Opinión | En clave europea

Eliseo Oliveras

'Sí, pero no' de la UE a Ucrania

El temor al elevado coste económico para los países ricos de la UE de una eventual adhesión futura de Ucrania ha limitado la estrategia europea hacia Kiev durante las dos últimas décadas a una geopolítica 'low cost', que no ha ayudado al país a remontar su fragilidad política y económica

Cumbre de la UE en el Palacio de Versalles, este viernes.

Cumbre de la UE en el Palacio de Versalles, este viernes. / IAN LANGSDON / POOL

Durante las dos últimas décadas, la Unión Europea (UE), al igual que la OTAN, fomentó las expectativas europeas de Ucrania, aunque los gobiernos de Europa occidental no tenían realmente la intención de aceptar su adhesión en un futuro previsible y ni siquiera estaban dispuestos reconocer a Ucrania el estatuto oficial de país candidato a la adhesión. Desde el principio se trató de una estrategia geopolítica para extender la influencia de la UE en el espacio postsoviético y recortar la de Rusia a bajo coste.

En esa línea, el Consejo Europeo de Versalles de este 10 y 11 de marzo ha descartado el proceso acelerado de adhesión para Ucrania pedido por su presidente, Volodímir Zelenski. Ante la invasión rusa y la resistencia ucraniana, la UE ha prometido ayuda política, financiera, militar y humanitaria. Pero respecto a la adhesión, la Declaración de Versalles se limita a reconocer "las aspiraciones" de Ucrania y prometer estrechar "la actual asociación".

La Declaración evita cualquier promesa de que en el futuro Ucrania pueda ingresar en la UE o lograr el estatuto de candidato. Por el contrario, subraya que el dictamen de la Comisión Europea sobre la solicitud de adhesión de Ucrania se elaborará "conforme a las disposiciones de los Tratados". Esto significa que es muy improbable que la Comisión Europea emita su dictamen antes de 18 meses, ya que requiere verificar los requisitos políticos y económicos y sus divergencias legales respecto a las 88.000 páginas del Derecho de la UE.

Ampliación detenida

Los problemas generados por la adhesión de un país dividido como Chipre en 2004 y la constatación de que Bulgaria y Rumanía entraron en 2007 sin estar preparados han parado la ampliación de la UE tras el ingreso de Croacia en 2013. Las cancillerías de Europa occidental han enfriado en Versalles el fervor de sus socios del este y han impuesto la realpolitik de la imposibilidad de prometer la adhesión a un país en guerra y de evitar una provocación gratuita a Rusia cuando el objetivo es rebajar la tensión y detener la guerra. Pese a las alabanzas públicas a Ucrania, a los gobiernos occidentales de la UE les preocupa el poder de los oligarcas sobre los partidos y las instituciones políticas, la corrupción generalizada y el pésimo estado de su economía.

Ucrania es un país muy grande, con 44 millones de habitantes. Incluyendo Crimea y el Donbás, tiene una superficie de 603.548 kilómetros cuadrados, el 11% más que Francia, el 19% más que España y el 69% más que Alemania. Ucrania es el país más pobre de Europa y no ha recuperado el nivel de renta que tenía antes de la independencia, a causa del capitalismo salvaje de los 90 y el poder de sus oligarcas: Rinat Ajmetov (energía, minería, metalurgia) Victor Pinchuk (acero), Kostyantyn Zhevago (banca, industria, minería), Ihor Kolomoyskyi (banca y petróleo), Henadiy Boholyubov (banca), Petro Poroshenko (automóvil, astilleros, chocolate), Vadym Novynskyi (gas, petróleo, metalurgia, distribución), Oleksandr Yaroslavsky (metalurgia, tractores, construcción), Yuriy Kosiuk (agricultura, alimentación), etc.

Elevado coste

El producto interior bruto (PIB) per cápita en Ucrania seguía siendo en 2020 un 30% inferior al de 1989 en dólares constantes, pese a haber perdido el 15% de su población, según el Banco Mundial. El PIB per cápita se situó en 2020 en 3.725 dólares (3.160 euros). El PIB per cápita medio de la UE es nueve veces superior y el de Bulgaria, el país más pobre de la UE, triplica el ucraniano. Dada la pobreza de Ucrania y su extensión agraria, las ayudas preadhesión implicarían un elevado coste para las arcas comunitarias y el ingreso de Ucrania en la UE obligaría a los países ricos a aumentar su aportación al presupuesto comunitario en conjunto en más de 16.000 millones euros anuales.

Cuando se produjo la democratizadora Revolución Naranja en noviembre de 2004 contra el intento de manipular las elecciones -en cuyo triunfo desempeñó un papel clave el jefe de la diplomacia europea, Javier Solana-, la UE perdió una oportunidad de oro para respaldar la transformación política y económica de Ucrania. La UE rechazó reconocer la posibilidad de adhesión a Ucrania a largo plazo, como pidió el Parlamento Europeo, y se mostró muy cicatera con las ayudas. Ucrania no ha recuperado los niveles democráticos alcanzados durante el periodo culminante de la Revolución Naranja (2005-2008), según el Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA). El nivel de renta de 2008 (precios constantes) tampoco se ha recuperado.