Las caricaturas que desnudaron a borbones... y republicanos

Las caricaturas que desnudaron a borbones... y republicanos

Carles Cols | 19 octubre 2020

Los 'memes decimonónicos' que se ensañaron con Isabel II salen de nuevo a la luz gracias a la reedición de un libro extinto y jugosas revelaciones sobre la autoria de aquellas acuarelas pornográficas

‘Los Borbones en pelota’, sin ese, que es como lo escribían el Arcipreste de Hita y Cervantes antes de que la expresión se vulgarizara, fue publicado en 2012 por la zaragozana Institución Fernando el Católico, editorial de libros inesperados, pero su éxito fue tan inmediato que se agotaron muy pronto las existencias. Lo natural es pensar que la razón de que aquel libro primorosamente editado sea hoy una codiciada pieza extinta son las 81 acuarelas que contiene, 81 escenas de los supuestos vicios sexuales de Isabel II, una más de los borbones que han salido a la carrera, caricaturas en las que la última reina de España, a partir de maledicentes rumores, fue ridiculizada en orgías de mal gusto (nunca falta la zoofilia en estas ocasiones, como muy bien podría explicar Catalina la Grande, perseguida siempre por esa leyenda), pero en justicia hay que decir que palidecen al lado del textoun caramelo envenenado, dicho esto como el mayor de los elogios hacia Isabel Burdiel, la autora.

El padre Claret, confesor de Isabel II y confeso misógino, toca la flauta para que como títeres bailen Isabel II y su esposo, Francisco de Asís, y, a su lado, la hija de ambos, la infanta Isabel y su esposo el conde de Girgenti. / ARCHIVO BIBLIOTECA NACIONAL

El libro, según anuncia la editorial, saldrá otra vez de la imprenta probablemente antes de que termine el 2020, ‘annus horribilis’ de la monarquía española, o sea, que podrá parecer una oportunista reedición, sí, pero no por las razones que parecen saltar a la vista, sino por la gran advertencia que formula la autora, aguafiestas de quienes sientan la tentación (¡glups!) de hacer un malsano presentismo con esas imágenes en que Isabel desenfrena su supuesta lascivia con los miembros de su corte mientras facilita las pulsiones homosexuales que se atribuían a su esposo y primo carnal. Francisco de Asís de Borbón. "Puro sexismo y misoginia", dice Burdiel, que jamás debería emplearse como munición, y menos hoy, pues son oxidadas balas del siglo XIX.

La sombra de los hermanos Bécquer

"Estas caricaturas, usadas para denigrar o criticar a la monarquía actual, hacen un flaco favor a los ideales republicanos, en la medida en que son profundamente misóginas y homófobas", responde Burdiel, desde su cátedra de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia. Siempre es un placer encontrar a alguien con el alma contracorriente de un Karl Kraus y esta, desde luego, es una de esas contadas y excepcionales ocasiones.

Carlos Marfori, consejero y supuesto amante de Isabel II, descubre sorprendido a la reina en la cama con el padre Claret, mientras, a la izquierda, el rey consorte orina de pie en una bacinilla por sus problemas de hipospadia genital. / ARCHIVO BIBLIOTECA NACIONAL

Las láminas necesitan primero una breve presentación. Su existencia no es un misterio, sobre todo desde que en los años 80, a través de un anticuario de Barcelona, pasaron a formar parte de los fondos de la Biblioteca Nacional. En otros países, este tipo de material claramente pornográfico tiene su estancia particular. En París, por ejemplo, es célebre la Collection de l’Enfer de la Bibliothèque Nationale, faro que orienta a todo buen erotómano francés, pero en España no se ha ido tan lejos. Otra carencia que apuntar a la lista. Es más, desde que se popularizó la existencia de esas 81 acuarelas, el debate ha girado, sobre todo, en torno a la autoría de aquel material, pues en su origen se atribuyó a los hermanos Bécquer, Valeriano y, sí, Gustavo Adolfo, cuya firma en aquellos libelos solo se podía interpretar desde la perspectiva de una conspiración palaciega, apasionante, sin duda, pero parece que infundada.

