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Disonancias cognitivas y acompañamiento digital

Faltan referentes en educación digital y seguramente tampoco tenemos resueltos nuestros hábitos como adultos

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Disonancias cognitivas y acompañamiento digital

Unos días atrás estaba en el bus, sentada frente a un padre y su hija de 5 o 6 años. Volvían a casa después del cole, él parecía nervioso y atareado, demasiados e-mails pendientes, decía entre dientes. Le sonó el teléfono y mientras respondía sacó una tableta de su bolsa de mano. A la niña se le iluminó la cara de alegría mientras la depositaba en su falda. En apenas segundos, sus deditos dieron con un video de dibujos. Hechicería instantánea. Unos minutos después, el padre colgó y le anunció que pronto tenían que bajar. Le pedía que apagara la tablet sin apartar su mirada del móvil. Ella refunfuñó y lloriqueó reclamando más dibujos, con la vista también fija. El conflicto se dilató hasta que bajaron.

Es un ejemplo de situaciones comunes para miles de familias. Faltan referentes en educación digital y seguramente tampoco tenemos resueltos nuestros hábitos digitales como adultos. La higiene digital (o la falta de ella) nos atraviesa, porque es en realidad la cultura digital que estamos cultivando (activa o pasivamente). Todavía nos cuesta entender las implicaciones de educar en un mundo digital, donde pareciera que las criaturas saben más que nosotros por el simple hecho que las pantallas están diseñadas para que las puedas usar sin leer ni escribir. Deslizar el dedo y llegar al video favorito no implica comprender qué está ocurriendo ahí, qué empresas están detrás ni por qué los móviles nos parecen a veces una especie de agujero negro del tiempo. En cambio, nos inundan con titulares catastróficos que penalizan y señalan las conductas problemáticas y abusivas. Nos empujan a unas disonancias difíciles de resolver obviando las oportunidades, los usos creativos y las pedagogías positivas.

Sin ir más lejos, hace un par de semanas Unicef publicó un estudio sobre el impacto de la tecnología en la adolescencia, donde cabe destacar que a pesar de la intensidad de conexión, a la mayoría de adolescentes les provoca emociones positivas (alegría, diversión, comprensión). Son un lugar donde revindicar su identidad y sentirse parte de sus grupos, dos necesidades fundamentales en cualquier etapa de la vida. Cierto es que en la adolescencia es un problema que las fuentes de reconocimiento provengan solo de esos vínculos digitales y, cuanto más dependan de ellos, en los momentos de autoestima frágil es más probable que la experiencia conectada la debilite. Del estudio pasaron desapercibidas otras cifras reveladoras: la actitud de los progenitores es un predictor clave de los usos problemáticos y el 40% de los adolescentes encuestados afirman que sus padres usan el móvil habitualmente durante las comidas.

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Para las familias que se sienten frustradas y perdidas, solo sirve para añadir presión y cero soluciones. Me preocupan especialmente aquellas que, por desconocimiento, dejan que los peques exploren los dispositivos a sus anchas. Las familias conscientes, que pueden dedicar tiempo y recursos educativos, empiezan a darse cuenta que lo que funciona son las experiencias digitales compartidas. Usar las pantallas como aliadas para explorar los propios intereses o para disfrutar en familia ofrecen muchas posibilidades. Primero, porque son una ventana infinita a universos múltiples, pero sobre todo porque nos permiten ver qué les gusta, qué les llama la atención y nos da pie a hacerles preguntas e interesarnos por sus juegos, sus 'influencers' o sus actividades preferidas. De hecho, son muy distintos los usos pasivos (entro a ver qué han colgado los otros) o los usos activos (me uno a un equipo a jugar o busco un tutorial para resolver un reto, sea una receta de cocina, una técnica de pintura o un problema de mates). Conectarse con un propósito, con una intención de partida, nos permite activar el criterio, que en este caso puede ser algo tan simple como si un contenido me acerca o me aleja de lo que estoy buscando. ¿Y las personas adultas? Lo mismo.

Predicar con el ejemplo es una máxima atemporal, así que cuando nos sepamos por dónde tirar, miremos qué estamos haciendo (ergo, qué van a imitar). La diferencia es que podríamos enseñarles a cruzar la calle sin mediar palabra, por imitación acabarían aprendiendo e incluso comprendiendo. En lo digital no ocurre de forma espontánea, así que hay que provocar espacios de uso compartido. Con todo, es un reto social profundo, no solo educativo. La supervisión y el acompañamiento deberían ser un derecho infantil a garantizar si no queremos afianzar las brechas que ya existen.