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Albert Soler

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Periodista

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António Costa: adiós a la política por no nacer donde debía

Si el exprimer ministro portugués fuera español, no solo continuaría en el cargo, sino que sería el favorito para ganar las próximas elecciones

António Costa dimite como primer ministro de Portugal tras ser investigado por corrupción

António Costa se disculpa y afirma que probablemente no volverá a ejercer ningún cargo público

El dimitido primer ministro de Portugal, António Costa, en una imagen de archivo.

El dimitido primer ministro de Portugal, António Costa, en una imagen de archivo. / JUAN MEDINA / REUTERS

En España nunca hemos entendido eso de que un político dimita por un quítame allá esos miles de euros encontrados en un sobre en su residencia oficial. Son cosas de extranjeros, de gente que no tiene coraje para quedarse con el dinero y con el cargo a la vez, como si eso fuera una vergüenza, ya ves, para qué meterse en política si no. Bien es cierto que a la impunidad española ayuda el hecho de que, aquí, los seguidores de un partido político lo son al estilo futbolero: para toda la vida. Cometan las fechorías que cometan sus líderes, incluso cambiar de opinión tan a menudo como de camisa, todo se acepta y está bien considerado. En el extranjero, los votantes suelen ser más quisquillosos, y exigen a sus políticos no solo que sean honrados, sino que además lo parezcan. En el extranjero, ya se ve, no hay manera de hacer una carrera política como está mandado.

A António Costa, socialista y hasta hace unos días primer ministro portugués, se le ha terminado la carrera política por mala suerte, por no haber nacido donde debía. De haber nacido un poco más al este, es decir en España, no solo continuaría en el cargo, sino que sería el favorito para ganar las próximas elecciones. Habría acusado públicamente a la justicia de montar una trama para hundirlo, habría comparecido en televisión para jurar su inocencia y atacar a los partidos de la oposición, y habría llamado a sus seguidores a manifestarse a su favor. Sucede que António Costa no tiene la fortuna de ser español, así que presentó su dimisión, con el añadido de renunciar para siempre a cualquier cargo público. Esas cosas no se hacen, y menos en un país que está aquí al lado, imaginen que cunde el ejemplo y empiezan a surgir en España políticos dispuestos a dimitir a causa de irregularidades. ¿Quién iba a querer dedicarse a la política en nuestro país?

La trama descubierta por la fiscalía portuguesa ha llevado a la cárcel, de momento, al ministro de Infraestructuras de António Costa, a su jefe de gabinete y a su mejor amigo, acusados de amañar contratos para que algunas empresas consiguieran suculentas concesiones de explotación de litio e hidrógeno verde. Nuevas energías, viejos métodos, hay cosas que nunca cambian por más que avance la ciencia. A la vista de su cercanía con los detenidos, si António Costa luciera barbas, sería el momento de ponerlas a remojar.

António Costa ha sido el gran aliado de Pedro Sánchez en Europa, fue uno de los pocos que defendió sus políticas. Sánchez, también socialista, podría haberse mostrado mínimamente agradecido y llamarle en estos momentos difíciles, ofreciéndole consejo y experiencia.

-¿António? Soy Pedro. Oye, que me he enterado de lo tuyo. No dimitas, hombre. Tu debes negarlo todo, y si alguien te recuerda que prometiste honradez y transparencia, di que cambiaste de opinión. Mano de santo, lo que yo te diga.

Ignoro si la amnistía que pronto alumbraremos en el Congreso favorecerá también a los políticos portugueses, tal vez podría ampliarse a toda la península Ibérica. A fin y al cabo, qué más da malversar dinero de los ciudadanos para celebrar referéndums que para conceder explotaciones a los amigotes, qué más da cortar calles y carreteras que ocultar sobres con dinero en el despacho oficial, de lo que se trata es de que todo quede igualmente impune. De esta forma, la tan famosa «excepción ibérica» tendría por fin contenido, sería algo tangible, significaría que en toda la península los políticos tienen barra libre para delinquir. Íbamos a ser la envidia del mundo.

Si por un extraño pudor -ya hemos dicho que en el extranjero son raros y no siempre entienden la forma española de hacer política- o por temor a que se le escape la risa, António Costa se niega a manifestar que ha cambiado de opinión, le queda el recurso de acusar a los jueces de 'lawfare'. Responsabilizar a la justicia de perseguirle a uno por motivos políticos aunque le estén acusando de delitos nada políticos, no es nuevo, tiene la patente Jordi Pujol desde que hundió Banca Catalana y acusó al estado de ir contra Catalunya. Lo que es nuevo es llamarlo 'lawfare', se opta por este nombre porque se ha descubierto que en inglés los ciudadanos se lo tragan todo con más facilidad (por esa misma razón, ahora las magdalenas se llaman 'muffins', así comemos más). Tal vez los portugueses no tengan las mismas tragaderas que los españoles, pero a la larga lo van a aceptar, no en vano somos vecinos y todo se pega. Hágame caso, don António: cambie de opinión otra vez, da igual lo que tenga que hacer, decir o rectificar, da igual con quien tenga que pactar. Por una futura Federación Ibérica, para hermanar de una vez a españoles y portugueses, agárrese con uñas y dientes a la poltrona y no la suelte.