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DEBATES POLÍTICOS

Fascistas y golpistas: la banalización del lenguaje

Los expertos alertan de los peligros de la creciente banalización política de ciertos términos

Lamentan que los políticos han sustituido la argumentación por la búsqueda del "titular fácil"

Olaya Marín

Sesión en el Parlament de Catalunya.

Sesión en el Parlament de Catalunya.

El presidente del Parlament, Roger Torrent, convocó hace unas semanas a los líderes de los grupos parlamentarios –la CUP no asistió- para pedirles que no hicieran descalificaciones personales durante los plenos de la Cámara catalana y que se respetara el reglamento y el código de conducta.

A pesar de la predisposición de los partidos, no se consiguieron los resultados previstos. En uno de los últimos plenos del Parlament, Torrent llamó al orden al diputado de Ciutadans Nacho Martín Blanco y los grupos parlamentarios de CsPP y PSC exigieron saber el porqué de ese toque de atención.

¿Realmente existen en el Parlament unas normas que dicten qué es insulto y qué no? Según el código de conducta de la Cámara, en el artículo 7.1 se concreta que "los diputados tienen que mantener en todo momento una conducta respetuosa con los otros diputados y con los ciudadanos". En ese punto también se recalca que la actitud tiene que ser de acuerdo con el principio de "igualdad sin discriminación por razón de género, orientación sexual, creencias, ideología, origen o condición social, etnia, lengua o cualquier otra".

Ambigüedad

Este ambiguo código de conducta provoca discrepancias entre los políticos y la opinión pública para saber dónde está el límite, y aún más después del duro encontronazo en el Congreso entre el ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell, y el diputado de ERC Gabriel Rufián. El episodio acabó con la expulsión del republicano y con una fuerte reprimenda de la presidenta de la Cámara baja, Ana Pastor, exigiendo urbanidad a los grupos y planteando que expresiones como 'fascista' o 'golpista' sean retiradas del diario de sesiones.

La idea enojó incluso al partido de Pastor, el PP, cuyos dirigentes han dado carta de naturaleza desde hace tiempo a la palabra 'golpista' para descalificar a los independentistas, quienes a su vez acusan con idéntica normalidad de 'fascistas' a sus adversarios políticos. Así, el Congreso, que tiene como principal función debatir y decidir, se ha convertido en las últimas semanas en un espacio de recurrente proliferación de insultos entre los principales políticos.

Menos argumentación

La periodista Carmen Juan cree que se debería establecer qué es insulto y concretar qué encierra. “No creo que tengamos que eliminar los insultos y las palabrotas de nuestra comunicación, ya que forman parte de ella. Lo que se tiene que hacer es saber cómo utilizarlas. Tenemos un idioma rico que se puede aprovechar. Se puede ser muy ofensivo con un argumento, no hace falta recurrir al insulto fácil”, recalca.

¿Dónde ha quedado la verdadera argumentación? ¿Se está recurriendo al insulto fácil? La exdiputada del Parlament Montserrat Nebrera cree que la oratoria y la retórica se han convertido en armas de otro tiempo: “Ahora toca asistir a las actuaciones de miembros de ‘El club de la comedia’, de ganadores de ligas de debate o de actores formidables de ‘perfomances’ ideadas por asesores de comunicación. Todo con una única idea de fondo: todo vale si hay titular”.

¿Se están diluyendo las formas y se está dejando de lado el debate con razonamiento? Eulàlia Vintró, política y filóloga, afirma que se están perdiendo los argumentos, las razones y sus fundamentos: "La capacidad dialéctica ha dejado pasado al insulto torpe. Si siguen así perderán el poco respeto que aún inspiran y, como siempre, la estulticia de unos cuantos perjudicará a todos".

La banalización de los conceptos 

¿Se están banalizando palabras como “fascista” o “golpista”? Pol Morillas, director de CIDOB, alerta del uso frecuente que se está haciendo de estas palabras.  “La normalización de terminologías extremas para referirse a conflictos sociales que no lo son tanto nos esteriliza como sociedad a la hora de reconocer fenómenos más graves, tanto los que se hayan producido en el pasado como los que se puedan producir en el futuro”, explica.

El uso de la palabra es el elemento central de los debates. Antoni Gutiérrez Rubí, experto en comunicación política, hace hincapié en esta afirmación y avisa de su peligro, ya que cree que su utilización va ligada a la calidad de la política: "No somos conscientes de cómo la palabra tiene efectos tan importantes en la construcción de la opinión pública: así como piensas, gobiernas".

Por tanto, son muchos los expertos que coinciden en que la discusión ya no se centra en los hechos, sino en las actuaciones individuales. La politóloga Astrid Barrio lo remarca concluyendo que “la discusión deja de centrarse las políticas” y que se está convirtiendo en un “debate estéril” que no aporta nada a “la resolución de los problemas colectivos”.