Ágora
Carlos A. Scolari y Frederic Guerrero-Solé

Carlos A. Scolari y Frederic Guerrero-Solé

Carlos A. Scolari y Frederic Guerrero-Solé son profesores del Departamento de Comunicación de la UPF

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¿Me propones un título para un artículo sobre las implicaciones de ChatGPT en el campo de la comunicación?

A partir de ahora los docentes tenemos que aprender (sí, a veces nos toca aprender) a lidiar con un nuevo actor dentro del aula: la inteligencia artificial

ordenador

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Este artículo ha utilizado un 0% de ChatGPT y es fruto, exclusivamente, de las reflexiones personales de sus autores, que se derivan de años de estudio e investigación sobre el papel de la tecnología en el campo de los medios y la comunicación. En un contexto de creciente “sospecha autoral”, podemos imaginar una nueva marca de garantía como esta y decir que este artículo es un texto "IAFree". Pero muy probablemente esta situación de pureza textual durará muy poco, puesto que vamos hacia un mundo de textos híbridos, negociados con herramientas de inteligencia artificial, o creados directamente por la IA, con los humanos en el papel de revisores o curadores de contenidos.

Los desafíos de la IA para la investigación (no solo en comunicación) y la formación (no solo universitaria) son innumerables. Lo que parecía hasta hace muy poco un buen argumento para una mala por película de Serie B, como el clásico sistema informático fuera de control que quiere controlar el mundo, ahora se ha convertido en el gran tema de debate. La IA ha salido de los laboratorios de manera prepotente y hoy se encuentra en fase "viral", en pleno auge en todos los ámbitos de la vida social del Homo Sapiens. La IA llega con nuevos conceptos y nombres –redes neuronales, ChatGPT, Whisper, Midjourney, Dalle-E o StableDiffusion- y prácticas, desde la producción de textos a partir de preguntas hasta la creación infinita de imágenes que pueblan las redes sociales, o videos explicando historias breves.

A partir de ahora los docentes tenemos que aprender (sí, a veces nos toca aprender) a lidiar con un nuevo actor dentro del aula: el sistema ChatGPT y otros similares se presentan como un estudiante quizás no tan brillante pero con una capacidad desconocida hasta ahora de procesar información (es decir, de leer miles, millones de libros y libros en cuestión de segundos), elaborar breves resúmenes y hacerlos llegar a sus compañeros humanos “en tiempo real”. Hace falta, pues, empezar a repensar las formas de trabajo dentro del aula, los criterios y los métodos de evaluación de los alumnos, los procesos de producción textual y cómo transmitir y crear conocimiento de manera individual y colectiva, sacando provecho del potencial de estos sistemas.

Porque la peor de las opciones es prohibir su uso dentro de los procesos educativos. La huida al pasado de la educación analógica es un viaje sin retorno: la IA está aquí, en breve formará parte de todos los procesos laborales si ya no lo ha hecho, y tenemos que aprender a trabajar con ella. La entrada de la IA dentro del aula obliga a replantearse el contrato educativo que une a profesores y estudiantes, y a reivindicar el valor de la transparencia, explicitando el uso de la IA, a partir de qué inputs y evidenciando las aportaciones humanas en el proceso de creación. 

Obviamente, infinidad de cuestiones quedan para resolver, como son el reconocimiento de los derechos de autoría de los textos y las imágenes de que se alimentan los modelos de la IA, o el coste a nivel ecológico del procesamiento masivo de datos. Los humanos (y las máquinas) tenemos trabajo por delante.

Por cierto, para los más curiosos, deciros que estos son los 5 títulos propuestos por ChatGPT:

"Utilizando ChatGPT para la generación automática de noticias y artículos"

"ChatGPT y el futuro del periodismo: oportunidades y desafíos"

"La intelligencia artificial en la redacción periodística: cómo funciona ChatGPT"

"¿Por qué ChatGPT puede ser una herramienta importante para los periodistas?"

"ChatGPT y la automatización de la comunicación: ¿cómo afecta esto al futuro del periodismo?"

Pero podían haber sido otros. Hasta infinitos. La clave, como siempre, es saber distinguir.