Artículo de Carlos Carnicero Urabayen Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Otoño caliente en Europa

La inflación bate niveles récord a ambas orillas del Atlántico, hay dudas sobre la capacidad del Banco Central Europeo (BCE) de controlar la espiral de precios sin ahogar una economía todavía convaleciente por el covid

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La sede del Banco Central Europeo (BCE) en Fráncfort.

La sede del Banco Central Europeo (BCE) en Fráncfort. / REUTERS / KAI PFAFFENBACH

Las altas temperaturas de los últimos días dan una idea del sofocante otoño político que nos espera. Hará frío, pero el termómetro político tocará máximos. Las señales están por todas partes; imposible esquivarlas a pesar de que el verano es propicio para la disipación. La inflación bate niveles récord a ambas orillas del Atlántico, hay dudas sobre la capacidad del Banco Central Europeo (BCE) de controlar la espiral de precios sin ahogar una economía todavía convaleciente por el covid y en el plano energético vivimos rehenes de un dictador que amenaza con cerrar la llave del gas en el momento menos adecuado.

Casi todo pasa inevitablemente por Ucrania, el factor más crítico que siembra de minas la economía. Putin, que no se debe a los electores rusos, conoce perfectamente la debilidad de los líderes democráticos en Europa: a este lado del nuevo telón de acero, los gobiernos rinden cuentas en el Parlamento y son perfectamente permeables al cabreo ciudadano. Y hay motivos sobrados –y en aumento– para alzar la voz.

La estrategia de Putin para erosionar los gobiernos europeos tiene una doble vertiente. Por un lado, el Kremlin ha comenzado a reducir las exportaciones de gas y se prevé que en los próximos meses corte el suministro de golpe. Alemania –entre otros– es particularmente vulnerable, puesto que depende del gas ruso para un tercio de su suministro. El vicecanciller alemán reconoce que “la paz social ha sido amenazada”.

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De otro lado, Rusia ensaya una estrategia de hambre global que es cruel pero no nueva. Como recordaba Timothy Snyder, tanto Stalin como Hitler intentaron controlar los cultivos de cebada ucranianos para proyectar su influencia en el mundo. Putin ha bloqueado los puertos de salida de Ucrania contribuyendo a una subida de precios en el mercado global de alimentos, una espiral que podría propiciar migraciones difíciles de gestionar para los gobiernos europeos (un informe del Programa Mundial de Alimentos relata que hay 47 millones de personas en el África Subsahariana en riesgo de hambruna grave por el conflicto).

El acuerdo recientemente anunciado para levantar el bloqueo de los puertos ucranianos parecía una buena noticia pero, horas después del anuncio, el bombardeo ruso del puerto de Odesa se ha encargado de recordar al mundo la credibilidad que puede tener la palabra de Putin: ninguna.

Sobre el papel, los europeos conocen la teoría sobre lo que deben hacer. Apoyar a Ucrania mediante ayuda militar y económica e imponiendo presión sobre la economía rusa es el mejor camino posible. ¿Tiene alguien dudas sobre la señal que recibiría Putin si su invasión bárbara no tuviera respuesta? Naturalmente, sus planes no terminan en Ucrania. Pero los europeos también conocemos ahora los costes y la peligrosa senda en la que caminamos hacia el otoño.

La dimisión de Draghi es un aviso sobre el tipo de inestabilidad política que podría contagiarse en los próximos meses. Matteo Salvini, un ultra que en el pasado simpatizaba abiertamente con Putin y se paseó con una camiseta con su rostro, es uno de los dinamitadores de la coalición italiana. La ultra Georgia Meloni está en alza. Los mercados están nerviosos y conocemos la espiral de contagios que hace poco más de una década puso a las economías del sur contra las cuerdas.

Los europeos, unidos, deberían tener los recursos suficientes para controlar la hemorragia gasística y económica. La Comisión Europea quiere evitar un 'sálvese quien pueda' al estilo de lo que ocurrió con la compra de mascarillas al inicio del covid. La propuesta para limitar el consumo de gas y solidarizar los flujos energéticos entre los europeos va en la buena dirección, pero las tensiones en el seno de la Unión borbotean.

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España 'trolea' a Alemania en boca de la ministra Ribera cuando dice que nuestro país no ha vivido energéticamente por encima de sus posibilidades. La moralina del norte durante la crisis del euro sale a relucir ahora cuando el norte está en apuros. Fue precisamente el Gobierno de Sánchez quien pidió a la UE hace meses un plan solidario para hacer frente a la escalada de precios en la energía. El temporal será fuerte y no tendrá solo aspectos energéticos.

La otra pata para cerrar la hemorragia viene del BCE. Su presidenta Christine Lagarde ha anunciado una subida de tipos del 0,5%, el doble de lo esperado, para poner freno a la inflación. La economía bordea la recesión. Asimismo, Lagarde ha dado a conocer un nuevo instrumento (TPI) que debería servir de cortafuegos para el contagio de una nueva crisis de deuda en el sur. En unas semanas, con la mirada en Italia, sabremos si estamos ante un nuevo incendio.