El monumento que no será Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

El Quijote y Barcelona

Para muchos, qué lástima, el Quijote es español antes que universal y el declarado amor de Cervantes por Barcelona no les atañe

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Grabado de Don Quijote en Barcelona, de Gustave Doré.

Grabado de Don Quijote en Barcelona, de Gustave Doré. / GUSTAVE DORÉ

No sé las veces en que, paseando por las playas de la Barceloneta, habré contado a quien me acompañaba —mis hijos se aburren ya de la anécdota— que en ese lugar fue derrotado don Quijote en la gran novela de Cervantes. A menudo mis acompañantes me preguntan, acaso dudando de mis palabras, por qué no hay un monumento, una placa o algo que conmemore ese dato, que lo honre y lo institucionalice. Siempre digo lo mismo: que nuestros responsables públicos son demasiado incultos para tales sutilezas. Que la mayoría ni siquiera debe de haber leído el Quijote.

Lo que ha ocurrido estas últimas semanas confirma mi idea. Ya saben: Ciudadanos propuso erigir un monumento a don Quijote en la Barceloneta. No a Cervantes, ojo, sino al Quijote, que es distinto. La propuesta fue apoyada por PP y BCN pel Canvi y rechazada por PSC, ERC y BComú; JXCat se abstuvo. Los motivos argüidos son bastante burdos: que Barcelona ya tiene bastantes plazas y bustos y hasta colegios dedicados a Cervantes y que la ciudad no está por erigir más estatuas. Ignoro si el rechazo era a una propuesta concreta: tal vez la estatua proyectada era horrorosa, pero en todo caso no lo sería más que muchos de esos elementos que llenan ahora las calles de la ciudad. Tal vez se opusieron al partido que tuvo la idea más que a la idea misma. Días más tarde Miquel Iceta calificó de “catetada” el rechazo, que su propio grupo apoyó, lo cual dice mucho de él pero poco del partido.

Lo que más me inquieta de todo esto es que la oposición al Quijote venga de la izquierda y el apoyo, de la derecha. Creo que denota una monumental ignorancia, y también un españolismo mal entendido (además de muy pasado de moda y de vueltas). Estoy convencida de que si el personaje no lo hubiera creado Cervantes, nacido en Alcalá de Henares, sino William Shakespeare, nacido en Stratford-upon-Avon, todos estarían orgullosísimos de que hubiera dedicado tantos elogios a Barcelona, que la hubiera situado en el mapa mundial del siglo XVII mucho antes de que lo hicieran los Juegos Olímpicos o el Barça, y que la hubiera elegido antes que a otras ciudades posibles como escenario importante en el cierre de uno de los mayores hitos de la literatura de todos los tiempos.

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Para muchos, qué lástima, el Quijote es español antes que universal y el declarado amor de Cervantes por Barcelona no les atañe. No saben muy bien qué hacer con lo español, porque simboliza todo lo que detestan, y ni siquiera se paran a pensar de qué es símbolo realmente don Quijote, ni si esa visión rancia y arcaica puede estar sesgada o manipulada, ni si no preferirían sustituirla por una visión consciente, fruto de la lectura y el conocimiento. Tal vez soy una romántica, pero no creo que ningún lector (catalán o no) del Quijote pueda no desear erigirle una estatua a su personaje después de terminar de leer la novela.

“¡Aquí mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis alcanzadas glorias; aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas; aquí se escurecieron mis hazañas; aquí, finalmente, cayó mi ventura para jamás levantarse”. Eso dice el Quijote al final de su aventura. Qué lástima de coincidencia.