A esa hipotética mirada sucia del Bécquer poeta, que habrá que suponer que practicaba mientras esperaba el regreso de las golondrinas, dedica Burdiel algunas páginas de ‘Los Borbones en pelota’, pero son, afortunadamente, las menos, porque sobre la autoría de aquellas caricaturas hay jugosas investigaciones más recientes que fueron motivo de una reveladora conferencia el pasado 21 de octubre en Barcelona. La última y verosímil hipóstesis sobre quién es el autor de aquellas acuarelas la encontrarán al final del texto, porque se merece una pieza propia. Antes, lo prometido, Burdiel.

Isabel II copula con Carlos Marfori sobre la espalda de su esposo, al que, en alusión a su supuesta homosexualidad, presta para que sea sodomizado por el padre Claret. / ARCHIVO BIBLIOTECA NACIONAL

Además de ser autora de la canónica biografía sobre Isabel II, una obra por la que mereció el Premio Nacional de Historia, Burdiel es conocida también por sus aproximaciones a cómo las mujeres con poder han sido implacablemente escrutadas por sus contemporáneos, sin duda más que los hombres, e incluso por la propias mujeres, y cita el caso paradigmático, por no decir de traca, de Louise de Kéralio, lo más parecido a una feminista durante la revolución francesa, que cuando el pueblo se ensañó con Maria Antonieta como encarnación de todos los vicios de la nobleza (‘l’autre chienne’, la llamaban, la otra perra, en un juego de palabras por su origen austríaco) resolvió el caso con una afirmación sorprendente: "Una mujer que se convierte en reina cambia de sexo".

La jugada maestra de las monarquías

Lo dicho al principio, ‘Los Borbones en pelota’ parece un simple divertimento para echar unas risas gracias a la indeleble leyenda popular sobre la lascivia de Isabel II, pero debería ser, según se mire, más que eso, un libro referencial. Por una parte, subraya la jugada maestra de las monarquías europeas, capaces de sobrevivir a la nueva era que supuso el 1789 francés, un engaño digno de Keyser Söze que resolvieron con los que en el siglo XIX era, sin duda, todo un oxímoron, la llamada monarquía constitucional.

La Revolución, tocada con el gorro frigio, irrumpe en palacio en plena orgía de Isabel II. A la derecha, Luis González Bravo, presidente del gobierno, huye de España con una saca con 400.000 reales. / ARCHIVO BIBLIOTECA NACIONAL

Cita Burdiel, para revelar cuál fue el truco, a su colega de Princeton David Cannadine: "Puede que la monarquía constitucional sea de hecho una monarquía emasculada, y por lo tanto una versión feminizada de una institución esencialmente masculina. Porque la monarquía constitucional es lo que resulta cuando el soberano es privado de las funciones masculinas históricas de dios, gobernante y general en jefe y eso en cambio ha llevado, quizá por defecto o quizás intencionadamente, a un énfasis especial en la familia, la domesticidad, la maternidad y el glamour". Es, desde luego, un provocador punto de vista.

De la Eva lasciva al Adán lujurioso

Así, de Isabel II, formalmente la primera monarca constitucional de España tras el nefasto reinado de su padre, Fernando VII, se esperaba, pues, que encarnara los valores cristianos de la época y, claro, con mayor fidelidad que si hubiera sido un hombre. Su vida pasó por tres etapas a ojos de lo que sería la opinión pública del siglo XIX. Fue, según Burdiel, "un ángel de inocencia" durante su niñez, "una madre cristiana, desprendida y piadosa" después y, por último, "una Eva lasciva , mujer caprichosa y esclava de sus pasiones". Aunque la autora detesta el presentimo y las comparaciones, no deja de resultar curioso que también su tataranieto Juan Carlos haya pasado por tres edades, la de príncipe títere de Franco, la de clave de bóveda de la democracia española y, finalmente la de Adán lujurioso, caprichoso y esclavo de su pulsión por el dinero.

