09 ago 2020

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DESDE MADRID

Pablo Iglesias, bajo el 'síndrome Nick Clegg'

La eventual presidencia del Eurogrupo por Calviño se considera en Podemos un revés que se añade a otras cesiones que disminuyen su presencia en el Gobierno

Las elecciones gallegas y vascas del próximo domingo arrojarán malos resultados para las marcas territoriales del partido morado

José Antonio Zarzalejos

Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, en los jardines del Palacio de la Moncloa

Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, en los jardines del Palacio de la Moncloa / POOL

El próximo jueves, Nadia Calviño podría asumir la presidencia del Eurogrupo, un órgano informal que reúne a los ministros de finanzas de los 19 estados integrados en el euro. A la ministra de Economía y Transformación Digital, vicepresidenta tercera del Gobierno de Pedro Sánchez, la apoya sin reservas el Ejecutivo alemán a través del gran elector, el ministro germano Olaf Scholz. Si triunfa la candidatura de la política gallega, el Gobierno entraría en una dinámica política muy diferente. Porque Calviño, además de quedar blindada dos años y medio en su responsabilidad ministerial –tiempo que duraría su eventual mandato en el Eurogrupo–, dispondría de un peso político tal que le convertiría de hecho en la número dos del Consejo de Ministros.

El posible nombramiento de Calviño remite a dos consecuencias políticas. La primera consiste en que Sánchez ha asumido el contrapoder que puede significar su propia ministra de Economía y, lejos de valorarlo como contraindicado para él, su consideración es positiva. Bajo su Gobierno, España habría colocado a Josep Borrell al frente de la política exterior de la UE y, ahora, a Calviño en un órgano que, sin facultades resolutivas, transforma en órdenes sus meras indicaciones. A estos dos nombres hay que añadir un tercero: Luis de Guindos se sienta en la vicepresidencia del Banco Central Europeo.

La segunda consecuencia remite a Pablo Iglesias, contradictor del Gobierno alemán al que consideró en el 2015, en el prólogo a un libro de Jean–Luc Mèlenchon, líder de Francia Insumisa, como uno de los "problemas de la democracia en Europa". Una visión lógica desde la perspectiva del líder de Podemos que, formulada hace cinco años, ha sido renovada ahora por la opinión del europarlamentario de Podemos Miguel Urbán, que considera el nombramiento de Calviño como un "auto–boicot" para la coalición.

Revés tras revés

El representante de la corriente anticapitalista del partido morado escribe tal opinión sabiendo que la ministra de Economía agudizará su ortodoxia frente a la heterodoxia de Iglesias, que perdería definitivamente la batalla contra su máxima rival en el Gabinete. El hecho de que esta reformulación la haya consentido Sánchez –es más, sin su aquiescencia no hubiese sido posible– introduce en Unidas Podemos una desazón adicional sobre la coherencia y significación de su presencia en la coalición gubernamental.

Iglesias está perdiendo prácticamente todas las batallas políticas, aunque los reveses los tunee con habilidad. Lo último ha sido la bifurcación de criterios con el PSOE en la comisión de reconstrucción. Habrá incremento para las rentas altas, pero no impuesto a los grandes patrimonios. Habrá retoques a la reforma laboral, pero no derogación "integra". Lo que supone dejar en agua de borrajas el pacto con EH Bildu que el vicepresidente defendió con ardor.

Por otra parte, el ingreso mínimo vital, aunque alentado por los morados, se articula como una prestación de la Seguridad Social, por lo que su diseño y puesta en marcha ha correspondido al ministro del ramo, José Luis Escrivá. Es sabido también que el titular de Justicia ha puesto la proa al anteproyecto de ley de reforma del Código Penal presentado por Irene Montero, y que Carmen Calvo no va a consentir, con el apoyo de la ejecutiva del PSOE, el planteamiento feminista de la ministra de Podemos en la llamada "ley trans", que acoge la autodeterminación sexual en abierta contradicción con los criterios del PSOE.

El papel creciente de Cs

El descuelgue de ERC de la mayoría parlamentaria que sostiene al Gobierno y su sustitución por Cs, en una zona central en la que juega con habilidad el PNV (que no va a respaldar, sin embargo, las conclusiones de la comisión de reconstrucción por centralizadoras), frustra también la política netamente izquierdista de Iglesias en el Consejo de Ministros.

El pasado martes, en El Economista, el lendakari Iñigo Urkullu se pronunciaba tanto contra el independentismo unilateralista como contra una posible subida de impuestos. En ambos extremos coincide con Cs, de tal manera que pierden espacio las opciones más izquierdistas, lo que quizá se visualice con mayor nitidez el próximo domingo en las elecciones gallegas y vascas. Las expectativas son malas para las marcas territoriales de Podemos en ambas comunidades, en las que hacen campaña los morados con presencia limitada y medida de su máximo líder.

Malos tiempos

El debate presupuestario, en otoño-invierno, no permite albergar en Podemos esperanza de que los republicanos reformulen su retraimiento parlamentario: serán fechas preelectorales y, tras los comicios, poselectorales para formar un nuevo Govern de la Generalitat. Tiempos, en consecuencia, poco o nada compatibles con prestar atención a la política española en el Congreso. Y un apunte final: es más que posible que en las próximas semanas el juez central de la Audiencia Nacional, Manuel García Castellón, eleve a la Sala Segunda del Supremo una exposición razonada para investigar al vicepresidente segundo en el 'caso Dina'. En el entorno del secretario general de Podemos se asegura que Iglesias "está tocado" y sin el "calor" del presidente ni de los ministros del PSOE.

De ahí que no falten –al contrario, abunden– los "complutenses" que se preguntan si Iglesias no estará cayendo en el "síndrome de Nick Clegg", el liberal-demócrata británico que formó coalición entre el 2010 y el 2015 con el conservador David Cameron, del que fue su viceprimer ministro. La cohabitación de ambos acabó como el rosario de la aurora: Clegg llegó al Ejecutivo con 57 escaños y, tras cinco años de gestión gubernamental, se descalabró y se quedó en ocho. Se fue, y de él se sabe que trabaja en Estados Unidos. Iglesias vive ahora bajo el síndrome propio del efecto electoralmente ludópata de las coaliciones de Gobierno y no quiere ser un Nick Clegg. Pero intenta aguantar. Ambas tensiones, contradictorias, podrían a llegar a ser desquiciantes en un contexto de europeísmo a la alemana.