Artículo de Carles Sans Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Viajar es un coñazo

La manera de transportarnos que tenemos el 95% de los mortales es un horror

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Control de seguridad del Aeropuerto de Barcelona durante la huelga de los trabajadores de Trablisa.

Control de seguridad del Aeropuerto de Barcelona durante la huelga de los trabajadores de Trablisa. / Europa Press

Tal cual. Viajar me parece un coñazo de los grandes. Siempre me lo ha parecido. Y no me estoy refiriendo al hecho de visitar un lugar más o menos lejano al nuestro, sino al hecho de transportarse. En realidad debería de decir que la transportación es un coñazo y más en esta época del año en la que parece que quien no viaja es un desgraciado. ¿No conoces tal o cual lugar? Es la pregunta de siempre y que uno ha de ir sorteando para no tener que explicar que viajar le parece un horror. Vaya por delante que me refiero a la manera de transportarnos que tenemos el 95% de los mortales, porque algunos disfrutan de medios de transporte privado, y eso ya es otra cosa.

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Me centraré en viajar en avión. La angustia empieza a la hora de buscar billetes, no siempre tienes la hora o el asiento que te gustaría, así que hay que adaptarse. Luego, hacer la maleta, algo que después de tantos años aún no he aprendido a hacer con la pericia necesaria: o me quedo corto o me excedo. Aunque bajes del taxi con cara de haber viajado mil veces, la llegada al aeropuerto siempre es precipitada. Nunca sabes qué puede pasar hasta llegar al avión. Las colas de facturación jamás avanzan al ritmo de tu impaciencia, y suplicas a la providencia que tu maleta o la de tu mujer pese los kilos que has pagado, y no más. Después hay que pasar por los humillantes controles de seguridad, un espacio en el que unas personas te chillan a la cara lo que tienes que poner en las bandejas. En ese punto siempre me precede la persona más lenta del aeropuerto. Superados los arcos detectores de tijeras para uñas de los pies, te diriges al monitor que indica la puerta y el estado del vuelo. 

En estos días, la impuntualidad es patrimonio de ciertas compañías. Por cierto, siempre me ha asombrado la resignación con que se aceptan los retrasos de un vuelo; casi nadie pasa del ligero chasquido con la boca y poco más. Una vez en el avión, ya encajado entre los asientos como esas contorsionistas que se doblan en cuatro partes, esperas con impaciencia que transcurra el interminable desfile de las personas que van entrando. Una vez aterrizado y ya en el hotel puedes considerar que la transportación ha terminado. Entonces, sí. Entonces comienza lo que puede ser un estupendo viaje.