El paréntesis estival Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

La vida, pastilla a pastilla

Las vacaciones representan un estado de ánimo alejado de los problemas cotidianos, donde la factura de la luz la pagan otros, la ola de calor apenas nos inquieta y todos mantenemos el recuerdo de aquella primera vez

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Una playa de la Costa Daurada, este agosto.

Una playa de la Costa Daurada, este agosto.

No les quiero amargar, pero esto se acaba. Las vacaciones son algo más que un lugar donde despanzurrarse sin más preocupación que el número de quisquillas que nos corresponden a la hora del aperitivo. Las vacaciones son un estado de ánimo. Echamos de menos el lugar de vacaciones porque carecemos de los problemas que nos angustian el resto del año. No tenemos que trabajar, la hipoteca es un pago en diferido a principios del mes siguiente, la factura eléctrica la abonan otros, no nos cruzamos con esa persona a la que no queremos ver, acaso con tu ex, con quien, como es sabido, es muy difícil coincidir si vives en una ciudad como Madrid pero un deporte de alto riesgo fuera de la capital. Las vacaciones son una colección de momentos que van evolucionando de la infancia a la edad adulta. En la pubertad y la adolescencia atesoran el recuerdo del primer beso, el primer revolcón, el primer cigarro, tu madre mirándote fijamente a los ojos porque los ve raros (“¿Has llorado, hijo?”) la primera borrachera y acabar con la cara azul tras la vomitona.

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El primer desamor. Incluso ese estreno en el desafecto lo recordamos con cariño y melancolía. Recuerden aquel primer paseo cogidos de mano ajena que representaba una prolongación de la inocencia y el vaivén alocado de las hormonas. El primer de todo, 100 litros por metro cuadrado en una hora, una lluvia torrencial de emociones a lo largo de varios veranos que nos empapa y prepara para el chirimiri de la edad madura, cuando ya apenas chispea y esas emociones se espacian y apenas quedan cosas que vivir por primera vez. El primer trabajo, el primer hijo, el primer matrimonio, el primer divorcio, el primer gatillazo, el primer nieto.

Las vacaciones son un decorado de serie amable de televisión, de ‘Vacaciones en el mar’ y de ‘Verano azul’. Durante ese periodo de asueto –lo mismo da si se trata de cuatro días como de dos semanas– se aligera hasta el pastillero. Lejos de nuestros puntos de amarre, junto a una playa, el risco de una montaña o en un viaje a Bali, la vida deja de ser una ingesta de píldoras para cada fase del día. La vida es una pastilla, me decía un amigo. Las vacaciones pincelan ese lugar donde te duermes a tus horas sin necesidad de echarte una gragea al coleto. Pastillas. Una para arrancar el día, otra para la tensión, otra para abrir el apetito y otra para cerrar el estómago. Otra para el corazón, una para las migrañas, otra para hacer el amor, otra para dormir, otra para el colesterol y un omeprazol para contenerlas a todas. Una para antes de beber, otra para dejar de fumar, otra para sustituir la nicotina. La vida antes y después de las vacaciones es un blíster del tamaño del ‘Princesa del Pacífico’.

Al regreso de unas vacaciones nos agarramos a libros de autoengaño que camuflan la vuelta al tajo sumergidos en la apariencia de que podemos prolongar unos días más el tiempo de recreo. Llegué de vacaciones y me lancé a ciegas a por ‘Son de Mar’, de Manuel Vicent, una historia de amor, de náufragos y de regresos recreada en Circea (Dénia, en realidad), donde todas las cosas, las buenas y las malas, ocurren en agosto, con el Montgó, Yul Brynner, la Malvarrosa, El Carmen y el Mediterráneo de fondo, calas, cuevas ocultas al mar y naranjales en cuyas maravillosas páginas prolongamos durante un par de días el tiempo de ocio que ya no disfrutaremos hasta pasados unos meses. Los libros también se parecen a lugares de vacaciones donde nos gusta estar.

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Tras el reseteo y de vuelta a la conexión, comprobamos que todo sigue “en orden”: el cambio climático, Europa en llamas, la ola de calor (tan soportable en vacaciones como sofocante a la vuelta), las tarifas de la luz, la marcha de Messi y el futuro de Mbappé, Javier Tebas y Florentino, el regreso de los olímpicos, la quinta ola del covid, el avance talibán y el cartel de Zahara, que vienen a ser lo mismo, el posado en Marivent, un tiburón en una playa, la vacunación de los niños, la situación de los ‘riders’, la crisis del turismo y un tiroteo con seis muertos que esta vez sucede en la vieja Europa y no en un centro comercial estadounidense, noticias que probablemente dejarán de serlo en cuanto llegue septiembre.

Septiembre es ese mes en que arranca el año sin uvas en la Puerta del Sol ni descorche de botellas, en que una vez más nos plantearemos acudir a un gimnasio al que abonaremos la matrícula y tampoco iremos más allá de dos o tres series de dorsales; ese mes en que cuando nos preguntan qué tal las vacaciones tiramos de latiguillo para responder todos la misma cantinela: “Hace ya tanto tiempo…”.

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