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No existen atajos para salvar el catalán

La lengua catalana solo sobrevivirá siendo atractiva, útil, capaz de convivir con el castellano sin ánimo excluyente, como un patrimonio de todos

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Jóvenes en una de las terrazas de paseo Sant Joan.

Jóvenes en una de las terrazas de paseo Sant Joan. / Manu Mitru (EPC)

El catalán está en horas bajas. Una de las malas noticias de este verano ha sido la constatación demoscópica de lo que ya sabíamos: su uso retrocede. De modo más acusado entre los jóvenes de Barcelona de entre 15 y 34 años, donde solo lo hablan habitualmente el 28%, según la última encuesta llevada a cabo por el Ayuntamiento. Aunque estos datos deben ser tomados con cierta cautela, al haberse incluido por primera vez jóvenes no empadronados que viven en Barcelona, lo que implica cierto sesgo en el dominio del catalán, no deja de ser significativo que solo uno de cada cuatro lo utilice. Sin sacar conclusiones apocalípticas, lo cierto es que el uso del catalán continúa retrocediendo, particularmente entre los jóvenes.  

Este retroceso debería preocupar a todos. Los catalanohablantes y los que no lo son. Los partidarios de la independencia y los que no lo son. La izquierda y la derecha. A todos. Salvar el catalán debería ser un compromiso colectivo por una razón que muchos pueden compartir: las lenguas no son solo un factor de identidad. Forman parte de nuestro ecosistema, como los bosques, los glaciares o las abejas. Con dos lenguas habladas y reconocidas por la ley –el catalán y el castellano– y que conviven en un delicado y fascinante equilibrio, Catalunya cuenta con una riqueza que debe preservar. Quebrantar este equilibrio en beneficio de una de las dos supondría un menoscabo cultural, introduciría más factores de tensión en la sociedad catalana y atentaría contra la cohesión social

Los sociolingüistas mencionan la inmigración como uno de los factores que explican esta dinámica, pero atribuirlo todo a los inmigrantes resulta demasiado fácil

Los sociolingüistas mencionan la inmigración como uno de los factores que explican esta dinámica. Negarlo sería ocioso, pero atribuirlo todo a los inmigrantes resulta demasiado fácil. Si esta fuera la causa dominante, el catalán hubiese experimentado un descalabro en los años setenta, cuando llegaron a Catalunya cientos de miles de ciudadanos procedentes de otros lugares de España. Pese a ello, en los primeros años de la transición, cerca de la mitad de los catalanes lo utilizaba, mientras ahora este porcentaje no llega al 36%. No es solo la demografía. Sin tener en cuenta otros factores no se entiende que el uso del catalán entre amigos que viven en Catalunya haya pasado, en quince años, del 40% al 29%

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Volvamos a los jóvenes. ¿Por qué hablan cada vez menos en catalán? Una explicación (complementaria de la demográfica): no necesitan hacerlo. Para muchos, el catalán ha perdido el 'glamour' que tuvo en la transición, cuando hablarlo ayudaba a encontrar trabajo y contribuía al estatus social. El deterioro del mercado laboral ha diezmado esta apreciación, sobre todo para quienes tienen pocos motivos para soñar en un futuro mejor. Otra explicación: TV-3 ya no juega el mismo papel en la promoción y el prestigio del catalán. Hoy, los jóvenes consumen poca televisión. Los fans del Club Super3 han pasado a ser 'tiktokers', 'youtubers' e 'instagramers', y surfean la red en castellano porque les proporciona más 'likes' y seguidores. Por último, y no menos importante: la identificación del catalán con el independentismo. No sirvió para que aumentara su uso durante el 'procés', y lo ha marcado como una lengua de parte y no como la lengua de todos. 

¿Cómo evitar la decadencia del catalán? Algunos argumentan que hablar de convivencia con una lengua que hablan más de 400 millones de personas resulta ingenuo. Una fatalidad que alimenta la idea según la cual el catalán solo se puede salvar con una república independiente. ¿Como en Irlanda, donde solo el 2% de la población habla gaélico, tras cien años de independencia? No existen atajos para salvar una lengua. No valen la independencia, ni imposiciones, y aún menos la peregrina idea de que sea la única lengua oficial. El catalán solo sobrevivirá siendo una lengua atractiva, útil, capaz de convivir con el castellano sin ánimo excluyente, como un patrimonio de todos. Su uso necesita, desde luego, ser defendido por las instituciones, desde las escuelas hasta los juzgados. Sin embargo, su suerte dependerá más del compromiso colectivo que de decretos administrativos. ¿Ingenuidad? El mundo de la edición demuestra lo mucho que se puede hacer. La apuesta de grandes grupos editoriales por el catalán, junto a la acción militante de sellos más modestos y la labor abnegada de muchos libreros, ha permitido que la narrativa catalana resista la crisis del covid, incluso entre los jóvenes. ¿Para cuándo iniciativas semejantes, imaginativas, públicas y privadas, en el mundo audiovisual y en la comunicación digital?

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