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El refugio de Jordi Pujol

El 'expresident' pasa los días, incluso los fines de semana, en un despacho de la calle de Calàbria

Neus Tomàs

Jordi Pujol, en una imagen del pasado abril.

Jordi Pujol, en una imagen del pasado abril. / JUAN LUIS ROD

Llega puntual cada día sobre las 10 de la mañana. El discreto Seat Altea gris plateado se para frente al número 255 de la calle de Calàbria de Barcelona. Un mosso abre la puerta y se acerca al portal para asegurarse que dentro está todo en orden. Poco después Jordi Pujol sale del coche. Acostumbra a llevar un diario bajo el brazo (casi siempre un ejemplar de 'El Punt-Avui'). Cada vez anda más lentamente, pero no se para nunca. Entra en el edificio y sube al despacho del que ya no saldrá hasta la hora de comer. A veces algún peatón le reconoce, aunque raramente nadie se acerca a decirle alguna cosa o increparle.

Entre la una y las dos, el coche le recoge de nuevo y después del almuerzo (habitualmente en su domicilio en la ronda del General Mitre) regresa a su despacho. Permanece ahí hasta las ocho de la tarde. De lunes a viernes, cada día la misma rutina, desde hace tres años. No la cambia ni el fin de semana, aunque el sábado y domingo suele ir solo por la tarde. Los festivos no está Paco, el discreto portero, y por eso el 'expresident' abre la puerta del edificio con su llave.

«En estos últimos meses se ha deteriorado, tiene cara de pena y le cuesta caminar», comentan en el barrio. También se extrañan de que hasta hace solo 15 días la Policía no hubiese registrado el despacho del 'expresident'. Los agentes salieron con cajas de documentación, cosa que lleva a un vecino a ironizar: «Ya me dirás qué habrán encontrado si durante tres años ha podido dedicarse a esconder cosas». 

Los que se cruzan con él a menudo aseguran que «interactúa poco», pero al mismo tiempo reconocen que saluda siempre a los vecinos de la finca y se para a hablar con ellos o a preguntar a los niños. 

En sus más de dos décadas al frente de la Generalitat se acuñó el verbo 'pujolejar', la fórmula entre paternalista y autoritaria de gestionar el Govern, las relaciones con los medios y las conversaciones en la calle en sus maratonianas visitas al territorio. 

SALUDO AL "MOLT HONORABLE"

Cuentan que hace unos meses uno de los vecinos se dirigió al expresidente con un «bon dia, molt honorable», y que Pujol le respondió  cordialmente con un «ya veo que usted es de la broma». Se lo tomó con humor pese a que a buen seguro uno de su días más duros debió ser el 30 de julio del 2014, cuando su delfín y entonces presidente, Artur Mas, compareció ante la prensa para anunciar que Pujol renunciaba a todos los cargos que todavía ostentaba en CDC y también al trato protocolario de muy honorable, reservados a los presidentes y expresidentes de la Generalitat.
Esa decisión comportó que tuviese que abandonar su lujoso despacho en el paseo de Gràcia y de ahí que ahora haga vida en este de la calle de Calàbria. Con las horas que está en su oficina podría reunirse con mucha gente cada día. Pero recibe muy pocas visitas. ¿Y qué hace? Los que le conocen aseguran que dedica muchas horas a escribir y es de suponer que también a leer.

A quien no han visto nunca por ahí es a la «madre superiora» Marta Ferrusola. Tampoco se la espera.