BARRACA Y TANGANA

El fútbol no te da de comer

Ojalá los niños respondiendo 'vale, el fútbol no me da de comer, pero tú, ser adulto amigo de mis padres, ¿acaso tú me das de comer, hijo de puta?'

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Un aficionado danés, durante el partido contra Inglaterra de semifinales en Wembley.

Un aficionado danés, durante el partido contra Inglaterra de semifinales en Wembley. / AFP / Laurence Griffiths

En Copenhague, en Basilea o en Soria. En tu pueblo o en el mío. En octavos, en semifinales o en la fase de grupos. A cuántos niños les habrán dicho, cuando se ponían tristes estos días porque eliminaban a su selección favorita en la Eurocopa, que no sintieran pena, que eso realmente no importa, que el fútbol no les da de comer ni les compra ropa. ¿A cuántos? A millones, seguro, porque esto es algo que pasará siempre, que pasa ahora y pasaba antes, cuando yo era uno de esos niños y me daba bastante rabia por el fondo y por la forma.

Además, ocurre que quien suele decir eso, que no tengas pena por el fútbol porque el fútbol no te da de comer, suele ser alguien que se considera un poquito superior a los hinchas, que piensa que tiene una sensibilidad especial para la cultura y las artes, que flota por encima de lo vil y lo ruin de nuestras sociedades. Suele ser alguien muy crítico con el negocio del fútbol. Sin embargo, la paradoja de todo esto es que ese mensaje de no estar triste por el fútbol porque el fútbol no te da de comer es un mensaje ultramaterialista. ¿Qué pasa? ¿Que solo podemos estar tristes por aquello que nos dé dinero? ¿Eso le estás enseñando a un niño? ¿En serio? Ojalá la infancia mundial coordine una respuesta en común para estos casos. Y sería muy fácil, porque vale, el fútbol no me da de comer, pero tú, tú que eres amigo de mis padres y me estás diciendo eso, ¿acaso tú me das de comer, hijo de puta? Cuando vengas a contarme tus problemas no esperes que empatice ni me sienta triste, porque no me das de comer, y me dijiste que no me apenara por el fútbol porque no me daba de comer. Eso me enseñaste. Recuérdalo, después de aquella crueldad gigante en la tanda de penaltis. Eso me dijiste.

Susurrar a las cucarachas

Lo bueno de sentir pena por cosas que en realidad no importan es que le da coherencia a sentir alegría por esas mismas cosas. Yo era bastante blandito de niño. Me daba pena todo, me daba pena incluso ganar al contrario. Alguna vez pensaba que casi era mejor perder, porque sabía que podía manejar esa tristeza, porque era un niño sin problemas. Si España jugaba contra un país más pobre, me imaginaba a los niños de allí, que bastante tenían ya con lo suyo para que encima les ganáramos nosotros, que teníamos juguetes y comida y botas. Me daba pena todo, y todavía hoy un poco, la primera vez que me cruzo con una cucaracha le perdono la vida. Le aviso y le hablo, 'oye, como te vuelva a ver por aquí te aplasto, que he comprado un espray por si acaso'. El niño que sentía -mucha- pena por perder y -un poco de- lástima por ganar al rival es ahora el hombre que susurra a las cucarachas. La segunda vez me abalanzo contra el bicho al grito de 'te lo advertí', e intento no sentirme triste porque tampoco me dan de comer las cucarachas.

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No es fácil saber a quién apoyar en la final de la Eurocopa. Lo mejor de Italia es que no es Inglaterra y lo mejor de Inglaterra es que no es Italia. Lo mejor de ambas es que no son Francia. En Londres, en Roma o en París, en tu pueblo o en el mío, al niño que pierda le pido que esté preparado con la respuesta en la boca. Porque igual el fútbol no te da de comer, pero tarde o temprano te hará feliz, una certeza sólida como pocas. Solo se necesita una pelota.

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