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La reina Peugeot

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David Miró
David Miró

Periodista

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El caso de la monarquía española es digno de estudio. En un país donde la ideología monárquica es marginal y con una historia reciente, la del siglo XX, en que la institución ha sido atacada del mismo modo por izquierda y derecha, el reyJuan Carlos y su familia gozan de un apoyo casi unánime, mayor incluso que el de otras realezas de más abolengo como la británica. La razón hay que buscarla en el pragmatismo ideológico que impregnó la transición, donde el objetivo principal era crear una arquitectura institucional estable, un edificio sólido ajeno a los vaivenes de la política y las urnas. ¿Y qué hay más estable que la monarquía, esa familia-institución que simboliza el Estado y cuyo único fin es sobrellevar el cargo con la mayor dignidad, es decir, hacer una renuncia explícita a su individualidad para encarnar a un colectivo, y, por supuesto, garantizar la descendencia?

Se podrá objetar que es una figura anacrónica, que nadie en el siglo XXI debería renunciar a ser él mismo para ser una institución, algo así como un androide con unsoftwarepredeterminado, sin posibilidad de reprogramación, al que la gente le dice: tú limítate a cumplir con estas funciones y nosotros te garantizamos tu subsistencia y la de tu familia para que nos aguantes este entramado institucional al que llamamos Reino de España, ya que no nos fiamos de los políticos y preferimos a un auténtico profesional. Y la cosa funciona porque es útil. Así resulta que hay un señor que durante toda su vida acumula contactos, abre puertas y se relaciona con otras personas-institución como él, con quien puede hablar de Estado a Estado, comoMohamed VI, y resolver problemas. Y encima garantiza la estabilidad interna.

Para que el invento funcione hay que respetar unas reglas. Esas no personas y sus familias deben ser transparentes, impolutas, de una neutralidad a prueba de bomba. Y el resto, aceptar una serie de rituales. Así, los políticos opinan el día 25 de diciembre sobre el discurso del Rey y el presidente del Gobierno lo visita en agosto en Mallorca. Los medios informan de ello y de las actividades físicas del Monarca (esquí, vela) porque de lo que se trata es de dejar claro que su salud (y la del Estado) es buena.

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Por eso resulta sorprendente que mientras el Rey llamaba a su colega marroquí, su mujer, la Reina, se prestaba a hacer publicidad gratuita de Peugeot al salir de Miravent con una unidad de su coche eléctrico. ¿Qué pensarán en Seat, la marca de referencia española? ¿Y en Re-

nault, que planea construir una planta de vehículos eléctricos en España? Pero, sobre todo, ¿qué pensarán los ciudadanos que pagan la monarquía con sus impuestos de que un miembro de la realeza aproveche su posición para recibir regalos y hacer ostentación de ellos? La gente es pragmática, pero no tonta.