El derecho individual frente al derecho colectivo
Ana Bernal-Triviño

Ana Bernal-Triviño

Profesora de la UOC y periodista.

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"Con mi cuerpo hago lo que me da la gana"

El tema no es que hagas lo que te dé la gana, el problema es que quienes suelen defender esto lo hacen para justificar que otros hagan lo que ellos no quieren

Ana Obregón presenta a su nieta.

Ana Obregón presenta a su nieta.

Se ha puesto muy de moda la frase de hacer “con mi cuerpo lo que me da la gana”, en esta época de mirar solo por la libertad individual, sin pensar si nuestros actos tienen implicaciones en los derechos del resto. El negacionismo es tan transversal que ya cuestiona la propia esencia de la democracia, o el que existan leyes y derechos.

No, con tu cuerpo no puedes hacer lo que te dé la gana. Por ejemplo, no puedes vender tus órganos. Pero aun así, aunque haya cosas que no debas hacer, si las llevas a cabo debes asumir sus consecuencias. Las acciones tienen reacciones, por mucho que “te dé la gana”. De ahí que te multen si bebes y conduces, si no te pones el cinturón de seguridad, que te sancionen por consumir alcohol si eres menor o que por mucho que desees implantar la jornada laboral de 20 horas diarias o circular por el carril izquierdo, no puedas.

No hablamos de que hagas lo que quieras en decisiones superfluas, como la ropa que elijas en un ropero o qué pides para beber hoy. Hablamos de cuestiones con consecuencias en las libertades del resto. Existen valores sociales porque somos seres humanos y no máquinas. Y de ahí nace el respeto por la convivencia, porque no se vive en soledad en el mundo. Si no gusta, quien quiera siempre se puede ir a vivir solo a una cueva. Lo que no puede hacerse es querer normalizar e incluso banalizar delitos o ilegalidades en nombre de esa libertad individual. Y eso no significa que el Estado o que los derechos humanos sean un plan planificado para la represión. Justo los derechos humanos se crearon tras los horrores vividos después de las dos guerras mundiales, para evitar que sucesos tan atroces se repitieran.

A la vista está que los conflictos siguen y que la mercantilización de nuestras vidas pone la consolidación de unos derechos en un punto muy débil frente a la idea de que todo se vende y todo vale. Cuando todo es susceptible de ser vendido se demuestra, como subrayaba Michael Sandel, que pasamos de una economía de mercado a una sociedad de mercado. Como decía este filósofo, ¿deberíamos permitir que las empresas compren el derecho a contaminar el medio ambiente? ¿Y contratar mercenarios que maten por nosotros? ¿O vender la ciudadanía a los inmigrantes que quieran pagar?

Las democracias funcionan con derechos y obligaciones de la ciudadanía. Hay quien llama a esto dogmatismo, porque las leyes se pueden cambiar. Y es cierto, como así ha ocurrido en la historia. Pero hasta que eso suceda las democracias avanzan con mayorías parlamentarias que representan a la ciudadanía. Y, por otro lado, no es conveniente comparar avances legislativos en situaciones de discriminación o vulneración de derechos frente a una “libertad” enmascarada que no pide derechos, sino una vulneración directa de estos. 

Especialmente burdo es cuando este planteamiento se centra en los derechos de colectivos discriminados o de las mujeres. Por ejemplo, quienes estas semanas han sostenido que el feminismo es contradictorio cuando está en contra de los vientres de alquiler o de la prostitución pero “ataca” la libertad de las mujeres para decidir. O que el feminismo ejerce una tutela sobre esas mujeres. El mito de la libre elección es una de las bazas más potentes del neoliberalismo y que mejor cuelan en una sociedad sin conciencia histórica. 

Por esa regla de tres, entonces ni siquiera podría haber una ley contra la violencia de género porque tendríamos que “respetar” la “decisión libre” de la mujer que decida quedarse con una pareja que la amenace de muerte. A estas alturas entendemos que la mujer que permanece en esa situación de violencia lo es por dependencia o por miedo, y no por libertad, ¿verdad? Sería igual que si no pudiéramos acusar a un secuestrador de este delito porque “la secuestrada muestra que quiere estar conmigo”, ocultando que tiene un síndrome de Estocolmo como una casa.  

Es inaudito que en 2023, en la etapa de los avances tecnológicos y de la inteligencia artificial, falte tanta cordura ante lo que es básico para el funcionamiento de una sociedad que se ha tragado el mito de una falsa libertad sin criterio. El tema no es que hagas lo que te de la gana. El problema es que quienes suelen defender esto lo hacen para justificar que otros hagan lo que ellos no quieren.