
Director médico de ACE. Catedrático de la Universitat de Vic-Central de Catalunya
Un momento extraordinario en la historia del alzhéimer: de una actitud pasiva a una nueva etapa de diagnóstico y tratamiento
Ahora podemos aspirar a identificar la enfermedad con mayor precisión y en fases más iniciales
La sanidad privada ya administra donanemab, el fármaco que ralentiza el alzhéimer: "El beneficio continúa con el paso del tiempo"

Imagen de archivo de un banco de cerebros que ayuda a entender más enfermedades como el alzhéimer. / GUILLERMO SANZ
Estamos viviendo un momento especialmente relevante en la historia de la enfermedad de alzhéimer. Tras décadas de avances limitados, la manera de entender, diagnosticar y empezar a tratar la enfermedad está cambiando de forma profunda.
Durante mucho tiempo, el diagnóstico del alzhéimer fue fundamentalmente clínico. Este enfoque sigue siendo imprescindible, pero hoy disponemos también de biomarcadores en sangre, líquido cefalorraquídeo y técnicas de imagen que nos permiten identificar con mayor precisión los procesos biológicos asociados a la enfermedad. Estas herramientas permiten detectar alteraciones relacionadas con proteínas como la beta-amiloide o la tau e, integradas con la evaluación clínica y cognitiva, afinar mucho más el diagnóstico.
Esto no significa que los biomarcadores sustituyan a la valoración clínica ni que cualquier fallo de memoria sea consecuencia del alzhéimer. Las alteraciones del sueño, la ansiedad, la depresión, determinados medicamentos u otros problemas de salud también pueden provocar síntomas cognitivos. Precisamente por ello es esencial una valoración especializada.
El cambio fundamental es que ahora podemos aspirar a identificar la enfermedad con mayor precisión y en fases más iniciales, especialmente en casos de deterioro cognitivo leve o demencia leve, justo cuando empezamos a disponer de tratamientos dirigidos contra algunos de sus mecanismos biológicos.
Los primeros tratamientos que pueden modificar el curso de la enfermedad
El desarrollo farmacológico en el alzhémier es extraordinariamente activo. Por primera vez, disponemos de anticuerpos monoclonales, como lecanemab y donanemab, que actúan sobre la beta-amiloide y han demostrado la capacidad de ralentizar la progresión clínica en determinados pacientes en fases iniciales.
Es necesario explicar muy bien qué significa esto. Estos tratamientos no curan la enfermedad, no recuperan las funciones cognitivas ya perdidas y no son adecuados para todos los pacientes. Su beneficio es todavía moderado y exigen una selección meticulosa y un seguimiento riguroso.
A pesar de estas limitaciones, representan un cambio conceptual enorme: por primera vez podemos actuar sobre un mecanismo biológico de la enfermedad y modificar, aunque sea modestamente, su trayectoria.
Una situación que recuerda a la revolución de la esclerosis múltiple
Por mi trayectoria profesional en el mundo de la esclerosis múltiple, esta situación me resulta familiar.
Hace más de veinte años aparecieron los primeros tratamientos capaces de modificar el curso de esa enfermedad. Los interferones tenían una eficacia moderada y también planteaban dudas y limitaciones. Aquellos primeros tratamientos estaban lejos de ser perfectos, pero abrieron una ventana de oportunidad: demostraron que era posible modificar el curso de la enfermedad, convirtieron el diagnóstico precoz en una prioridad e impulsaron una enorme actividad investigadora.
Hoy disponemos de más de una veintena de tratamientos modificadores para la esclerosis múltiple y la situación no tiene nada que ver con la de hace dos décadas.
Creo que el alzhéimer se encuentra ahora en un momento comparable. Los primeros tratamientos tienen una eficacia limitada y plantean retos de seguridad, selección de los pacientes, monitorización, coste y accesibilidad. Pero pueden representar el punto de partida de una transformación mucho más profunda.
Diagnosticar antes también cambia la manera de actuar
Hasta hace poco, llegar antes al diagnóstico no siempre modificaba de manera sustancial las opciones terapéuticas. Esto podía favorecer una actitud excesivamente pasiva: confirmar el diagnóstico, ofrecer un tratamiento sintomático y esperar la evolución de la enfermedad.
Este escenario está cambiando. El diagnóstico precoz puede permitir intervenir cuando todavía se conserva una parte importante de la función cognitiva y de la autonomía personal.
No se trata de medicalizar cualquier olvido ni de hacer pruebas indiscriminadas, sino de evaluar adecuadamente las quejas cognitivas persistentes, identificar el deterioro cognitivo leve y confirmar biológicamente la enfermedad cuando sea necesario. Todavía tenemos que determinar hasta qué punto podremos modificar la historia natural del alzhéimer, pero la dirección de la investigación es inequívoca: detectar mejor, detectar antes y tratar antes.
Esperanza, pero también realismo
Soy optimista por naturaleza, pero este optimismo debe fundamentarse en el rigor científico. No podemos generar falsas expectativas ni presentar los primeros tratamientos como una solución definitiva, pero tampoco podemos ignorar la magnitud del cambio que se está produciendo.
Es probable que en el futuro no tratemos el alzhéimer con un único medicamento, sino con combinaciones o secuencias terapéuticas adaptadas al perfil biológico y al estadio de la enfermedad, actuando sobre diferentes mecanismos.
Estamos pasando de una actitud nihilista a una medicina más precisa, precoz, proactiva y progresivamente personalizada.
Para los pacientes y las familias, esto representa una esperanza real, pero necesariamente prudente. Para los profesionales y los investigadores conlleva también una gran responsabilidad: garantizar diagnósticos rigurosos, seleccionar adecuadamente los tratamientos, explicar con transparencia sus beneficios y riesgos, favorecer un acceso equitativo y seguir investigando. El alzhéimer sigue siendo uno de los grandes retos sanitarios y sociales asociados al envejecimiento de la población. Precisamente por ello, el cambio que se está produciendo va mucho más allá de la llegada de un nuevo fármaco.
No estamos todavía al final de esta transformación. Probablemente solo estemos al principio. Pero, por primera vez en muchos años, podemos mirar el futuro de la enfermedad de alzhéimer con una esperanza prudente, pero fundamentada en el conocimiento científico.
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