Opinión | Verdiales

Periodista y escritora
La épica de lo cotidiano
Un instante, esa “porción brevísima de tiempo” que se tarda en tomar una decisión, puede cambiar la vida de cualquiera, nadie está a salvo del infortunio

Una indigente duerme en el banco de un parque de Madrid. / Pepa Díaz
Era lunes, primera hora de la mañana, hacía poco que había amanecido. Tenía el balcón abierto para intentar refrescar la habitación, caldeada por el extraordinario calor de un verano meteorológico que se resiste a acabar mientras el astronómico se aproxima a su final llevándose consigo cada día entre dos y tres minutos de luz. Estaba haciendo la cama y de pronto escuché a alguien, hombre, Ramón, ¿qué haces por aquí tan temprano?, ¿cómo andas?, hacía tiempo que no te veía, venga, que te invito a desayunar, por lo menos un café.
El destinatario de esas palabras, en absoluto forzadas, tampoco falsas, estaban pronunciadas desde la compasión, era un hombre sin edad, a eso te condena la calle, dejas de cumplir años en cuanto pierdes tu casa, salvo que seas sintecho en Madrid, entonces además tus pertenencias y enseres acaban en la basura, al que yo había visto un rato antes sentado en un portal, barba de varios meses, mirada perdida, en mi paseo con Turrón.
No, déjalo, no hace falta, estoy bien aquí, le contestó, que no, hombre, que no, así te tomas algo caliente, vamos, anda, insistió, y se fueron a un bar que hay en la esquina de esa calle, cuando atravesaron la puerta los perdí de vista. Al oír la conversación no pude evitar salir al balcón para presenciar el encuentro, ser testigo de esa bonhomía que aún existe, todavía hay gente buena a la que aferrarse ante tanta maldad circundante, como el madero al que se agarra Odiseo para sobrevivir a la furia de Poseidón.
Volví a entrar en el cuarto y me senté en la cama durante unos segundos. Estaba leyendo, esos días, una novela titulada ‘Aguamarina’ cuya autora, Carol Anshaw, igual que hiciera Paul Asuter en ‘4 3 2 1’ pero con menos ambición literaria, explora tres posibles vidas de la protagonista en función de las diferentes decisiones que ha ido tomando a lo largo del tiempo.
Un instante, esa “porción brevísima de tiempo”, según el Diccionario, que se tarda en elegir, puede cambiar la existencia de cualquiera. Fue la reflexión que hice al pensar en el hombre de barba de varios meses y mirada perdida, nadie está a salvo del infortunio. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba, lo escribió Joan Didion.
Esa misma mañana, ya metida en la vorágine diaria que nos lleva a tomar decisiones en falso, en una conversación por WhatsApp una amiga rescató la palabra épica, un término que siempre me ha resultado antipático por su vinculación con la hombría, para hablar de cosas que pasan mientras nosotras hacemos lo que podemos. A mí la única épica que me interesa es la de lo cotidiano, le dije, y al hacerlo me acordé del gesto de aquel vecino, venga, que te invito a desayunar, por lo menos un café, tan insignificante, no le costó más que lo que le cobraran en el bar, y sin embargo trascendental.
Esa, la cotidiana, es la épica en la que creo y milito, y algo de ella hay en que el posicionamiento contra el genocidio en Gaza de un grupo de participantes en un festival cultural haga que del cartel se caiga un patrocinador cuyo nombre aparece en un informe de Francesca Albanese, relatora especial de la ONU sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados, como una de las empresas implicadas en la compra de bonos israelíes destinados a financiar el gasto militar.
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