Opinión |
Oriente Próximo

Netanyahu, el brumoso legado del caudillo

Desde el momento en que el nacionalismo y el 'religionismo' han prevalecido, está claro que Israel difícilmente puede definirse como un Estado democrático

El exprimer ministro israelí, Binyamin Netanyahu.

El exprimer ministro israelí, Binyamin Netanyahu. / AMIR COHEN

Eugenio García Gascón

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Todavía es pronto para enterrar a este hombre de 71 años, a quien los caricaturistas suelen pintar con la cabeza cuadrada y la nariz respingona, y que ha gobernado Israel como un autócrata durante los últimos doce años. Más astuto que Shimon Peres, que ya era más astuto que Ulises, Binyamin Netanyahu ha dejado en el país y en todo Oriente Próximo una impronta muy fuerte de desestabilización y de futuro incierto.

Durante su mandato se ha consolidado el “Estado judío y democrático”, por este orden, una vieja y peculiar definición que un número creciente de analistas, y no solo extranjeros, cuestiona y discute, por considerarlos conceptos incompatibles y antagónicos. Es posible que durante esos años Israel ya haya escogido la primera opción, de manera clara e irrevocable.

Con Netanyahu se ha dado una inconfundible preferencia al “Estado judío”, lo que ya era así con anterioridad, aunque no de un modo tan palmario, y que impregna a toda la sociedad como nunca había ocurrido. Desde el momento en que el nacionalismo y el 'religionismo' han prevalecido, está claro que Israel difícilmente puede definirse como un Estado democrático. La elección del modelo se ha visto en la lucha sin cuartel de Netanyahu contra las instituciones democráticas. El país tendría que dar un giro completo para corregirlo, algo que no parece que vaya a suceder.

Su personalidad no solo es una rémora del pasado, sino la consolidación de una ideología antigua que vuelve a flotar como éter por todas partes y parece llamada a ser pivote central, incluso más allá de las fronteras de este pequeño país. Como en todo populismo, la personalidad de caudillo, gran amigo y socio de otro caudillo como Donald Trump, ha sido decisiva para que se haya acumulado el poder en un solo individuo.

La manifiesta debilidad de la democracia y su sustitución por la democracia iliberal, que concentra sus atributos en una persona, facilita la irrupción de líderes identitarios siempre dispuestos a salvar a sus conciudadanos, incluidos los conciudadanos que no quieren ser salvados sino que los dejen en paz. El caudillo cree que el destino le ha reservado esa tarea, cree que ha sido ungido para esa misión transcendente. El caso paradigmático de Netanyahu muestra además hasta qué punto los populismos alientan la crispación y la turbación social.

El dudoso papel de estos visionarios será decisivo si la democracia sigue deteriorándose debido a la complejidad social, pues conforme la sociedad adquiere mayor complejidad es más difícil domesticarla, y se van abriendo paso caudillos que proponen soluciones simples que llegan directamente al pueblo sin necesidad de las instituciones. Es el caso de Netanyahu y de un buen número de populistas y nacionalistas, que se aprovechan del desconcierto que crea la complejidad. El descrédito de las instituciones, desde la judicatura a la policía pasando por la prensa, es una característica fundamental del caudillismo y de su representante Netanyahu.

Azotadas por el populismo, nacionalismo y 'religionismo', esas sociedades en algún momento precisarán un impulso regenerador, aunque no está claro hasta dónde deben hundirse antes. Netanyahu y sus socios han contribuido como nadie a exacerbar el resentimiento y el odio, avivando las supersticiones propias de populismos, nacionalismos y 'religionismos' que a menudo sus caudillos excusan señalando a sus rivales, ya sean individuos, países o religiones. En el caso de Israel, la situación puede degenerar más. No parece que ningún líder actual vaya a frenar el deterioro democrático en curso y emprender el camino de la regeneración. De hecho, sus sucesores avanzan por la misma senda.

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