29 oct 2020

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PERFIL POLÍTICO

Pablo Iglesias, el 'macho beta'

Prometió asaltar los cielos y para ello diseñó Podemos a su imagen y semejanza

Al final, ha sido su versión más domesticada la que le ha llevado a rozar el poder

Juan Fernández

Pablo Iglesias durante su valoración de los resultados.

Pablo Iglesias durante su valoración de los resultados. / REUTERS/Javier Barbancho

Hace falta tener un ego como el Queen Mary 2 de grande para dedicarte a la política. Solo con esa autoconfianza sólida y pagada de sí misma se pueden liderar equipos de fieles y masas de votantes, y salir indemne de la lluvia de dagas que, más pronto o más tarde, cae sobre todo el que da un paso al frente y anuncia que quiere cambiar el mundo, o al menos mejorar la vida de la gente.

Pablo Iglesias (Madrid, 1978) venía a asaltar los cielos, un reto reservado para los dotados con una ambición desmedida. De momento, está a punto de rascar el techo del Palacio de la Moncloa, pero si algo ha definido la ruta que ha trazado desde su despacho de profesor de Políticas de la Universidad Complutense hasta el de vicepresidente de Gobierno –según Google Earth, apenas 10 kilómetros- ha sido la permanente exposición pública de su ego, un material radiactivo que le sirvió para propulsarse muy rápido, aunque también estuvo a punto de abrasarle.

Como en los juegos de sombras chinescas, Pablo Iglesias lleva cinco años viviendo de la mancha que proyecta su figura, pero a la vez huyendo de ella. Hacía falta tener el rostro muy bien armado sobre el hueso de los pómulos para atreverse a ponerlo como logotipo en las papeletas de un partido que irrumpía para representar a los que no se sentían representados. Sin embargo, él aceptó gustoso ser la imagen de Podemos desde el minuto uno de su aventura morada, en las elecciones europeas de 2014, toda una eternidad en el vertiginoso espacio-tiempo de la política española.

Intuición de estadista

Tardó poco Iglesias en marcar su territorio, como hacen los animales más fieros de la sabana, aunque había algo de justicia histórica en aquel ejercicio de numismática ególatra. Al fin y al cabo, había sido su jeta, y no otra, la que se había prestado a ser partida en incontables programas televisivos, aparte de los de su cadena, allá por la era indignada de nuestra historia reciente. En aquellos debates dejó claro que bajo su coleta se escondía una intuición para diagnosticar los problemas del país propia de los grandes estadistas.

Sus primeros éxitos electorales le convencieron de que sus padrastros no eran pedazos de pellejo muerto, sino reliquias de santo, y que su nombre, con solo ser invocado, podía abrir la cancela de la Moncloa como Moisés ante las aguas del mar Rojo. En aquel contexto eufórico, su promesa de alcanzar el cielo por asalto resultaba hasta creíble.

Una parte importante de Pablo Iglesias se quedó a vivir en Vistalegre I y tardó más de dos años en darse cuenta de que la realidad era más tozuda que su ambición y que el cielo estaba más lejos de lo que alcanzaba su mano. En el ínterin, la energía que irradiaba su figura empezó a fagocitar compañeros de viaje que fueron cayendo como sacrificios humanos en el altar de un dios azteca. Luis Alegre, Carolina Bescansa, Tania Sánchez, Íñigo Errejón… A la vuelta de unos meses, el parecido de Podemos con su líder era digno del pincel de Antonio López. Hasta su número dos, Irene Montero, dormía en su propio colchón.

Podemos nació con vocación asamblearia y aspiración transversal, pero en muy poco tiempo se había convertido en una formación vertical de carácter absolutista cuyo destino había quedado fiado al de su rostro más visible. Incluso alcaldesas bendecidas por el líder como Ada Colau y Manuela Carmena, llegaron a afearle los excesos de cesarismo que transmitía su forma de guiar el partido.

El chalé de Galapagar

Si la aventura política de Pablo Iglesias fuera una serie, el capítulo más sintomático del relato sería el titulado ‘Chalé de Galapagar’. Como si de un culebrón venezolano se tratara, el país entero se lanzó a elucubrar sobre la contradicción de defender “a los de abajo” y tener una piscina con forma de riñón en una de las zonas residenciales más privilegiadas de Madrid. En un gesto que define su concepción del liderazgo, Iglesias retó a los discrepantes y convocó a las bases de Podemos a elegir: o él y su chalé de 2.000 metros cuadrados, o ahí se quedaba el partido para quien quisiera pilotarlo. Una vez más, ganó la apuesta. ¿Dónde iba a ir sin él una formación que había sido cincelada a su imagen y semejanza?

Con todo, los dos acontecimientos más importantes de los últimos cinco años en la vida de Pablo Iglesias no han tenido que ver con ningún asunto político, sino con el nacimiento de sus tres hijos: los mellizos Manuel y Leo, que vinieron al mundo de forma prematura en 2018, y Aitana, que nació el verano pasado. Los que han pasado por ella, saben lo mucho que domestica y rebaja los humos la experiencia de los pañales y los biberones.

Sea porque la paternidad le ha hecho ver que la verdadera responsabilidad no se ejerce en un despacho político, o porque ha entendido que no se puede pedir feminismo y a la vez ir dejando un rastro de testosterona a su paso, lo cierto es que el Iglesias del último año y medio tiene otro talante, otro gesto y hasta otra entonación en el habla. A él, que había enseñado tanto los dientes el día que le recordó al PSOE en el Congreso “su pasado de cal viva”, había que verle en los debates electorales de abril ejerciendo de monje zen entre Sánchez, Rivera y Casado. Dicen los expertos en demoscopia que aquel nuevo aire conciliador le permitió soldar su suelo electoral.

Ego domesticado

Que Pablo Iglesias ha aprendido a domesticar su ego lo prueba la disciplina con que aceptó quitarse del medio cuando Pedro Sánchez le señaló en julio como el único problema para alcanzar el primer gobierno de coalición de la democracia española. Que ahora esté más manso no significa que haya perdido el olfato: el líder morado sabía que aquel amago era un farol.

En sus mítines de la última campaña electoral, la imagen de Iglesias deambulando entre los asistentes con un micrófono en la mano recordaba a la de un profesor que, más que impartir clase, comparte preocupaciones con sus alumnos. No hay rastro de aquel líder que se dejaba la garganta arengando a las masas. Si finalmente prospera el gobierno de coalición, el tiempo dirá si esta versión beta de aquel macho alfa puede convivir en el mismo gallinero con Pedro Sánchez, otro que tal baila.