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Pendientes de Ceuta y Melilla

La tutela de EEUU sobre los movimientos entre Marruecos y Argelia y el calendario fijado por Mohamed VI están marcando los tiempos

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El ministro de Asuntos Exteriores de Argelia, Ramtane Lamamra, recibe al secretario de Estado de EEUU, Antony Blinken, en Argel.

El ministro de Asuntos Exteriores de Argelia, Ramtane Lamamra, recibe al secretario de Estado de EEUU, Antony Blinken, en Argel. / JACQUELYN MARTIN / REUTERS

La conversación telefónica que mantuvieron el jueves el rey de Marruecos y el presidente del Gobierno y la invitación de Mohamed VI a Pedro Sánchez para que acuda a Rabat en los próximos días responden, según las fuentes oficiales marroquís, al deseo de «inaugurar una etapa inédita en las relaciones entre los dos países». En suma, persiguen restablecer las relaciones de buena vecindad después del giro dado por Madrid con respecto al futuro del Sáhara Occidental al apoyar el plan de autonomía marroquí para el territorio, cancelando la crisis abierta por el viaje a España de Brahim Gali, líder del Frente Polisario, para ser tratado de covid, seguida de la aparición en mayo de varios miles de jóvenes en la playa de Ceuta, movilizados de una u otra forma por las autoridades marroquís.

El contacto establecido por Mohamed VI solo 24 horas antes del viaje a Rabat que tenía previsto el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, no carece de significado: ha llevado a cancelar la visita del ministro y ha permitido al monarca alauí marcar el tempo en la normalización de relaciones, algo previsible, por lo demás, en un régimen cuyo primer actor político es el rey. Al mismo tiempo, el calendario hace evidente que detrás de la iniciativa marroquí y del restablecimiento del clima de buena vecindad perseguido por España hay que atribuir una parte no menor de responsabilidad a la diplomacia de Estados Unidos, a través de las visitas de primeros de marzo a Rabat y a Argel de la vicesecretaria de Estado, Wendy Sherman, y del secretario de Estado, Antony Blinken, esta misma semana. Entre ambas, el 14 de marzo se tuvo noticia del cambio de enfoque de Madrid con relación al Sáhara; ahora Sánchez acudirá a palacio después de Blinken.

Nada se debe considerar mera coincidencia. Para el dispositivo de seguridad de la OTAN, comprometido en la guerra de Ucrania, es importante mantener un ambiente distendido en el flanco sur, sin cuentas pendientes, dos de las cuales podrían ser la atmósfera enrarecida a ambos lados del Estrecho y una respuesta radical de Argelia -interrupción del suministro de gas a España- a causa de su compromiso con el exilio saharaui de Tinduf. Con el factor añadido, en absoluto desdeñable, de que el régimen argelino mantiene una relación de privilegio con Rusia como antes la mantuvo con la Unión Soviética, y los contratos de suministro firmados por Sonatrach no deben tenerse por obligaciones insoslayables en un ambiente de crisis global. 

Lo que ahora está por ver es si la implicación personal de Mohamed VI se traduce en mayores cuotas de seguridad efectiva para Ceuta y Melilla y el control de los flujos migratorios se ajusta al respeto por los derechos humanos y a los compromisos contraídos. Repasar la lista de desencuentros en ambos asuntos hace imposible que no prevalezca cierto grado de incertidumbre en la relación con un vecino no siempre previsible, que se siente extremadamente reforzado desde que en 2020 Donald Trump reconoció la soberanía marroquí del Sáhara a cambio de que Marruecos reconociera a Israel. Porque la promesa de Blinken de apoyar las gestiones de Staffan de Mistura, el enviado especial de la ONU para el Sáhara, a nada obliga en la práctica a Mohamed VI, y la aparición del monarca en la reconciliación con España solo será valiosa si se traduce en acuerdos concretos y específicos que liberen a Ceuta y Melilla de sobresaltos. 

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