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el Rey abdica

Felipe VI, 'el Preparado'

Toda la vida del futuro rey ha sido planificada para que llegue al trono en óptimas condiciones

JUAN FERNÁNDEZ / Madrid

En un vano intento por confundir la historia con sus deseos, los enemigos del rey Juan Carlos, que en 1975 eran más de los que la memoria oficial de la transición dejó contados, etiquetaron su reinado como el Breve. Casi cuatro décadas más tarde, la monarquía española se dispone a dar la bienvenida a Felipe VI, el Preparado. En la oportunidad del adjetivo coinciden tanto los forofos de la realeza como los aspirantes a enviar a la dinastía borbónica a los libros de historia, igual monárquicos que republicanos, pues si hay un factor que ha marcado los 46 años de vida de Felipe de Borbón y Grecia, ese no es otro que el concienzudo y minucioso entrenamiento para el trono al que ha estado todo este tiempo entregado.

A fuerza de verle en su perfil de joven promesa, resultaba fácil pensar que el hijo menor de Juan Carlos y Sofía había nacido para ser príncipe. Sin embargo, pocas veces en la historia de la realeza española un monarca ha accedido a la corona con semejante nivel de conocimiento del cargo que le espera.

Infatigable y paciente

Todo en la vida de Felipe desde el día de su nacimiento, el 30 de enero de 1968, ha estado planificado para llegar al día de su proclamación en las mejores condiciones. Desde su formación académica -hizo COU en Canadá, estudió Derecho en la universidad pública (la Autónoma de Madrid) y cursó un máster en Relaciones Internacionales en la Universidad de Georgetown (Estados Unidos)- a la castrense -pasó por las academias militares de Zaragoza, Marín y San Javier, de donde salió con galones de oficial-; desde su dominio de los idiomas -habla a la perfección inglés y francés y se maneja con fluidez con el catalán, tanto en la intimidad como delante de los micrófonos- a su conocimiento del país -no hay ciudad española que no haya visitado, ni estamento de la sociedad con el que no se haya entrevistado-, la suya es la biografía de un infatigable y paciente opositor al trono.

Felipe de Borbón lleva jugando a ser rey desde mucho antes de que su padre se viera afectado por la mala salud y las decisiones «equivocadas». Su 1,97 de estatura ha representado al Estado en infinidad de foros solemnes, y en todas las ocasiones lució como el aspirante a la corona perfecto para un tiempo sin príncipes de cuento. Guapo, de rostro aniñado, sonrisa fácil y talante dialogante, el expediente del futuro rey ofrece una estampa inmaculada que en otro tiempo habría sido fácil asignar a los blindajes que rodeaban a la institución monárquica. Pero hace no mucho se rompió el tabú y la Casa del Rey empezó a ser analizada bajo el escrutinio de la crítica ciudadana, a pesar de lo cual la figura del príncipe continúa libre de mácula.

A este hincha confeso del Atlético de Madrid, aficionado a la lectura y el cine en versión original y abanderado olímpico en los Juegos de Barcelona-92 no se le conocen salidas de pata de banco. Las cámaras jamás le captaron en un gesto feo ni hay registrada ninguna declaración suya que desentone. La calle aplaudió que se guiara por el corazón, y no por la conveniencia, a la hora de elegir pareja y, tras varios romances más o menos publicitados como los que mantuvo con Isabel Sartorius y Eva Sannum, su matrimonio con la periodista Letizia Ortiz, presentada en su día como «la nieta de un taxista», ofreció lecturas de acercamiento de la corona al pueblo.

Un mal momento

Sin embargo, en contra de todo lo previsto, Felipe VI llega en un mal momento. Con la Monarquía tocada por los casos de Urdangarin y Botsuana, las instituciones del Estado en tela de juicio por la crisis y sus consecuencias y la unidad territorial en quiebra por la reclamación independentista catalana, la sucesión en la Corona parece tener lugar en mitad de la tormenta perfecta.

De cómo la figura del nuevo rey colabore, o no, a amainar esos frentes abiertos dependerá su futuro. Hacia Catalunya, el hasta ahora Príncipe de Asturias, que lo es también de Girona, ha hecho destacados guiños. En los últimos meses ha incrementado su presencia en Barcelona, ha multiplicado sus contactos con la sociedad catalana y son muchos los que ven en él al símbolo de una nueva relación entre Catalunya y España. En cuanto a la aspiración expresada por su padre de ser «el rey de todos los españoles», las circunstancias ahora han cambiado. Más que sustituir a los viejos juancarlistas por renovados felipistas, hoy su verdadera misión es dejar de ser el príncipe perfecto para convertirse en un monarca útil.

Temas: Juan Carlos I