La campaña militar (33) | Análisis de Jesús A. Núñez Villaverde

Análisis de la campaña militar | El suministro de armas a Ucrania visto desde Moscú

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Rifles de asalto en una tienda de armas en los Estados Unidos.

Rifles de asalto en una tienda de armas en los Estados Unidos. / Reuters

Existe un consenso generalizado que interpreta el suministro de armas a Ucrania como un factor decisivo para explicar la situación actual en el campo de batalla, con las fuerzas armadas ucranianas no solo en condiciones de frenar la ofensiva rusa, sino incluso de recuperar territorio en algunas zonas del Donbás. Cabría pensar, por tanto, que para Moscú debería ser una prioridad absoluta impedir que esas armas lleguen a su destino; sobre todo contando con que, en apenas tres meses de combates, se ha pasado de un suministro con cuentagotas de armas ligeras a otro generalizado, con más de 25 países decididos a apoyar a Kiev con todo tipo de obuses y cañones, misiles antiaéreos y anticarro, helicópteros, blindados y, por supuesto, munición de todos los calibres imaginables.

Una mirada al mapa y al alineamiento político y militar de los vecinos de Ucrania reduce las posibles vías terrestres de llegada de material de defensa a manos de las fuerzas ucranianas a Polonia, Eslovaquia, Hungría y Rumanía. A eso cabe añadir la vía marítima, a través de los mares Negro y Azov, y la aérea.

Esta última es la menos empleada tanto por la limitación de capacidad de carga que tiene un avión en comparación con los buques o los trenes, como, sobre todo, por la amenaza que representa la aviación de combate rusa desplegada a través del espacio aéreo ucraniano. Es cierto que Rusia no ha logrado en ningún momento el dominio total del aire, pero cuenta en todo caso con una muy considerable libertad de acción. En la vía marítima es en la que Moscú cuenta con mayor ventaja, al disfrutar del dominio prácticamente absoluto de las aguas mencionadas, sin que Kiev pueda en modo alguno competir, más allá de hostigar con fuego artillero desde la costa a los buques que se atrevan a acercarse mucho a ella. En la práctica, los 18 puertos que Ucrania tiene en los 1.000 kilómetros de costa que dan a dichos mares están sometidos a un bloqueo prácticamente total por parte de la flota rusa.

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En consecuencia, es por vía terrestre por donde se desarrolla esa vital corriente de apoyo a las fuerzas ucranianas, con Polonia como corredor principal a través de los 535 kilómetros de frontera común. A la espera de saber en su momento hasta qué punto se ha cumplido en la práctica el rechazo inicial de Hungría y Rumanía para el tránsito de material de defensa para Kiev a través de sus respectivos territorios, y con Eslovaquia adoptando un muy bajo perfil en esta materia, Polonia figura a todos los efectos como la principal puerta de entrada. Es allí donde llega gran parte del material procedente de muy diversos puntos- incluyendo todo lo que traen los enormes Boeing C-17 Globemaster, procedentes de la base aérea de Dover (Delaware, EEUU)- para introducirlo por carretera o ferrocarril en Ucrania.

Vista desde Moscú, la amenaza que representa este creciente flujo de armas debe traer de cabeza a los planificadores y ejecutores de la “operación militar especial”, conscientes de que si hubieran logrado abortarlo hoy su situación bélica sería mucho más ventajosa y, probablemente, determinante para lograr la victoria. Por eso lo que sorprende es que, más allá de apenas media docena de ataques a nudos y vías de comunicación y escasas decenas de ataques a depósitos de munición o polvorines ubicados en suelo ucraniano, Rusia no haya montado una campaña sistemática de ataques aéreos y artilleros para impedir los suministros. ¿No quiere, por temor a soliviantar aún más a los que apoyan a su enemigo, o simplemente no puede?