Artículo de Luz Martínez Seijo Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

La batalla cultural en redes

Desde que se aprobó la LOMLOE asistimos a una intermitente y vergonzosa campaña de difamaciones y ataques que ponen en tela de juicio la calidad de nuestro sistema educativo

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Hoy en día ningún comentario pasa inadvertido en las redes sociales. Asistimos a una guerra cultural despiadada e infundada. Despiadada porque el anonimato es una nueva arma que sirve para atacar sin piedad a todo aquello que es diferente ideológicamente, pero también a todo aquello que se distingue por marcar una tendencia optimista y positiva en cualquier ámbito.

Batalla cultural infundada porque opinar es gratis, y en las redes predominan doctrinas baratas que no tienen otro objetivo más que crispar, mentir, generar inquietud social y desestabilizar. Otra cosa distinta es opinar con criterio y fundamento, algo que brilla por su ausencia en esta guerra cultural, porque esta batalla no va de eso, no va de hacer pensar ni de desarrollar espíritu crítico, sino de tapar todo lo positivo, de enturbiar y enmarañar para crear negatividad y malestar social. ¡Que gane el caos!

Y todo esto se hace con una enorme habilidad, hasta el punto de convertir algo positivo en algo invisible para que al final sobresalga lo negativo, su doctrina.

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Las guerras no se pueden ganar sin ejércitos, y esta concretamente se ha preparado con la creación de ejércitos disciplinados, dispuestos a todo en esta batalla cultural que quieren ganar en las redes sociales. La lógica es simple. Hay muchos soldados, la inmensa mayoría sin identidad, bots desplegados con objetivos muy estratégicos, y como en la mayoría de las batallas, hay pocos generales que dan la cara, porque su objetivo es que otros la den por ellos, no ensuciarse para no desgastarse. Esta es la primera fase de esta guerra, penetrar y expandir influencia en la redes; generalizar la acción de opinadores y expertos en malmeter e intoxicar en todas las áreas posibles. Evidentemente, no todas las áreas son objeto de esta batalla, pero algunas son objetivo estratégico: la igualdad, la inmigración, la memoria democrática, la educación, etc. 

Centrémonos en educación, sobre la que todo el mundo opina y cree saber qué es lo mejor para la educación y formación de niños y jóvenes de este país. La realidad es que pocos conocen cómo funciona nuestro sistema educativo, en qué consiste la normativa existente y sobre todo, algo importante, de quien depende la gestión de la educación en nuestro país. El Estado dicta una norma básica y las CCAA la desarrollan (el horario y currículo, entre el 40 y 50% donde hay lengua cooficial) y la gestionan.

Desde que se aprobó la LOMLOE asistimos a una intermitente y vergonzosa campaña de difamaciones y ataques que ponen en tela de juicio la calidad de nuestro sistema educativo. Esta campaña tiene dos estrategias bien diferenciadas. Por un lado, la mentira: el cierre de los centros de educación especial, el fin de la educación concertada, la desaparición de la filosofía, la eliminación de contenidos esenciales en distintas áreas, el regalo de aprobados y bajada del nivel educativo, etc. Y con ello no logran más que generar desconfianza en la calidad de nuestra educación, y de paso en la profesionalidad de nuestros docentes.

Por otro lado, la segunda estrategia consiste en tapar y cuestionar todo lo positivo que se está realizando por el gobierno en todas las áreas. Concretamente, en la educación española, se acomete una profunda y necesaria transformación para homologarla con los países del entorno europeo. Una transformación que consiste básicamente en un nuevo currículo educativo, con metodologías alternativas con las que trabajarlo y un sistema de evaluación coherente con todo ello. Una transformación que requiere más equidad y un marco global de inclusión. 

Sin embargo, estos objetivos se convierten en adoctrinamiento para los que quieren convertir la educación en sectarismo. El fondo es la eliminación de principios democráticos que emanan de la Constitución española, la vuelta a la uniformidad, al pensamiento único, adiós al análisis y al desarrollo del espíritu crítico. 

¿Es acaso razonable pensar que una reforma educativa pretende que el alumnado abandone el esfuerzo y que baje el nivel académico o que desaparezcan contenidos esenciales? Lo razonable es pensar lo contrario, que cuando algo no acaba de funcionar adecuadamente, debe reformarse. Seguimos teniendo una elevada tasa de fracaso escolar, se repite curso en exceso sin que se mejoren resultados y hay un elevado grado de desmotivación del alumnado por el currículo, por lo que aprenden y cómo lo aprenden. 

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Sin embargo, las redes se llenan de comentarios sin base normativa, científica o sentido común. Todo vale, aunque se insulte a la inteligencia humana con mentiras, opiniones ofensivas y descrédito de nuestro sistema educativo. Poco favor se está haciendo a la mejora de la educación en nuestro país con este despropósito, menos aún a la democracia cuando se tapa la verdad y se deforma la realidad. 

La penetración de esta mala praxis se ha extendido de manera peligrosa, no solo se ataca a políticos sino a cualquier persona o profesional que manifiesta una opinión diferente. ¿Dónde queda la verdadera libertad de opinión? Las redes sociales son un medio de expresión, una vía rápida de información, no permitamos que aquellos que no creen en la igualdad y en la libertad ganen la batalla cultural en redes y acaben con algo tan importante como es el derecho a la información veraz y nuestra libertad de expresión, la de todos y todas.