El rey consorte, de pie, alumbra con un candelabro una escena de cama de su esposa con Carlos Marfori, en presencia de Luis González Bravo. / ARCHIVO BIBLIOTECA NACIONAL

De la degradación de la imagen pública de Isabel II, las acuarelas son solo el clímax final. Fue un tema recurrente de la constelación de revistas satíricas de la época, muy sueltas, por supuesto, cuando la reina y su corte salieron de España. Eran los ‘Jueves’ de la época, revista que, poco o mucho, será un termómetro en el futuro a la vista de los silencios que durante años se han mantenido desde el incomprensible monarquismo periodístico. Brillaban entonces revistas como ‘Doña Manuel’, ‘El Museo Universal’, ‘El Trancazo: pasmo semanal contemporáneo’ y otras muchas más. La exregente María Cristina, otra más que salió de España a la carrera, conservaba al menos un recorte de aquella prensa satírica que hacía mención expresa a su hija y reina Isabel: "Un marido complaciente / yace en esta tumba fría / del mal afirma la gente / que nunca estuvo al corriente / de los hijos que tenía". Las chanzas y bromas sobre Francisco de Asís, esposo de Isabel, eran inacabables. Era, para el pueblo, Doña Paquita, el que orinaba sentado, leyenda que, al parecer, era cierta y debida a un problema genital. Y lo que no era, parece, era padre de sus hijos, que se atribuyeron en parte al capitán de ingeniería Enrique Puigmoltó, detalle que queda retratado en algunas de las caricaturas, en las que Isabel II es representada como una suerte de Mesalina ibérica con bendición papal.

Una nueva teoría sobre la autoría

Todo aquel cava de inquina se descorchó abiertamente, claro, cuando la reina ya estuvo fuera de España. Antes, solo en la clandestinidad era posible imprimir andanadas republicanas. Un buen ejemplo es la opinión que el periódico ‘La Discusión’ publicó con firma del periodista y socialista francés Félix Pyat: "Habéis despedido una mujer... ¡perdonad! Una reina, llaga de su pueblo, vergüenza de su sexo, escandalosa calamidad, cúmulo de todas las liviandades de un hombre, sin una sola virtud de mujer; con todos los vicios públicos, sin una sola virtud privada; con todos los pecados de una Magdalena, sin uno de sus remordimientos; beata que del confesionario ha ido al lupanar; cristiana con un serrallo de hombres; Luis XV hembra con su parque de rumiantes, que ha convertido [...] su lecho en trono y sus queridos en vuestros reyes. Esta es la revolución del pudor".

Isabel II, entregada a Carlos Marfori, a quien el escritor Vicente Blasco Ibáñez definió como "un chulo endiosado poseedor de ocultas prendas que enloquecían a la reina". / ARCHIVO BIBLIOTECA NACIONAL

Las acuarelas de ‘Los Borbones en pelota’, a su manera, son la versión pictórica de aquel estado de opinión. Y eso da pie (como había sido prometido al principio) a reabrir el debate sobre la autoría de aquellas láminas, un cuestión que ha investigado el historiador Albert Domènech, que el próximo día 21, en La violeta de Gràcia, expondrá  sus conclusiones. Sin ánimo de seguir los pasos del disparatado Institut Nova Història, que reivindica la catalanidad incluso del ‘big bang’, Domènech ha hallado convincentes pruebas (eso opina hasta Burdiel) de aquellas misóginas y hómofobas caricaturas se gestaron y distribuyeron en círculos de tertulias republicanas de Barcelona (la ciudad con más trayectoria pornógrafa de España) coincidiendo con el exilio de Isabel II, pero también con una crisis económica catalana de aúpa a la que había que buscar culpables, preferentemente externos.

‘Los Borbones en pelota’ no tiene aún fecha precisa de publicación, pero sí el sello de presupuesto de imprenta aprobado. Puede incluso que la nueva edición sea corregida y aumentada con las novedades sobre la autoría de esas 81 láminas que la Biblioteca Nacional adquirió (eso dicen en ambientes anticuarios de Barcelona) a 3.000 euroa la unidad. Si cae un ejemplar del libro en sus manos, entren en su lectura como lo que es, un libro de historia. No de propaganda. Abordarlo con otro empeño, como señala Burdiel, sería inadecuado. “La meta de la república no se merece ese nivel rastrero en su favor”. "La república, para los que la tienen como meta (que no es mi caso), debería ser algo mucho más serio, y digno, que una forma de Estado que para imponerse necesita de la pornografía política y de la brutalización de la vida privada", añade como imprescindible advertencia que no debería ser pasada por alto ante la futura reedición del libro.

