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¿Es o no el catalán una lengua española?

Hay una España que jamás ha concebido otra cosa que no sea la sublimación de Castilla

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El primer pleno y debate de investidura del candidato Feijóo, en el Congreso de los Diputados, el 26 de septiembre de 2023.

El primer pleno y debate de investidura del candidato Feijóo, en el Congreso de los Diputados, el 26 de septiembre de 2023. / David Castro

Consta una célebre intervención del general Joan Prim en el Congreso, en tiempos del regente Espartero y su ley no escrita que prescribía el bombardeo de Barcelona cada 50 años. Preguntó para entonces a sus señorías: "Los catalanes, ¿son o no son españoles?". Viene a colación la cuestión por el rechazo frontal del gallego Feijóo a que pueda usarse el catalán en el Congreso.

Si es el catalán una lengua española y si como prescribe la Constitución debe mimarse, ¿a qué viene tanto aspaviento por su uso voluntario en el Congreso? Para los vascos –por lo menos para el PNV– esa es una cuestión secundaria. Porque contra lo que a menudo se dice, son infinitamente más materialistas y porque el euskera –que no es el caso del catalán y Catalunya– no ha sido el nervio de la nación. Lo raro, lo sorprendente, es que, pese a que hay elecciones democráticas desde 1977, hayamos llegado de esta guisa en 2023. No solo por voluntad del PP. Igual responsabilidad en el agravio tiene el PSOE.

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España 'plural'

La pregunta tiene mucho que ver con la cacareada España plurinacional. O 'plural', para no incomodar a los sectores más progresistas del PSOE. Cabe decir que jamás fue el credo del PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra. Su España era la de la LOAPA. Esto es, un intento de recentralización desde el primer momento. Tan pronto como en las urnas arrasó Felipe, se puso manos a la obra, devaluando el espíritu constitucional que distinguía ya en el título preliminar nacionalidades y regiones.

Para todos estaba claro cuáles eran las 'nacionalidades', término eufemístico para evitar el término 'nación'. Estaba claro porque se arrastraba de mucho antes de la República. Ya en tiempos del general Prim existía un problema territorial que atenazaba España, que se plasmó en el siglo XIX en la Mancomunitat, derogada por Primo de Rivera. Problema irresuelto que luego heredó la sobrevenida República y que se centraba sobre todo en Catalunya, baluarte de la República y a la postre primera autonomía.

Con tal premura que el Estatut de Núria se refrendó cuando aún andaban discutiendo la Constitución republicana en el Congreso. Luego llegó Franco y arrasó. No mandó reconstruir la Ciutadella. Pero casi. Y por lo que respecta a bombardear Barcelona, como recomendaba Espartero, se hartó de ello. Aunque ya no desde la Ciutadella sino desde el aire. Primeros ensayos masivos de bombardeos sobre la población civil en Europa.

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Hay una España que jamás ha concebido otra cosa que no sea la sublimación de Castilla. Tal vez Feijóo –por lo que en más de una ocasión ha insinuado o verbalizado– tiene una visión más plural que la tradicional de la derecha española. Pero no es él quien manda ni prescribe el camino del PP. Por lo menos no para los seguidores que el domingo vitoreaban en el barrio de Salamanca a la fascinante Ayuso. Y a José María Aznar.

Por eso resulta inviable la investidura de Feijóo. Porque solo puede agarrarse a ella con Vox. Si no es que un día los Felipe y Guerra vuelven a salirse con la suya. Y como ya ocurrió en su día, dan su bendición a un Gobierno del PP. Con el que comparten, ante todo, una España que mantiene que el español jamás fue lengua de imposición sino de encuentro. Y que el catalán es una reliquia medieval que enturbia su visión de España y que, para más inri, representa una suerte de amenaza para el castellano.