27 sep 2020

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DESDE MADRID

La frustración de los 'catañoles'

Según Tobeña, los 'catañoles' se saben "deudores de lo hispano" y "seguramente son la mayoría" en Catalunya

En época preelectoral no se ofrecen opciones de síntesis para quienes rechazan la dogmática identitaria

José Antonio Zarzalejos

Manifestación en favor de la unidad de España en Barcelona, en septiembre del 2017.

Manifestación en favor de la unidad de España en Barcelona, en septiembre del 2017. / ELISENDA PONS

La víspera de la Diada estará disponible el nuevo libro de Adolf Tobeña, catedrático de Psiquiatría y Psicología Médica de la Universitat de Barcelona y autor de otra obra anterior de gran recorrido ('La pasión secesionista'). Este ensayo, editado por EDLibros, se titula, sugestivamente, 'Catañoles. De Arrimadas a Rufián', y Fèlix Riera, responsable de la editorial y buen amigo, me ha proporcionado las páginas del "preludio", en las que el autor acota los propósitos de su relato. El pasaje inicial es prometedor porque aborda el delicado tema de los 'catañoles', una expresión que la Academia Española aún no ha incorporado al diccionario y que tanto se refiere a una parla –castellano con modismos y préstamos del catalán– como a un sector muy amplio de ciudadanos catalanes que viven escindidos en una suerte de doble identidad.

Escribe Tobeña que el "atributo nuclear que define a los catañoles es que, en su fuero interno, se saben y se reconocen deudores del aire, del entorno y de la multitud de ingredientes y variantes de la tradición hispana. Es decir, de todo lo que se ha venido gestando, comerciando y cocinando entre las gentes de la Península Ibérica desde hace siglos. En Catalunya hay muchísimos. Probablemente son la mayoría". Previamente, el autor constata que "el envite secesionista se fraguó y consolidó en ausencia de una mayoría social clara favorable a la independencia" y también que "se consiguió, sin embargo, un silenciamiento efectivo de la mayoría de la población no secesionista a lo largo de buena parte del litigio". Tanto los trazos que tratan de identificar a los 'catañoles' (Tobeña no entrecomilla la palabra), como los presupuestos que explican su invisibilidad, parecen muy certeros.

Unionistas o constitucionalistas

Posiblemente también lo sea no confundir a los 'catañoles' con los "unionistas" un término este que a Adolf Tobeña no le parece peyorativo –y en teoría no lo es–, pero que en el independentismo se utiliza como estigma y remite al conflicto del Ulster. Sería más propio referirse a los militantes y votantes del PSC, de Ciudadanos o del PP como "constitucionalistas" que como "unionistas". Lo esencial, además de la densidad de las palabras y los conceptos que contienen, es constatar, justo en unos tiempos preelectorales en Catalunya, que unos y otros están sumidos en la frustración que aparece, de forma diferente, también en los secesionistas.

Históricamente, este sentimiento de abatimiento entre los catalanes que se siente "deudores" de lo "hispano" no es nuevo. Agustí Calvet, 'Gaziel', ya lo escribió en 1929 en el diario 'El Sol' ("¿Seré yo español?") y lo hacía así: "En esa pluralidad maternal, que nunca hemos sabido englobar bajo la paternidad de un Estado único, estamos todos los peninsulares. Y digan lo que digan los epítomes de mi niñez, los profesores de mi adolescencia y los catedráticos de mi juventud (…), yo me siento absoluta, profunda e indestructiblemente español: hijo de esas Españas que no son solo la meseta, ni Goya, ni Felipe II, ni inquisidores, ni otras realidades semejantes, sino todo eso y mucho más que no ha sido, no es y no será nunca nada de eso".

Sin expresión política

La reflexión de Gaziel es ampliamente compartida, y no solo por los 'catañoles', sino por otros grupos de ciudadanos que no asumen la dogmática de la identidad nacional, tanto en sus imposiciones de exclusividad como en sus contenidos de definición. De ahí viene la frustración en la medida en que estos catalanes de las dos orillas carecen de una expresión política que le represente de forma cabal, que les corporice como realidad social emergente y que, como sospecha Tobeña, son "probablemente la mayoría". Tampoco el constitucionalismo se rescata a sí mismo de su perplejidad porque le atenaza la desunión, por una parte, y por otra, la distorsión de una normativa electoral que castiga sus posibilidades.

Sea el 'catañol', sea el unionista o constitucionalista, de izquierda o de derecha, el espectáculo siempre es el mismo: con una minoría de voto popular (no más de 47%), los independentistas gobiernan con mayoría parlamentaria absoluta, convierten en invisibles las opciones adversarias y, a pesar de la fiereza de sus desencuentros, llegan siempre al acuerdo de mínimos que consiste en controlar las instituciones autonómicas para ponerlas al servicio de su irredento proyecto y practicar desde ellas esa "confrontación inteligente" con el Estado que propugna Carles Puigdemont y que ejecuta disciplinadamente su testaferro, Joaquim Torra.

Alternativas inviables

En la Catalunya del futuro inmediato no parece que pueda haber un tripartito de izquierdas con el PSC, ERC y los 'comuns' porque, aunque diese la aritmética, no lo permiten los distintos proyectos que deberían concurrir. Tampoco el constitucionalismo –PSC, Ciutadans y PP– estarían en condiciones de ofertar un frente común, no necesariamente electoral pero sí estratégico o, al menos, táctico.

En Catalunya faltan ofertas alternativas al independentismo, que incorporen el mestizaje 'catañol'. Frente a él ya se está demostrando que para los secesionistas tanto monta monta tanto Rajoy como Sánchez. Los consideran dos males, aunque el uno sea peor que el otro. Los separatistas no desisten, están en la huida hacia delante y seguirán a la carrera hasta que la energía social catalana que comparte identidad, que asimila orígenes compatibles, que mixtifica modos de ser y de sentir, no disponga de un corredor representativo y de un muy sonoro altavoz. Desde Madrid, o sea, desde la metáfora de la España más allá de Ebro, nadie sabe cómo reclutar a la inmensa mayoría de catalanes para un proyecto común. Desde 1640 es nuestra gran cuestión pendiente. ¡Qué impotencia!