¿Era el autor un ilustre catalán que tiene una calle dedicada en Barcelona?

Miércoles, 21 de octubre. La sala de actos del centro cultural La Violeta de Gràcia (Barcelona) está todo lo lleno que permite la pandemia. No debería extrañar. Lo prometido es que se revelará el nombre del acuarelista que inmortalizó la supuesta lujuria de Isabel II. El conferenciante es el historiador Albert Domènech. Aportará varias decenas de pruebas y, como un Poirot, con todo el mundo pendiente, revelará que el asesino no fueron los hermanos Bécquer sino un conocido poeta y caricaturista catalán.

Primera aclaración. ¿Por qué los Bécquer eran sospechosos? Gustavo Adolfo, poeta, y Valeriano, pintor, murieron en 1870 con apenas tres meses de intervalo. La revista satírica ‘Gil Blas’ publicó una nota que prendió la mecha. “Contra su costumbre, ‘Gil Blas no puede por menos que consagrar un recuerdo a la memoria de quienes, en la primera época de esta publicación, ilustraron sus columnas con dibujos que llevaban la firma SEM”. Esa era la firma, efectivamente, de las caricaturas. Si aquello fue un chiste de la revista, ha resultado ser más longevo que el del perro llamado Mis Tetas. Un siglo y medio ha durado la broma.

Domènech hizo bien, primero, en situar a su audiencia, que aunque local en su mayor parte, probablemente desconocían la llamada Barcelona Xarona, traducible como chabacana, que en el último tercio del siglo XIX tenía como gran rival a la más romántica ciudad de los Jocs Florals. En esa Barcelona poco reivindicada después (qué gran error) eran frecuentes las tertulias desinhibidas en todos los aspectos, en el intelectual, en político, en el sexual y hasta en el escatológico.

A esos encuentros no podía acudirse con las manos vacías. Era de buena educación llevar algún poema satírico o una grotesca caricatura sobre la actualidad. El material recopilado tras varios encuentros podía ser incluso encuadernado. Una parte se ha perdido, pero otra, gracias a celosos coleccionistas, ha sobrevivido.

No había entonces, y ese es un detalle a tener en cuenta, derechos de autor ni nada equiparable. Las caricaturas que iban de mano en mano eran a menudo readaptaciones de otras anteriores, procedentes a veces de la prensa satírica extranjera, a las que se les cambiaba la identidad de los personajes gracias a la gran aportación que supuso la llegada de la fotografía.

Lo que Domènech ha hecho, tras una pista inicial sugerida por la historiadora Meritxell Cano, es comparar decenas o centenares de imágenes para llegar a una, como poco, sorprendente conclusión. Las acuarelas que atesora la Bibliotena Nacional tienen el trazo con pincel de Apel•les Mestres, poeta y pintor que se labraría un importante prestigio con el paso de los años, pero que, por entonces, solo tenía 16 o 17 años. Era muy joven, sí, pero también fue muy precoz bajo la tutela de Tomàs Padró, otro referente de la caricatura.

Que Mestres fuera hijo del entonces reverenciado Josep Oriol Mestres, arquitecto de la Catedral, tiene su qué. Fue también autor de uno de los primeros edificios del nuevo Eixample, cuya primera piedra, en un acto protocolario, colocó Isabel II.

Cabe suponer que Apel•les Mestres (que aunque recóndita, tiene su callecita en Barcelona) frecuentó ambientes que su padre conocería tangencialmente. Puede que incluso visitara en alguna ocasión el taller de Eusebi Planes, mayúsculo productor de pornografía de la Barcelona Xarana. Domènech estuvo excepcional en describir aquella época. Y guardó una deliciosa perla para el minuto final.

¿Recuerdan la firma de aquellas acuarelas? Puede que la broma fuera otra. SEM. Son tres letras. Las tres primeras letras invertidas de un apellido. MEStres.


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