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Gobernar el archipiélago catalán

La creciente diversidad de Catalunya no cabe en un sí o en un no

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Gobernar el archipiélago catalán

Ferran Nadeu

Catalunya se ha transformado en un archipiélago social y cultural y gobernarlo no es tarea fácil. No lo sostengo para renunciar a la crítica de una clase dirigente, política y empresarial, responsable de la irrelevancia que hemos alcanzado. Lo digo porque hacer una radiografía acertada de la sociedad en la que vivimos debiera ser el primer paso para formular cualquier proyecto político. Cuando Barcelona hizo suya la propuesta de unos Juegos Olímpicos destinados a modernizar la ciudad y el territorio, la sociedad catalana era otra. Todavía existía una burguesía heredera de aquellos capitanes de industria de Jaume Vicens Vives, y una clase obrera, procedente mayormente del resto de España, que se había ganado un lugar en las instituciones defendiendo la libertad y el estatuto de autonomía. La sociedad catalana era reconocible utilizando los parámetros que servían para entender las sociedades europeas de la posguerra. 30 años después, ya no es así. 

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No hay dos Catalunyas como suele concluirse al hablar del ‘procés’. Hay tantas como identidades e intereses surgidos de la prodigiosa transformación que ha experimentado la sociedad catalana desde principios de siglo. Y entre todas constituyen un archipiélago de islas sociales, identitarias y culturales, que se ignoran, difícil de interpretar y más difícil aún de gobernar. El ‘procés’ fue un intento de agrupar las islas de medio archipiélago en un continente y lo cierto es que consiguió que mucha gente lo supeditara todo a la utopía aparentemente disponible que suponía la independencia exprés. Poco duró el movimiento tectónico que agrupó identidades sociales, culturales i políticas tan diversas en dos bloques y el archipiélago volvió a mostrar su diversidad. En eso estamos.

¿De qué materiales están formadas estas islas? ¿Las de los nacidos en Catalunya y las de los nacidos fuera? Es una respuesta insuficiente, aunque el origen pesa lo suyo en convicciones políticas y en comportamientos culturales. Cójase un tren de cercanías de los que cruzan el Vallès para comprobar cómo cambia el paisanaje a medida que lo hace el paisaje. Y obsérvese el vagón para confirmar que vivimos en una sociedad cada vez más diversa. No solo por el origen, o la religión. Los tatuajes revelan un mundo infinito de afinidades y sueños que encajan poco con la idea machacona de un solo pueblo o de dos Catalunyas. Nada hay más alejado de una sesión del parlamento catalán que los pasajeros de un vagón de cercanías (pese al rejuvenecimiento de los diputados, la paridad casi absoluta y la presencia de señorías procedentes de la inmigración). 

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La creciente diversidad de Catalunya no cabe en un sí o en un no. Gobernarla exige, en primer lugar, conocerla, entenderla, para poder configurar un proyecto común que ya no puede ser el de hace 30 años. La Catalunya de obreros industriales y burgueses del textil feneció al principio de la transición democrática. La de hoy se parece más a dos islas habitadas por quienes viven sin apuros (la más pequeña del archipiélago) y quienes las pasan canutas para llegar a fin de mes o al final incierto de su vida (la más grande). Hay matices, claro está. Existe una Catalunya de ricos entre los ricos, y otra que sale cada año en las encuestas sobre los umbrales de pobreza absoluta. Hay extremos, pero cada vez es más acusada la diferencia entre los que tienen y los que no. Por mucho que los que nada tienen dispongan de un móvil que les permite viajar al universo de los demás.

La tarea de los gobernantes es la de integrar esta diversidad en un proyecto hecho de valores, pero también de oportunidades. De poco servirán los valores, por muy republicanos que sean, si no existen pasarelas entre las islas que permitan convivir, trabajar, compartir, progresar. No se trata solo de recoser las heridas provocadas por la polarización de los últimos años. Hay que restañar fracturas más profundas, que tienen su origen en la desigualdad, la marginación, el alejamiento de los líderes, sean políticos o empresariales, cuya popularidad está bajo mínimos. Sin restablecer esta confianza, sin buscar un nuevo pacto social, se impondrá siempre la cultura del no y será difícil enhebrar los consensos que reclaman tiempos difíciles como los actuales.