Artículo de Carles Francino Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Vida espiada

En la semana grande de los espías hemos confirmado que a algunas personas no solo no les molesta que fisguen en su vida, sino que aceptan encantadas convertirse en una especie de Gran Hermano doméstico

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Sede de NSO Group, empresa propietaria del programa espía Pegasus

Sede de NSO Group, empresa propietaria del programa espía Pegasus

Tiene guasa que en la semana grande de los espías hayamos confirmado que a algunas personas no solo no les molesta que fisguen en su vida, sino que aceptan encantadas convertirse en una especie de Gran Hermano doméstico. Literal. Se trata de instalar un arsenal de cámaras en el domicilio particular para permitir que miles de desconocidos, en cualquier parte del mundo, practiquen el arte -o el vicio- del voyeurismo. Hay que admitir que el misterio de no saber qué va a ocurrir al cabo de un segundo, esa fascinación antropológica por observar a los compañeros de tribu, puede resultar adictiva. Pero lo que Hithcock sublimó en 'La ventana indiscreta' y Mercedes Milá catalogó como experimento sociológico, tiene ahora réplica en forma de Pegasus de andar por casa. Pagando, claro, como en el chiste; el mirón se rasca el bolsillo y el narcisista ocasional cobra en función de las visitas. La plataforma se llama SpiedLife y ya tiene más de diez de millones de usuarios mensuales, que pueden solazarse -ellos sabrán por qué- con una discusión familiar, la imagen de alguien haciendo la siesta en el sofá o el retrato de una cocina en pleno zafarrancho. En general, son estampas domiciliarias del montón. Las únicas limitaciones -de momento- las marcan el sexo y la puerta del cuarto de baño. Follar o cagar en público siguen siendo prácticas mal consideradas. Por cierto, este invento de “Vida espiada” ha nacido en Italia, un país de larga tradición televisiva basada en la pornografía sentimental y la impúdica exhibición de vidas y miserias en cualquier plató de tres al cuarto. Un modelo de chismorreo universal que se trasladó a España hace treinta años y que siempre he pensado que nos contaminó. Que una parte de lo que somos como sociedad -empezando por la política-, la inveterada querencia a la bronca, el insulto y la zafiedad, tiene raíces en esa nefasta importación de costumbres. No se le pueden poner puertas al campo, ya lo sé. Pero es una pena que las vallas y los muros que frenan a personas, la mayoría decentes, no puedan utilizarse como barrera contra la bazofia.

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