo y compartíamos una empanada gallega con una copa de vino de Rías Baixas", resume antes de andar unos metros más y llegar a la esquina con la calle de la Plata. Allí está el Bar La Plata, "donde hacen el mejor pescadito frito de Barcelona", que acompaña con un vino blanco. Frente a este emblema del Gòtic hay dos locales cerrados. Por ambos preguntó Artal para montar allí su restaurante. "Pero uno lleva cerrado más de 20 años y está fatal, casi en ruinas, y el otro es muy pequeño", se lamenta.
Acaba la ruta gastronómica en Tasca El Corral, cuya decoración es, digamos, 'auténtica' (esa cabeza de cabra fumando, esos jamones colgando del techo, esas luces rojas en la fachada y en el interior). "Aquí siempre comemos queso manchego y un chorizo al diablo que sirven en una olla con aguardiente llameando que deja la carne tostadita". Esa pieza picante la acompaña con pan con tomate y vino tinto. "Es un buen lugar para acabar la noche. Además, aquí siempre pasa algo. Una vez, entró un grupo celebrando una despedida de soltero. El novio, vestido de Elvis, se subió a la mesa y cantó".
No parece un mal final para una ruta gastronómica por la calle de la Mercè.
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