Artículo de José Luis Sastre Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Un rato en la cola

La cola es una prueba humana de resistencia: la manera civilizada de explicar a Darwin

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Cola en el cine.

Cola en el cine.

La humanidad entera cabe en una cola, sea para embarcar en el avión o sea para comprar las entradas de un concierto. Donde más cabe, de largo, es en la caja del supermercado, que convalida por varios cursos de antropología: ahí se descubre al impaciente y al envidioso y al que te pide que le dejes pasar porque lleva solo un paquete de macarrones y luego empieza a sacar de no se sabe dónde una lechuga y una bandeja de embutido y otras cuatro cosas que intenta disimular con una cara angelical que te golpea en las entrañas. Por eso han hecho falta varios siglos hasta que inventamos el supermercado, porque en la Edad Media hubiésemos declarado unas cuantas guerras de más.

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Las aspiraciones de clase pueden observarse a la legua en una cola de embarque, porque los hay que confunden la prioridad con un marquesado y, en ese rato en que esperas mientras ellos pasan primero, te miran de reojo y restriegan su billete como si fuera un bolso de los caros. Es el momento en el que imaginan ser Rodrigo Rato y ponen cara de ‘es el mercado, amigo’. También sonríen, porque las sonrisas de los niños son sinceras y las de los adultos a veces funcionan como un detector de imbéciles: los hay que viven atrapados en la frase de la Pantoja y se pasean diciendo dientes, dientes, que es lo que les jode. Se ve en muchos sitios, pero en especial en las colas, la de gente que aprovecha la ocasión más sencilla para tratar de decirte que es superior a ti por mucho que, en realidad, es algo que se digan más a sí mismos que a los demás. Cada uno, en fin, es feliz a su manera.

Uno podría imaginarse el país o el siglo en el que vive solo con ver las formas que se guardan en una cola, si es que se guardan, porque no es lo mismo esperar tu turno en la parada de autobús de una ciudad que de otra. Y no es una cuestión de generaciones, porque hay venerables señores y señoras que derrochan su experiencia dándole a la picaresca.

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Ese es el mejor género que ofrecen las colas, siempre que no te toque sufrirlo: el del que llega a desmano solo para hacer una pregunta, el que no sabía que la cola empezaba en la otra punta y ahora ya está bien donde está, el que presume de haber reservado ayer el pan y haberte espabilado antes, el que no respeta la mínima distancia creyendo que así, dejando el aliento sobre tu cogote, conseguirá que la cola avance fugaz hasta llegar a él, el que ignora el ritual sagrado y se pone a la espera sin preguntar quién da la vez o quién es el último. Si perdemos eso estaremos perdidos del todo.

La cola es una prueba humana de resistencia: la manera civilizada de explicar a Darwin. El mejor detector de nuestro nivel de ansiedad y de tolerancia y de lo que nos quede de sentido del humor. La trampa diaria para caer en nuestras propias contradicciones, porque aquel que dice que no tiene prisa y que antes o después todos vamos a subir al avión es siempre el que intenta subirse antes. La cola es una experiencia memorable, me digo mientras espero a saber si me han dado el embarque prioritario.