Caleidoscopio Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Normal

Llegar a cierto grado de escepticismo te garantiza una vida cómoda y te procura una tranquilidad de espíritu que seguramente te lleve a vivir 100 años

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Tengo un amigo al que todo lo que le cuentes, por increíble o disparatado que sea, le parece normal. Tú le dices, por ejemplo, que el viaje en tren entre Madrid y Lisboa dura once horas y que hay que coger tres trenes distintos (para una distancia poco mayor que la de Madrid a Sevilla, que se recorre en tres horas) y él te dice que "normal". Le comentas con asombro que te acabas de enterar de que el marqués que mató a tiros a su mujer y a una amiga antes de suicidarse guardaba un arsenal en casa sin tener permiso de armas, pese a haber sido denunciado por amenazas a su madre y a una hermana, y él te responde que "normal". Te sorprendes en voz alta de que la Federación de Deportes de Montaña y Escalada de Castilla y León esté en Valladolid, que es la única provincia de la autonomía y de España que no tiene montañas y te dice: "Pues normal". Con él no hay forma de discutir; tampoco de llegar a acuerdos, es cierto. Como todo lo que le cuentes a él le parecerá «normal» pronto se acaba la conversación.

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Por un lado, está bien ser así. Llegar a ese grado de escepticismo te garantiza una vida cómoda, sin sobresaltos ni discusiones, y te procura una tranquilidad de espíritu que seguramente te lleve a vivir 100 años. Pero hay que valer para ello. No todos estamos capacitados para llegar a ese nirvana intelectual ni tenemos la flema inglesa que se necesita para no inmutarse por nada de lo que te cuenten o conozcas por ti mismo. Y menos en un país como España, donde lo extraordinario es lo "normal" y lo normal se considera inaudito. En el país de Quevedo y Valle Inclán, de Don Quijote y el Lazarillo y todos los pícaros que hemos alumbrado, tanto en la literatura como en la realidad, en la patria del disparate y de Tele 5, no es sencillo mantenerse en modo zen, ni siquiera permanecer mudo ante la sucesión de hechos y de declaraciones que continuamente te salen al paso, ya sea directamente, ya sea a través de la prensa o de tus conocidos.

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No haré ahora yo aquí una relación de esos hechos y de esas declaraciones que harían tambalearse cualquier convicción o abrir la boca de asombro a cualquier persona que no sea mi inconmovible amigo, pero sí quiero hacer notar la cada vez mayor frecuencia con la que lo extraordinario (por increíble o por surreal) sucede en este país, así como la habituación a ello de una sociedad que parece anestesiada o sin la capacidad de sorpresa y repulsa que debería tener hacia los comportamientos injustificables, ya sea por estética o por ética o simplemente por su ilegalidad. Que la gente aplauda al paso del coche del rey emérito después de saber que nos ha robado a todos o que considere disculpable que la candidata a presidir una comunidad autónoma falsee su empadronamiento en ella porque es de fuera no indica más que su analfabetismo del mismo modo en que la justificación de ciertos comportamientos se haga en función de cuáles son los colores del que los lleva a cabo transparenta la degradación moral de todos, los que los protagonizan y los que los justifican. Así es fácil comprender que otros hayan decidido bajarse de la realidad en marcha y, tras un proceso de conversión, decidan no participar en nada ni inmutarse ante lo que suceda. Es el caso de mi amigo y, si yo tuviera su capacidad de aguante, lo sería el mío también. Pero yo no valgo.