ANÁLISIS

Felipe VI, ¿rey de quién?

Felipe VI, camino del Palacio Real.

Felipe VI, camino del Palacio Real. / AFP / RAFA RIVAS

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Marina Subirats
Marina Subirats

Socióloga

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Este recién iniciado reinado de Felipe VI -¿era preciso este nombre?- abre muchos interrogantes. No sabemos para qué sirve esta Monarquía, si vale la pena conservarla y, sobre todo, a quién representa hoy este nuevo Rey.

Hace un siglo, apoyar la Monarquía tenía un sentido político claro: el rey representaba los intereses de la clase alta conservadora, el dominio de los terratenientes, los grandes industriales, la Iglesia... «La costra», se decía en aquel tiempo. Ser republicano era estar a favor de la democracia, de la clase trabajadora y menestrala, y en contra de los privilegios y los oscurantismos. La división coincidía, en gran parte, con la que corresponde hoy a derechas e izquierdas. La República fue, en 1931, el triunfo de la España que reclamaba la democracia y la libertad.

Con Juan Carlos, esta división se desdibuja. En noviembre de 1975 hay un evidente dominio conservador, derivado del franquismo. La incógnita es precisamente esta: ¿de qué intereses será abanderado el Rey? ¿De los franquistas que lo han puesto en el trono o de la gran mayoría, que pide democracia a gritos? Unos meses después, la incógnita comienza a aclararse: Juan Carlos eligió ser el rey de todos. Gracias a esta elección, la Monarquía ha podido mantenerse y el Rey apareció como una figura neutral pero garantía última de la democracia.

Desgraciadamente, este capital político ha sido dilapidado tontamente en los últimos años. No es que el rey Juan Carlos se haya decantado por los poderosos, sino que ha sido asimilado a sus comportamientos: extraños negocios, extrañas actividades y compañías. Y digo desgraciadamente porque en este momento de desmoronamiento institucional volvía a ser necesario contar con una figura que garantizase la democracia, que simbolizase algo permanente en defensa de ella. Hacía falta  de nuevo alguien que supiera mantener la dignidad entre tanto despropósito. Y el Rey no ha estado a la altura del papel que le corresponde.

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¿Qué hará Felipe VI, y qué actitud habrá que tomar frente a este nuevo rey? Todo dependerá del papel que él asuma: de si se considera el Rey de todos y ayuda a enderezar el timón en tantos aspectos en los que se ha torcido, o si se presenta como parte de los poderes fácticos y vuelve a ser el símbolo de las fuerzas conservadoras. Que, evidentemente, ya no son las franquistas, pero que mantienen muchos de sus rasgos, combinados con otros más actuales. Hasta ahora Felipe VI es una caja cerrada, y  de ahí que cada uno de sus gestos sea observado con lupa: ¿qué dirá? ¿Qué piensa? ¿Qué quiere hacer? Porque, aunque el Rey no gobierne, tiene una influencia evidente: recordemos el papel de Juan Carlos durante el 23-F.

De momento, un discurso medido, bastante opaco, que da pocas pistas y pocas esperanzas. Que dibuja un perfil de figurón honesto pero intrascendente. Y por eso no sabemos si es indispensable terminar ya con este anacronismo que es hoy la Monarquía o si puede ser una institución que todavía ayude a resolver las diferencias de intereses entre clases sociales, territorios, ideologías. Habrá que esperar, porque si fuera así tal vez habría que dejarle hacer y pasar a una república en tiempos más propicios. Sobre todo porque instaurar una república ahora mismo, con la relación de fuerzas existente, no sería probablemente ninguna garantía de la profundización en la democracia que el país necesita y reclama.