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¿Qué tienen en común Art Spiegelman y Hannah Tinti?

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¿Qué tienen en común Art Spiegelman y Hannah Tinti?

El año 2010, Hannah Tinti pasó por Barcelona para presentar 'El buen ladrón', la única de sus novelas que consiguió convertirse en algo parecido a un diminuto éxito en España. La novela era una novela de aventuras de inspiración dickensiana construida con la peculiarísima voz de Tinti, a la vez ruda y sabiamente infantil, siempre atenta a aquello que podría escaparse de este mundo pero no lo hace. Como ocurre en los también muy recomendables relatos de 'Animales sueltos'. Pero no vamos a hablar de las novelas de Tinti, y tampoco de sus relatos, sino de lo que trajo consigo a Barcelona en aquella ocasión: un puñado de ejemplares de un curioso proyecto del que era cofundadora llamado 'One Story', literalmente, 'Una historia'.

Se tenían a sí mismos por una pequeña revista –eran del tamaño de un sobre no demasiado grande– pero lo único que contenían era un cuento. Y eran tan sencillos que en lo único en que se diferenciaban unos de otros era en el color de la portada, hecha con algún tipo de cartulina. En eso y en el título del relato y el autor, por supuesto, que era lo único que había en la portada. Dentro, un relato mecanoscrito, sin más. La idea era permitir al cuento escapar de la antología, y convertirse en un todo por sí mismo–¿acaso no hay cuentos, como 'El nadador', de John Cheever, o 'Química invernal', de Joy Williams, que escapan a toda idea de reunión con otros posible?–, y a la vez, servir de escaparate de tantas nuevas voces como fuera posible.

Nuevas voces

La iniciativa era una iniciativa de suscripción que, evidentemente, debía contar con un sinfín de ilustres suscriptores, ¿o no es la clase de cosa por la que los editores matarían? Una cantera de nuevas voces seleccionada por nuevas voces. Echar un vistazo al listado de los publicados por 'One Story' es viajar a un pasado en el que el futuro podía predecirse, porque cada nuevo nombre apuntaba en una dirección que hoy es un camino. 'One Story' sigue siendo hoy una brújula, tan enterrada en el sistema que solo parece visible para el sector, pero en realidad está al alcance de cualquiera. ¿Y por qué no existe algo parecido en España, y en casi ninguna parte? Toda nueva voz necesita algún tipo de plataforma, no existe si no puede ser vista.

En el otro extremo de la cuerda, pero sin soltarla, puesto que, después de todo, se trata de que las historias se mantengan a flote, y se adapten a lo que sea que esté por venir o esté ya aquí, en forma y en fondo, se encuentra el pequeño sello Isolarii, que montaron India Ennenga y Sebastian Clark durante la pandemia. Dicen de los libros que publican, también distribuidos por el mundo entero vía suscripción –15 dólares al mes–, que son como islas. Proyectos artísticos del tamaño de un mini 'smartphone', un aún más diminuto sobre, que pretenden devolver a la lectura a aquellos ya demasiado acostumbrados a consultar el móvil. Es decir, todos. La memoria muscular no olvida, y hay que aprovecharse de ella. Porque ¿y si pudiéramos leer un relato con una mano?

Robert Coover & Art Spiegelman

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Ricemos el rizo. ¿Y si pudiéramos leer un relato de Robert Coover, el genio del absurdo, el autor de la fascinante 'La fiesta de Gerald', el posmoderno salvaje, ilustrado por nada menos que Art Spiegelman, el historietista sueco responsable de esa obra maestra que es Maus? ¿Y si ese relato fuese lo primero que ilustra Spiegelman en 10 años? ¿Y se pareciese tanto a 'La fiesta de Gerald' que podría ser un 'spin-off' futurista, en el que no hay fiesta pero sí una sociedad repleta de robots policías deprimidos que no quieren tener que resolver casos ridículos? Porque ese es uno de los mini libros isla que ha publicado Isolarii. Se titula 'Street Cop' y es una pequeña delicia, una exquisitez pulp divertidísima que pretende competir, desde la palma de la mano del lector, incluso con TikTok.

La edición de cada uno de esos pequeños libros está cuidada al detalle porque no es que se pretenda únicamente que se lea la historia. He aquí por qué se sitúa al otro extremo de la cuerda que sostiene Tinti, que lo que quiere es dar paso a nuevos narradores, es decir, ocuparse del fondo, el contenido. Sino que lucha porque se siga necesitando poseer el objeto, adaptando la forma del mismo a un nuevo universo en el que el lector está leyendo más de lo que querría en pantalla. Amantes de las teorías del pensador Édouard Glissant –de quien acaban de publicar un minúsculo tomo de conversaciones–, los fundadores de Isolarii creen, como él, que un archipiélago puede resistir mejor el presente que todo un continente. Y estén o no en lo cierto, no se quejan. Como Tinti, abren puertas.

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