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Análisis

El desatascador soberanista

Enric Marín

Con la perspectiva del 27-S, y después de meses de un agotador tira y afloja, el soberanismo debía definirse sobre dos cuestiones claves. El formato más adecuado para afrontar unas elecciones de lectura plebiscitaria la hoja de ruta independentista y el programa de gobierno de los primeros meses de un proceso constituyente. No está de más recordar que la parte sustancial de la singularidad del planteamiento deriva de la negativa de España a reconocer a Catalunya como sujeto político y de obstruir toda posibilidad de un referéndum legal sobre el futuro político de Catalunya como nación.

Ante este reto, los dos actores políticos principales eran y son CDC y ERC. Ahora bien, ninguno de los dos puede mover pieza sin tener en cuenta el papel de las entidades soberanistas, la CUP, los sectores soberanistas socialistas o los democristianos independentistas. CDC y ERC han tenido, tienen y tendrán prioridades políticas no coincidentes. Es cierto que una vez CDC ha hecho una opción política irreversible hacia postulados independentistas, hay un punto de coincidencia nuclear: la independencia nacional de Catalunya en un contexto de interdependencia pactada desde la soberanía. Pero también hay un punto de discordancia básico. El modelo democrático y social. Hay una actitud diferente en temas de transparencia democrática o una sensibilidad que va del 'business friendly' a la economía social de mercado. Estas diferencias han determinado choques inevitables en cuanto al formato y con respecto a la hoja de ruta. En cuanto al formato, ERC (como la CUP) nunca se ha hallado cómoda ante la idea de compartir cartel electoral con Mas y CDC. Era y es la incomodidad de compartir el discurso ideológico y voluntarista de la austeridad del 2010.

Con respecto a la hoja de ruta, para CiU no era fácilmente asumible el discurso nítidamente rupturista de Oriol Junqueras y la CUP. Las diferencias en formato y hoja de ruta se hicieron nítidamente evidentes en las conferencias de Mas y Junqueras posteriores al 9-N. Finalmente, se llegó a un compromiso: tres listas y hoja de ruta pactada a medio camino. Pero, de forma repentina, en la conferencia de Molins de Rei, el presidente Mas vuelve a abrir el debate y pasa el balón a las entidades soberanistas. Y estas respondieron con una propuesta de lista unitaria estrictamente civil que, aparentemente, solo incomodó a CDC. Llegados a este punto, solo había una salida: pacto equilibrado entre CDC y ERC, avalado, directa o indirectamente, por entidades y formaciones soberanistas. La clave del pacto al que se ha llegado es doble: ERC acepta avalar una lista liderada por las entidades soberanistas, pero con presencia de Mas y Junqueras y, a su vez, CDC asume compartir con ERC responsabilidades de gobierno y una hoja de ruta radicalmente rupturista. Una ruptura democrática para abrir el proceso constituyente de un nuevo Estado. Me ahorro la letra pequeña del pacto. No es relevante. El catalanismo mayoritario ha pasado la pelota al otro tejado. Continúa la partida de ajedrez. El reto al Estado es mayúsculo. Históricamente, inédito.

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